martes, 16 de febrero de 2016

CASI DIEZ


El paquete rectangular no es grande: tiene el tamaño de una caja de zapatos y lo envuelve un papel de estraza de color manila, su único toque de lujo, por llamarlo así. Una cuerda de esparto basto, deshilachado, abraza el paquete por sus cuatro lados formando cruz y cerrándose en el centro de la cara superior con un nudo infantil, como de zapatos. Todos los reunidos en el escenario (la oronda alcaldesa y sus concejales, el gobernador de gesto cesáreo y el ajeno delegado de cultura), así como el público en sus asientos (entre el que destacan en primera fila los hijos e hijas, las nueras y los yernos, la muchedumbre encorbatada, aburrida y formal de los nietos) miran en silencio a la anciana silenciosa que acerca al paquete los sarmientos que ya son sus dedos desde hace décadas. Abundan las sonrisas forzadas en el escenario -el delegado de cultura, ajeno a la ceremonia, no sonríe-. Los ojos silentes de la mujer se sorprenden ante lo que tiene entre sus manos y, si no fuese tan discreta, su mirada se volvería hacia las autoridades, interrogante, porque no comprende qué significa este paquete en este homenaje. Conserva los ojos asombrados y redondos, la mirada tímida de la chiquilla que era aquella tarde, cuando otro público mucho más numeroso -todo un estadio-, entregado y sobrecogido por el asombro, la contemplaba casi en éxtasis: nueve con nueve, casi diez.
Pasado el momento de duda, entre los murmullos de inquietud y el desconcierto de las autoridades, la anciana busca a su alrededor alguien que le ayude a abrir el paquete: está ansiosa por saber qué hay dentro. Mientras venía hacia aquí en el coche de su hija menor, ella esperaba un ramo de rosas consabidas y una consabida placa que añadir a sus muchas otras placas, a sus medallas y copas y trofeos. Con la placa y las rosas iba a regresar a su casa y buscar allí un lugar para colocarlas: un florero y un rincón, si es que alguno quedaba. Luego, seguida por su gato, se pasearía examinando cada fotografía enmarcada y en cada una sus propios gestos, sus rígidas sonrisas, sus posturas esculturales, sus podios y sus triunfos hasta llegar, como todos los atardeceres, a la mesilla junto a su cama, sobre la que está la fotografía de aquella tarde: en alto sus brazos adolescentes entre la ovación debida a aquel nueve con nueve, casi diez.
Las autoridades y el público del homenaje, desconcertados ante la desconcertada inmovilidad de la anciana, piensan en una manera de abrir el paquete, interrogando con las miradas ceñudas al delegado de cultura quien, ajeno hasta ahora a la ceremonia, extrae de su bolsillo en ese momento una pequeña tijera, y con ella en la mano se acerca a la anciana, que le tiende el paquete aliviada. El chico lo toma, corta la cuerda, la retira y se lo devuelve. El papel de estraza se despliega como floreciendo y descubre una caja de zapatos. La anciana levanta la tapa de la caja y su rostro resplandece: la sorpresa le ilumina el rostro y le dilata la mirada,  porque reconoce lo que ve. Mira al joven desconocido con un gesto de gratitud asombrada que no se atreve a expresar ¿Cómo ha podido usted saber...? El ajeno delegado de cultura se ha pasado las últimas semanas investigando hasta dar por casualidad con ellas. Estaban en la casa del que era su entrenador aquella tarde de los nueve con nueve puntos, casi diez. Aquel hombre también tenía enmarcada la fotografía de ella sobre la barra de equilibrio, con sus brazos adolescentes en alto. El entrenador (ella fue el amor intocable de su vida) murió hace veinte años y fue su hija quien se las ofreció.
- Las guardó toda su vida, ella se las regaló.
También aquel hombre había sido el amor intocable de la vida de ella. Contempla en la caja de zapatos las zapatillas que llevó aquella tarde.      

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