domingo, 31 de enero de 2016

LECTURAS OBLIGATORIAS


Leí hace tiempo un relato en el que aparezco con mi propio nombre: Joseph Cartaphilus, si bien el autor yerra en ciertos detalles: data la peripecia en Londres y no en Roma, a finales de la primavera de 1929 y no de 1896 para identificárme como anticuario y no como librero, oficio que ejercí durante ciento catorce años. Todo lo dicho llamará tal vez la atención del lector.
Yo me he apellidado de maneras muy diversas a lo largo del tiempo, y no por precaución o sigilo míos, sino por la necesidad de seguir vivo: cada cierto tiempo me veía obligado a cambiar de identidad y aprender un idioma nuevo. Se me dan bien las lenguas y no tuve dificultad en dominar sucesivamente el francés, el alemán, el turco, el árabe, el sánscrito, el chino, el italiano, el inglés y muchos otros; empezaba a aprender uno nuevo a medida que escaseaban las lecturas a mi alcance en el anterior. Eran los términos del pacto.
Firmé tal pacto el 25 de agosto de 1573 en una taberna de la ciudad de Méjico. Yo agonizaba en el suelo tras haber recibido una cuchillada mortal de necesidad; cuando los matadores huyeron y el local se vació, el tabernero vino hacia donde yo estaba, me puso la mano sobre la herida y dejé de agonizar. Tal vez aquel individuo raquítico y sombrío era un diablo, pero con seguridad no era un diablo católico porque su propuesta era insólita: en lugar de a cambio de mi alma, me ofreció la inmortalidad con la condición de que pasase las noches leyendo, pero sin jamas repetir un libro; "estoy ya muy escarmentado con pendejos que se pasan la eternidad leyendo lo mismo una vez y otra", me aclaró. ¿Un diablo filólogo? También estaban prohibidas las traducciones y: me estaba vedado incluso volver sobre lo leído, aunque sólo fuese para comprenderlo. A menudo tenía que avanzar en lecturas intolerables de las que además (o, tal vez, por suerte) no estaba entendiendo nada.
Tras todos estos siglos he llegado a un punto en que cualquier cosa que leo me resulta familiar. En todo noto el mismo ritmo, la misma confusión, las mismas intenciones, la misma fatuidad, la misma bobería; es como si todo hubiera sido escrito por la misma mano, la cual -dicho sea- rara vez consigue una página aceptable. A veces pienso que aquel día, en el suelo de aquella taberna, morí y ahora me hallo en una sección risible del Infierno padeciendo esta condena inverosímil.