jueves, 28 de julio de 2016

COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA


El general Hao contempla el último campamento, arrasado, de los nómadas xiong. Los últimos guerreros le habían presentado la última batalla junto al río, pero las nubes de flechas acabaron hasta con jinetes y caballos. La orden imperial, por lo tanto, está cumplida.
Antes de que Hao asumiese el mando, los xiong habían aniquilado a tres ejércitos enviados sucesivamente contra ellos por el joven emperador, que puso al frente de ellos a tres ineptos que jamás habían participado en una guerra de verdad. Hao sí sabe cómo es una guerra y cómo eran los xiong. También sabe cómo es la Corte y que a su regreso le espera el retiro: sus enemigos habrán conspirado en su ausencia para indisponerlo con el Emperador y éste le agradecerá los servicios prestados y le ordenará volverse a sus tierras.
Pasado un mes, camino de su casa, relee en la alta madrugada, sentado en su tienda, los libros que le han acompañado en sus vigilias de soldado: lecturas que no hacen pensar y sólo sirven para entretener el tiempo hasta que el sueño o el amanecer o el enemigo llegan: relee las bobadas de Confucio y los laberintos pueriles del Tao. Sigue pensando lo que siempre pensó: esos reputados charlatanes hablaban y hablaban de cosas que ni conocían ni hubieran entendido en el caso de conocerlas, porque no eran sino altos funcionarios imperiales jubilados que jamás, desde que aprobaron sus oposiciones, habían asomado la nariz más allá de las oficinas y los negociados. El general Hao, otro funcionario jubilado, piensa que es hora de que alguien escriba la verdad y quién mejor que él, que conoce la verdad de la sangre, del dolor, de la pasión, de la muerte, que recuerda la vida tal y como es.
Cuando llega a su amplia residencia apenas la reconoce: no la ha visitado jamás a lo largo de los últimos veinticinco años, pasados en una guerra tras otra. La recorre en busca de un lugar silencioso y solitario donde sentarse a escribir y, cuando lo encuentra (frente a los bambúes y el manantial de un jardín) se da cuenta de que no puede escribir nada con su letra de patán.
Hace llamar a un costoso profesor de caligrafía, que de entrada le declara que nada puede enseñarse a quien lo ignora todo sobre música, dibujo, poesía y retórica. Durante los siguientes diez años, el general retirado Hao se consagra como un adolescente determinado al laborioso, agotador y plúmbeo estudio de todo eso. Finalmente consigue ser dueño de una caligrafía aceptable y manda despedir al prepotente profesor. Ya no lo necesita.
Por fin llega el anhelado momento de sentarse frente a los bambúes; entonces toma el pincel, lo entinta y ensaya un trazo en el papel. En el acto lo levanta en el aire y se queda pensando, estupefacto. No es que haya olvidado la caligrafía costosamente aprendida, ni los secretos de la música y el dibujo; no es que haya olvidado los recovecos de la retórica y la literatura, no es que le falte cierta elocuencia. Es que no recuerda nada más.

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