domingo, 20 de noviembre de 2016

EL DELITO DE NACER


Es una visita didáctica. El abuelo, que mantiene orgulloso sus mostachos de antiguo coronel de caballería, balancea su bastón de caña mientras conduce al nieto por los amenos paseos del zoológico anticuado donde huele, de vez en cuando, a estiércoles exóticos (de llama, de jirafa, de bisonte). El nieto no ha comprendido bien las confusas explicaciones del coronel retirado en cuanto al sentido, el uso y la disciplina de la institución, pero encuentra lógico que el tigre esté entre rejas: su aspecto somnoliento oculta a buen seguro malas intenciones; igualmente aprueba el encierro de los chimpancés: todos ellos actúan con ademanes y dentaduras delictivas; ¿los leones? su evidente fiereza lo merece; ¿jaguar? también; ¿rinocerontes? sí; ¿camellos, cebras, cacatúas? en la duda, desde luego: nunca se sabe qué puede pasarles por la cabeza. Lo que no ve claro es qué hacen todos estos bichos aquí ¿no sería más lógico que los encerrasen en sus países de origen? Finalmente, el abuelo lleva al niño ante los barrotes que los separan de un pequeño hipopótano, arrinconado allá al fondo, junto a una pared sucia y sombría, al otro lado de un charco verdoso. Entonces, el niño toma la mano del abuelo y el militar retirado lo mira con una especie de acerada bondad. 
- Abuelo...
- ¿Alguna duda?
- Bueno, si: los demás, lo entiendo, pero éste... ¿qué ha hecho éste?     

jueves, 28 de julio de 2016

COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA


El general Hao contempla el último campamento, arrasado, de los nómadas xiong. Los últimos guerreros le habían presentado la última batalla junto al río, pero las nubes de flechas acabaron hasta con jinetes y caballos. La orden imperial, por lo tanto, está cumplida.
Antes de que Hao asumiese el mando, los xiong habían aniquilado a tres ejércitos enviados sucesivamente contra ellos por el joven emperador, que puso al frente de ellos a tres ineptos que jamás habían participado en una guerra de verdad. Hao sí sabe cómo es una guerra y cómo eran los xiong. También sabe cómo es la Corte y que a su regreso le espera el retiro: sus enemigos habrán conspirado en su ausencia para indisponerlo con el Emperador y éste le agradecerá los servicios prestados y le ordenará volverse a sus tierras.
Pasado un mes, camino de su casa, relee en la alta madrugada, sentado en su tienda, los libros que le han acompañado en sus vigilias de soldado: lecturas que no hacen pensar y sólo sirven para entretener el tiempo hasta que el sueño o el amanecer o el enemigo llegan: relee las bobadas de Confucio y los laberintos pueriles del Tao. Sigue pensando lo que siempre pensó: esos reputados charlatanes hablaban y hablaban de cosas que ni conocían ni hubieran entendido en el caso de conocerlas, porque no eran sino altos funcionarios imperiales jubilados que jamás, desde que aprobaron sus oposiciones, habían asomado la nariz más allá de las oficinas y los negociados. El general Hao, otro funcionario jubilado, piensa que es hora de que alguien escriba la verdad y quién mejor que él, que conoce la verdad de la sangre, del dolor, de la pasión, de la muerte, que recuerda la vida tal y como es.
Cuando llega a su amplia residencia apenas la reconoce: no la ha visitado jamás a lo largo de los últimos veinticinco años, pasados en una guerra tras otra. La recorre en busca de un lugar silencioso y solitario donde sentarse a escribir y, cuando lo encuentra (frente a los bambúes y el manantial de un jardín) se da cuenta de que no puede escribir nada con su letra de patán.
Hace llamar a un costoso profesor de caligrafía, que de entrada le declara que nada puede enseñarse a quien lo ignora todo sobre música, dibujo, poesía y retórica. Durante los siguientes diez años, el general retirado Hao se consagra como un adolescente determinado al laborioso, agotador y plúmbeo estudio de todo eso. Finalmente consigue ser dueño de una caligrafía aceptable y manda despedir al prepotente profesor. Ya no lo necesita.
Por fin llega el anhelado momento de sentarse frente a los bambúes; entonces toma el pincel, lo entinta y ensaya un trazo en el papel. En el acto lo levanta en el aire y se queda pensando, estupefacto. No es que haya olvidado la caligrafía costosamente aprendida, ni los secretos de la música y el dibujo; no es que haya olvidado los recovecos de la retórica y la literatura, no es que le falte cierta elocuencia. Es que no recuerda nada más.

