jueves, 4 de junio de 2015

UN PROCESO INFINITO


Aunque considero del todo refutada tan pueril ocurrencia y no tengo nada que añadir, son para mí liberadores los renglones que siguen. Admito que se trata de una idea sugerente y, aunque a todas luces absurda, también ingeniosa e incluso inquietante hasta cierto punto: la totalidad de la literatura constituye una única obra de la que apenas se conservan fragmentos tales como la Odisea, la Divina Comedia o Manhattan Transfer; junto a todos los demás, Plauto, Cervantes, Melville y Raymond Chandler son coautores. Habría que admitir, entonces, que se trata de una obra necesariamente inacabada y, por definición, póstuma que se treminaría... ¿cuándo?
He de confesar que semejante abismo me produce un rechazo acaso visceral y también un poco de vértigo. ¿Los volúmenes que forran mi biblioteca son dispersos fragmentos? ¿El escrutinio del cura y el barbero consistió en recortar lo que sobraba pero no sobraba pero sí sobraba? ¿Bovary estaba en el fondo enamorada de Flaubert? ¿El cuervo de Poe revoloteaba entre páginas afines?
Me han confinado en este ágrafo jardín, la casa donde me cuidan carece de biblioteca, los obsequiosos médicos me evitan con rigidez toda clase de incursiones bibliográficas y, como todas mis creaciones, estoy elaborando esta nota de memoria, sin apuntarla, porque incluso me han privado de útiles de escritura. Escritura, esa es la clave: si no llego a escribirlo, esto que memorizo no formará parte de la Obra Infinita y habré escapado al círculo: seré el primer escritor cuya obra no forme parte de la Obra pero, entonces, ¿cómo es posible que me estés leyendo?     

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