sábado, 11 de marzo de 2017

LA DERROTA DEL SOBERBIO (falso cuento sufí)

En Basora vivía un hombre analfabeto llamado Casim -el Señor haya sido misericordioso con él- que oraba a menudo en la mezquita de Sat y era en extremo hábil en el juego llamado ajedrez -juego lícito y aprobado por la mayoría de los sabios piadosos-; su fama se había extendido por todo el Islam y los mejores jugadores acudían a su casa para disputar una partida con él, pero ninguno logró vencerlo nunca.
 Por aquel tiempo, otro hombre llamado Daud, primo carnal del mulá Nasrudín -que goce éste de la misericordia del Todopoderoso por su sabiduría y aquél haya sido perdonado-, se encontraba en ese faro de la Verdadera Fé huyendo de una acusación de estafa perpetrada por él en El Cairo -lugar próximo a un gran río- y escuchó en el mercado un comentario sobre la fama del jugador Casim. Preguntó dónde estaba su casa, se dirigió a ella y el mismo ajedrecista le abrió la puerta. "Oh, invencible Casim -el Alto te favorezca- (le dijo) he venido a jugar una partida contigo en la cual no podrás derrotarme". Casim aceptó el reto, lo invitó a entrar y llamó a todos sus amigos y vecinos para que fuesen testigos de cómo dejaba en ridículo a aquel extranjero importuno. Todos se reunieron en el patio. 
   Antes de empezar la partida, Daud confesó que desconocía las reglas del ajedrez y rogó a Casim que se las explicase, haciéndole un sinfín de preguntas que lo irritaron e hicieron reír al público. Tras mucho tiempo empleado en esto, Daud declaró que ese juego era cosa de niños y la partida comenzó. Para Casim fue fácil eliminar las piezas de Daud hasta que éste sólo disponía de una, que se encontraba arrinconada por todas las de Casim, quien no cabía en sí de ira por haber perdido todo el día con aquel payaso ignorante. 
   Entonces el muecín de la mezquita de Sat llamó a la oración del anochecer. Todos dejaron, por tanto, la partida mientras oraban siguiendo los requisitos de la ceremonia tal y como es preceptiva, pero Daud no los acompañó alegando que -al igual que en el caso de muchos derviches heterodoxos, el Elevado los perdone- su oración era interior. Esto irritó más todavía al piadoso Casim, que al terminar el rezo se dispuso a acabar con su insolente e impío adversario. En ese momento, el primo de Nasrudín, viendo su derrota inevitable, se puso en pié y dijo:
- ¡Oh invencible Casim, que el Misericordioso esté satisfecho de ti por tu piedad etcétera, yo conozco un juego que se halla en el extremo de la sencillez y en él no podrás vencer!
       El nunca derrotado basorí quiso conocer el nombre de tal juego que ningún hombre sensato podía concebir pero Daud declinó pronunciarlo, aunque se lo describió.
- Es la misma libertad: tiene innumerables tableros diferentes y un incontable número de piezas; pueden hacerse toda clase de movimientos sin seguir regla alguna y cada uno de ellos puede influir -o no- en los que le siguen; de la misma manera, cada partida puede condicionar -o no- a cuantas le suceden, así como lo que se haga fuera del tiempo en que se juega puede cambiarlo todo. En realidad, todas las partidas forman parte de una sola partida y es imposible perder.
  Casim meditó un buen rato, como si se estuviese enfrentando a una jugada difícil, y respondió.
- ¡Oh, extranjero soberbio, que Él te juzgue con severidad por tus inicuas acciones, creo que ese juego no existe y sólo intentas distraer mi atención. Acabemos la partida.
- Ese juego existe.
- Dime su nombre, entonces.
- Te lo diré con la condición de que, si no eres capaz de jugar a él aquí y ahora, abandonemos esta partida tal y como está.
   Casim y los demás rieron y, animado por su público, el jugador respondió, todavía desconfiando:
- ¿No has dicho que es imposible perder?
- Así es.
- Entonces ganaré sin duda.
- No lo creo.
   Pudieron más que su prudencia su irritación y su soberbia, así como las puyas de sus amigos, y, envalentonándose, accedió a jugar.
- ¡Ya basta, acepto! Dime cuál es esa única regla.
- Saber leer.
HÉGIRA
El piadoso ajedrecista, fuera de sí e inflamado de indignación, no tuvo al principio palabras con qué responder, pero las halló finalmente y, señalando con el dedo a Daud estalló:
 -¿Osas afirmar que leer la Palabra De Dios es un juego!
   Ante le cariz que tomaba la situación y viendo el aspecto furibundo de los congregados, Daud les dio la espalda con precipitación y saltó a la calle salvando la tapia del patio, esfumándose luego entre las sombras del barrio. Fue buscado por Casim, sus amigos y sus vecinos hasta el amanecer, pero nunca lo hallaron; luego, cada uno volvió a sus ocupaciones. Ninguno de ellos aprendió jamás a leer.
  


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