jueves, 21 de julio de 2016

UN TERCER BASTÓN


Nadie lo llama Señor Francisco a pesar de su respetabilidad, su parsimonia y su porte. Cuando sale a la calle con la ayuda de su mujer, que lo sienta al sol en su silla de enea, los vecinos y las vecinas lo saludan y los niños también, pero lo llaman Francisco, a secas, como lo llamaron siempre, y él devuelve el saludo con un leve gesto, levantando apenas del suelo la contera del bastón. Hace siete años que está jubilado y hace ese tiempo que arrinconó el otro bastón, el blanco, el que llevaba todos los días a la esquina de San Cosme con Tenerías, adonde lo guiaba su mujer, para pasarse allí de pie toda la mañana, vendiendo cupones. Antes era fotógrafo en el parque, también hacía bodas, comuniones y retratos de estudio. Cuando salían la campo su mujer y él fotografiaba paisanos, carros de mulas, iglesias, la fila de árboles junto al puente y a ella.
Mientras espera la comida, a oscuras, acaricia la curva de su bastón de castaño, oye el ruido del trasteo de su mujer en la cocina y, también, el gorjeo inacabable del macho flauta que toma el sol en la ventana que da al patio. Hoy es domingo -piensa- y por eso huele a gazpacho y a cocido: a tomate y poleo y pepino y garbanzos y carne de gallina y de cerdo y tocino y morcilla y oreja y berza y patatas cociéndose despacio. Todo eso y a cada una de esas cosas huele Francisco y cuando las coma sabrá apreciar sus  naturalezas, sus suculencias y los matices de su gloria. Acaricia de nuevo la madera de su bastón y a través de ella siente el mundo, como siempre lo sintió a través de la piel y la respiración de su mujer, por las madrugadas. En el salón a oscuras, como en el resto de la casa, nada ha cambiado de sitio desde que perdió la vista y lo recuerda todo; todos los días desde que se jubiló, cuando ella no está, recorre el comedor (y el pasillo y la alcoba y el patio) pasando los dedos por las paredes y los adornos de cobre y los retratos y las macetas. Y piensa en ella. Todos los días saca de un cajón de la cómoda el album de las fotos que le hacía; va pasando las hojas y acaricia cada imagen identificándola: aquí de blanco en el campo, aquí con aquel sombrero, aquí con el mono de mecánico, aquí apoyando la espalda en el tronco de una encina, aquí de espaldas, aquí haciéndose la dormida, aquí mirándome; ese día estaba muy enfadada y tardó tres días en volver a hablarme. Aquí está leyendo
Fernando Mejías nunca volverá a ver pero tampoco le gustaría hacerlo: perdería su mundo.

