jueves, 14 de julio de 2016

O LOS OTROS O YO


Incluso a las tres de la madrugada le resulta imposible dormir, por el calor. El hombre ya un poco canoso se ha levantado de la cama, revuelta la pelambre gris alrededor de la calva, y camina a oscuras por el túnel que hace las veces de pasillo hasta llegar a la cocina. La puerta, como todas las otras, está abierta. Aunque vive solo y no despertaría a nadie, no ha necesitado encender la luz porque todas las ventanas están igualmente abiertas de par en par, con las cortinas descorridas y las persianas hasta arriba: la casa entera se ve encendida por la luna llena. 
Nota los muebles y sortea los bultos cotidianos perfilados por la claridad -la mesa coja y las dos sillas desparejadas- para llegar al rectángulo vertical de su ventana de costumbre. Se asoma y ve la irremediable, gris y consabida fealdad del barrio. Como todas las noches -pero ésta bajo la luz intensa- ve el solar en abandono invadido por las hierbas altas y secas, amarillas, entre las que asoman carcasas de grandes electrodomésticos tirados allí, que a lo largo de los años se han ido oxidando. Al otro lado del solar está la tapia que lo cierra, igualmente envejecida, a tramos derrumbada y reparada inútilmente, cerrada en esos huecos por barras de chapa coronadas de alambre de espino, todo ello deformado y putrefacto. Tras la tapia está la calle mal iluminada con farolas, una de ellas situada justo frente al lugar desde donde el hombre mira. Como la mayor parte de las madrugadas del verano pasa asomado a ella mucho tiempo, observando ese paisaje lunar. Lo hace hasta que ve pasar a alguien, a quien siempre envidia. Envidia a todo el mundo. Ha traído sus cigarrillos y el mechero, como siempre. Saca uno, lo enciende, le da una calada y lo deja consumirse sin apenas volver a ocuparse de él. Espera hasta que la colilla no da para más y enciende otro. Mientras la llama le alumbra la cara y se la dibuja entre sombras, aparece un caminante que transita la acera, de izquierda a derecha, con pasos lentos e irregulares hasta por fin detenerse, bambolearse y sentarse con tiento y con trabajo en el bordillo, bajo la luz de la farola que está justo enfrente de la ventana. Apoya los brazos en las rodillas y enlaza los dedos.
El hombre que termina de encender su cigarrillo, al levantar la cabeza y dar la primera calada, descubre al otro hombre sentado. Naturalmente, lo envidia como hace con todo el mundo: a veces pasa una mujer apresurada, a la que envidia; los viernes pasan dos grupos de borrachos, a los que envidia; siempre cruzan los de la basura, cuyo camión se detiene para que el hombre de atrás -a quien envidia- descienda, recoja las bolsas y las arroje a las fauces abiertas. Envidia sus vidas, que son vidas de verdad: tendrán seres a los que quieren o que los quieren, tendrán pasados, tendrán sufrimientos y felicidades momentáneas, dolor, amigos, preocupaciones; habrán viajado, respirado las hierbas del verano, soñado e intuido -al menos intuido- que al fin y al cabo su vida es bonita y cómoda y merece la pena vivirse. Él no tiene ni ha tenido ni tendrá nada de eso y su conclusión es siempre la misma: a pesar de todo, su existencia no pasa de ser palabrería, copiada de los libros que se amontonan por todos los rincones de la casa. Ha malgastado miserablemente sus años y no ha conseguido nada, no es nada. Nada. 
Termina el segundo cigarrillo y va a retirarse, tan amargado como siempre, cuando repara con más atención en el otro, porque advierte que se peina como él se peinaba hace diez años, viste con descuido una chaqueta idéntica a otra que él usaba por entonces y -le parece notar- deja caer los brazos sobre las rodillas como él solía hacerlo: enlazando los dedos y mirando largamente al vacío. Junto a la ventana tiene siempre aprontados sus binoculares de ornitólogo, que usa con frecuencia en sus acechos nocturnos. Se los encara con nerviosismo y lo que ve le hace abandonar aprisa su observatorio, dejar los prismáticos en su sitio y regresar a la cama a zancadas, a través de la claridad, con la esperanza de recordar por la mañana que ha soñado que un hombre lo descubría observándolo a través de sus anteojos y lo saludaba con familiaridad.
El hombre que está sentado en el bordillo, a través del alcohol y efectivamente, lo ha visto observarlo desde una ventana de la fachada que está al otro lado de la tapia vieja. Lo ha envidiado, como hace con todo el mundo, y se ha visto a sí mismo como va a ser dentro de diez años.       


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