jueves, 21 de julio de 2016

UN TERCER BASTÓN


Nadie lo llama Señor Francisco a pesar de su respetabilidad, su parsimonia y su porte. Cuando sale a la calle con la ayuda de su mujer, que lo sienta al sol en su silla de enea, los vecinos y las vecinas lo saludan y los niños también, pero lo llaman Francisco, a secas, como lo llamaron siempre, y él devuelve el saludo con un leve gesto, levantando apenas del suelo la contera del bastón. Hace siete años que está jubilado y hace ese tiempo que arrinconó el otro bastón, el blanco, el que llevaba todos los días a la esquina de San Cosme con Tenerías, adonde lo guiaba su mujer, para pasarse allí de pie toda la mañana, vendiendo cupones. Antes era fotógrafo en el parque, también hacía bodas, comuniones y retratos de estudio. Cuando salían la campo su mujer y él fotografiaba paisanos, carros de mulas, iglesias, la fila de árboles junto al puente y a ella.
Mientras espera la comida, a oscuras, acaricia la curva de su bastón de castaño, oye el ruido del trasteo de su mujer en la cocina y, también, el gorjeo inacabable del macho flauta que toma el sol en la ventana que da al patio. Hoy es domingo -piensa- y por eso huele a gazpacho y a cocido: a tomate y poleo y pepino y garbanzos y carne de gallina y de cerdo y tocino y morcilla y oreja y berza y patatas cociéndose despacio. Todo eso y a cada una de esas cosas huele Francisco y cuando las coma sabrá apreciar sus  naturalezas, sus suculencias y los matices de su gloria. Acaricia de nuevo la madera de su bastón y a través de ella siente el mundo, como siempre lo sintió a través de la piel y la respiración de su mujer, por las madrugadas. En el salón a oscuras, como en el resto de la casa, nada ha cambiado de sitio desde que perdió la vista y lo recuerda todo; todos los días desde que se jubiló, cuando ella no está, recorre el comedor (y el pasillo y la alcoba y el patio) pasando los dedos por las paredes y los adornos de cobre y los retratos y las macetas. Y piensa en ella. Todos los días saca de un cajón de la cómoda el album de las fotos que le hacía; va pasando las hojas y acaricia cada imagen identificándola: aquí de blanco en el campo, aquí con aquel sombrero, aquí con el mono de mecánico, aquí apoyando la espalda en el tronco de una encina, aquí de espaldas, aquí haciéndose la dormida, aquí mirándome; ese día estaba muy enfadada y tardó tres días en volver a hablarme. Aquí está leyendo
Fernando Mejías nunca volverá a ver pero tampoco le gustaría hacerlo: perdería su mundo.

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