jueves, 14 de julio de 2016

O LOS OTROS O YO


Incluso a las tres de la madrugada le resulta imposible dormir, por el calor. El hombre ya un poco canoso se ha levantado de la cama, revuelta la pelambre gris alrededor de la calva, y camina a oscuras por el túnel que hace las veces de pasillo hasta llegar a la cocina. La puerta, como todas las otras, está abierta. Aunque vive solo y no despertaría a nadie, no ha necesitado encender la luz porque todas las ventanas están igualmente abiertas de par en par, con las cortinas descorridas y las persianas hasta arriba: la casa entera se ve encendida por la luna llena. 
Nota los muebles y sortea los bultos cotidianos perfilados por la claridad -la mesa coja y las dos sillas desparejadas- para llegar al rectángulo vertical de su ventana de costumbre. Se asoma y ve la irremediable, gris y consabida fealdad del barrio. Como todas las noches -pero ésta bajo la luz intensa- ve el solar en abandono invadido por las hierbas altas y secas, amarillas, entre las que asoman carcasas de grandes electrodomésticos tirados allí, que a lo largo de los años se han ido oxidando. Al otro lado del solar está la tapia que lo cierra, igualmente envejecida, a tramos derrumbada y reparada inútilmente, cerrada en esos huecos por barras de chapa coronadas de alambre de espino, todo ello deformado y putrefacto. Tras la tapia está la calle mal iluminada con farolas, una de ellas situada justo frente al lugar desde donde el hombre mira. Como la mayor parte de las madrugadas del verano pasa asomado a ella mucho tiempo, observando ese paisaje lunar. Lo hace hasta que ve pasar a alguien, a quien siempre envidia. Envidia a todo el mundo. Ha traído sus cigarrillos y el mechero, como siempre. Saca uno, lo enciende, le da una calada y lo deja consumirse sin apenas volver a ocuparse de él. Espera hasta que la colilla no da para más y enciende otro. Mientras la llama le alumbra la cara y se la dibuja entre sombras, aparece un caminante que transita la acera, de izquierda a derecha, con pasos lentos e irregulares hasta por fin detenerse, bambolearse y sentarse con tiento y con trabajo en el bordillo, bajo la luz de la farola que está justo enfrente de la ventana. Apoya los brazos en las rodillas y enlaza los dedos.
El hombre que termina de encender su cigarrillo, al levantar la cabeza y dar la primera calada, descubre al otro hombre sentado. Naturalmente, lo envidia como hace con todo el mundo: a veces pasa una mujer apresurada, a la que envidia; los viernes pasan dos grupos de borrachos, a los que envidia; siempre cruzan los de la basura, cuyo camión se detiene para que el hombre de atrás -a quien envidia- descienda, recoja las bolsas y las arroje a las fauces abiertas. Envidia sus vidas, que son vidas de verdad: tendrán seres a los que quieren o que los quieren, tendrán pasados, tendrán sufrimientos y felicidades momentáneas, dolor, amigos, preocupaciones; habrán viajado, respirado las hierbas del verano, soñado e intuido -al menos intuido- que al fin y al cabo su vida es bonita y cómoda y merece la pena vivirse. Él no tiene ni ha tenido ni tendrá nada de eso y su conclusión es siempre la misma: a pesar de todo, su existencia no pasa de ser palabrería, copiada de los libros que se amontonan por todos los rincones de la casa. Ha malgastado miserablemente sus años y no ha conseguido nada, no es nada. Nada. 
Termina el segundo cigarrillo y va a retirarse, tan amargado como siempre, cuando repara con más atención en el otro, porque advierte que se peina como él se peinaba hace diez años, viste con descuido una chaqueta idéntica a otra que él usaba por entonces y -le parece notar- deja caer los brazos sobre las rodillas como él solía hacerlo: enlazando los dedos y mirando largamente al vacío. Junto a la ventana tiene siempre aprontados sus binoculares de ornitólogo, que usa con frecuencia en sus acechos nocturnos. Se los encara con nerviosismo y lo que ve le hace abandonar aprisa su observatorio, dejar los prismáticos en su sitio y regresar a la cama a zancadas, a través de la claridad, con la esperanza de recordar por la mañana que ha soñado que un hombre lo descubría observándolo a través de sus anteojos y lo saludaba con familiaridad.
El hombre que está sentado en el bordillo, a través del alcohol y efectivamente, lo ha visto observarlo desde una ventana de la fachada que está al otro lado de la tapia vieja. Lo ha envidiado, como hace con todo el mundo, y se ha visto a sí mismo como va a ser dentro de diez años.       


jueves, 7 de julio de 2016

OTRAS FORMAS DE VIDA

Por suerte para ella, aún no retenía recuerdos el día que llegó a la casa de su abuela hace siete años, dada en custodia. Cuando su abuela la ha llevado esta mañana en el coche al Centro de Educación Especial, empezó su convivencia diaria con otras niñas y niños que también tienen la cabeza llena de piezas desencajadas, rotas, transformadas o ausentes de lo que llamamos mundo real. Con las ceras de colores adaptadas, en su mesa de color azul -que es muy lista y huele a menta- se le ha ido el tiempo aplicándose a pintar pájaros y gallinas enormes y gatos. A Fidel no lo pinta nunca, porque no le sale bien.  Al acabar la mañana, su abuela la ha recogido y la ha traído de nuevo a casa y por el camino la niña ha visto pasar hacia atrás, por la ventanilla, las cunetas con hierbas altas, los campos amarillos, las casas y también palomas volando. Después de comer ha dormido la siesta y a media tarde su abuela la ha dejado salir sola a la luz de la huerta porque allí está al cuidado de Fidel.
La niña camina con mucha cautela, mirando dónde pone los pies bajo la atenta vigilancia del perro enorme, que parece distraído oliendo rastros pero tiene una oreja alerta. Ahora lo llama y Fidel interrumpe el husmeo y se le acerca bondadoso y lento. La niña le explica entonces con paciencia y detalle cómo son las plantas y cómo se llaman, señalando los tallos verdes, las hojas y las flores con su dedo pequeño y cauteloso. Ésta se llama menta y tiene las hojas con pelitos así ¿ves? y huele como una mesa pequeña. Ésta es la yerbaluisa, que no huele a nada. Ignora la carcasa de la lavadora vieja, que se oxida entre las ortigas, y la bicicleta tirada entre las corregüelas desde hace por lo menos veinte años y sigue buscando plantas y enseñándoselas a Fidel, porque lo que no está vivo no le importa ni le atrae ni le parece interesante y esta niña vivirá para siempre mucho más cerca de la vida de lo que tú o yo estaremos nunca.

martes, 16 de febrero de 2016

CASI DIEZ


El paquete rectangular no es grande: tiene el tamaño de una caja de zapatos y lo envuelve un papel de estraza de color manila, su único toque de lujo, por llamarlo así. Una cuerda de esparto basto, deshilachado, abraza el paquete por sus cuatro lados formando cruz y cerrándose en el centro de la cara superior con un nudo infantil, como de zapatos. Todos los reunidos en el escenario (la oronda alcaldesa y sus concejales, el gobernador de gesto cesáreo y el ajeno delegado de cultura), así como el público en sus asientos (entre el que destacan en primera fila los hijos e hijas, las nueras y los yernos, la muchedumbre encorbatada, aburrida y formal de los nietos) miran en silencio a la anciana silenciosa que acerca al paquete los sarmientos que ya son sus dedos desde hace décadas. Abundan las sonrisas forzadas en el escenario -el delegado de cultura, ajeno a la ceremonia, no sonríe-. Los ojos silentes de la mujer se sorprenden ante lo que tiene entre sus manos y, si no fuese tan discreta, su mirada se volvería hacia las autoridades, interrogante, porque no comprende qué significa este paquete en este homenaje. Conserva los ojos asombrados y redondos, la mirada tímida de la chiquilla que era aquella tarde, cuando otro público mucho más numeroso -todo un estadio-, entregado y sobrecogido por el asombro, la contemplaba casi en éxtasis: nueve con nueve, casi diez.
Pasado el momento de duda, entre los murmullos de inquietud y el desconcierto de las autoridades, la anciana busca a su alrededor alguien que le ayude a abrir el paquete: está ansiosa por saber qué hay dentro. Mientras venía hacia aquí en el coche de su hija menor, ella esperaba un ramo de rosas consabidas y una consabida placa que añadir a sus muchas otras placas, a sus medallas y copas y trofeos. Con la placa y las rosas iba a regresar a su casa y buscar allí un lugar para colocarlas: un florero y un rincón, si es que alguno quedaba. Luego, seguida por su gato, se pasearía examinando cada fotografía enmarcada y en cada una sus propios gestos, sus rígidas sonrisas, sus posturas esculturales, sus podios y sus triunfos hasta llegar, como todos los atardeceres, a la mesilla junto a su cama, sobre la que está la fotografía de aquella tarde: en alto sus brazos adolescentes entre la ovación debida a aquel nueve con nueve, casi diez.
Las autoridades y el público del homenaje, desconcertados ante la desconcertada inmovilidad de la anciana, piensan en una manera de abrir el paquete, interrogando con las miradas ceñudas al delegado de cultura quien, ajeno hasta ahora a la ceremonia, extrae de su bolsillo en ese momento una pequeña tijera, y con ella en la mano se acerca a la anciana, que le tiende el paquete aliviada. El chico lo toma, corta la cuerda, la retira y se lo devuelve. El papel de estraza se despliega como floreciendo y descubre una caja de zapatos. La anciana levanta la tapa de la caja y su rostro resplandece: la sorpresa le ilumina el rostro y le dilata la mirada,  porque reconoce lo que ve. Mira al joven desconocido con un gesto de gratitud asombrada que no se atreve a expresar ¿Cómo ha podido usted saber...? El ajeno delegado de cultura se ha pasado las últimas semanas investigando hasta dar por casualidad con ellas. Estaban en la casa del que era su entrenador aquella tarde de los nueve con nueve puntos, casi diez. Aquel hombre también tenía enmarcada la fotografía de ella sobre la barra de equilibrio, con sus brazos adolescentes en alto. El entrenador (ella fue el amor intocable de su vida) murió hace veinte años y fue su hija quien se las ofreció.
- Las guardó toda su vida, ella se las regaló.
También aquel hombre había sido el amor intocable de la vida de ella. Contempla en la caja de zapatos las zapatillas que llevó aquella tarde.      

lunes, 8 de febrero de 2016

LA TINTA Y EL TIEMPO


Hao Minh retira su pincel de la superficie rectangular después de haber trazado el último signo, y con tal gesto concluye su poema definitivo. Corre, en el cómputo occidental, el año 1674; en el de su cultura, el 3825. Este breve cúmulo de versos ha culminado meses y meses de meditación minuciosa, paseos, viajes y contemplaciones incesantes de crepúsculos, amaneceres, tormentas y bambúes mecidos por la brisa, azotados por la lluvia, ocultos en las sombras. Este poema es también otra cosa: la puesta en limpio de numerosas hojas de papel pobladas de signos, frases, dibujos, esquemas, notas o ensayos frustrados y parciales de versos, metáforas, ritmos y juegos de palabras. Está cansado, se levanta y camina, a sabiendas de que todo termina. A través de la ventana y por encima de los árboles contempla sin alarma las columnas de humo ya no tan lejanas.
El poema se perderá, como se perderá entre llamas y cenizas el palacio y el reino; no así los infinitos borradores o, al menos, no todos. 
Siglos más tarde, un misionero francés dará con mediia docena de ellos y acometerá el reto estéril de traducirlos. Lo conseguirá por fin, extrañado él mismo del fruto de sus sudores, y también lo publicará (París, 1902). Unos años después, el dadaísta y alienado Tzevan Tzara (primo hermano del otro Tzara), da con el libro revolviendo una mesa a orillas del río ese que atraviesa la capital de ese país. Asombrado por la versión del misionero, no pierde el tiempo y acude con ella a un café donde están reunidos provisionalmente varios dadás relacionados con Bretón (no el de los Herreros, el otro); el patriarca está ahora muy ocupado con una cosa que tiene que escribir para el Partido y unos arreglos para una película y un poema suyo propio que no le acaba de salir (nunca le saldrá, de hecho). Hace Bretón un elogio distraído del texto y le ordena a Tzevan que lo publique como obra dadaísta de autor desconocido o que lo firme él mismo, "como te parezca, qué más da". Tzevan obedece la consigna y poco después aparecen los borradores de Hao en forma de poema inconexo, caótico, vanguardia, dadadá, tatachán, firmado por el alienado y compuesto de frases entrecortadas, dibujos, esquemas, metáforas y algunos versos añadidos por su nuevo autor. Pasmo en los círculos del ramo. Cartas y ejemplares dedicados de la edición cruzan la Europa que está, ella también, al borde de una guerra donde, entre columnas de humo, se extinguirá también todo rastro de civilización. Este poema igualmente se perderá.   


domingo, 31 de enero de 2016

LECTURAS OBLIGATORIAS


Leí hace tiempo un relato en el que aparezco con mi propio nombre: Joseph Cartaphilus, si bien el autor yerra en ciertos detalles: data la peripecia en Londres y no en Roma, a finales de la primavera de 1929 y no de 1896 para identificárme como anticuario y no como librero, oficio que ejercí durante ciento catorce años. Todo lo dicho llamará tal vez la atención del lector.
Yo me he apellidado de maneras muy diversas a lo largo del tiempo, y no por precaución o sigilo míos, sino por la necesidad de seguir vivo: cada cierto tiempo me veía obligado a cambiar de identidad y aprender un idioma nuevo. Se me dan bien las lenguas y no tuve dificultad en dominar sucesivamente el francés, el alemán, el turco, el árabe, el sánscrito, el chino, el italiano, el inglés y muchos otros; empezaba a aprender uno nuevo a medida que escaseaban las lecturas a mi alcance en el anterior. Eran los términos del pacto.
Firmé tal pacto el 25 de agosto de 1573 en una taberna de la ciudad de Méjico. Yo agonizaba en el suelo tras haber recibido una cuchillada mortal de necesidad; cuando los matadores huyeron y el local se vació, el tabernero vino hacia donde yo estaba, me puso la mano sobre la herida y dejé de agonizar. Tal vez aquel individuo raquítico y sombrío era un diablo, pero con seguridad no era un diablo católico porque su propuesta era insólita: en lugar de a cambio de mi alma, me ofreció la inmortalidad con la condición de que pasase las noches leyendo, pero sin jamas repetir un libro; "estoy ya muy escarmentado con pendejos que se pasan la eternidad leyendo lo mismo una vez y otra", me aclaró. ¿Un diablo filólogo? También estaban prohibidas las traducciones y: me estaba vedado incluso volver sobre lo leído, aunque sólo fuese para comprenderlo. A menudo tenía que avanzar en lecturas intolerables de las que además (o, tal vez, por suerte) no estaba entendiendo nada.
Tras todos estos siglos he llegado a un punto en que cualquier cosa que leo me resulta familiar. En todo noto el mismo ritmo, la misma confusión, las mismas intenciones, la misma fatuidad, la misma bobería; es como si todo hubiera sido escrito por la misma mano, la cual -dicho sea- rara vez consigue una página aceptable. A veces pienso que aquel día, en el suelo de aquella taberna, morí y ahora me hallo en una sección risible del Infierno padeciendo esta condena inverosímil.