viernes, 12 de junio de 2015

LA HERENCIA DEL NIDO DEL CUCO

... con su aunque esporádica brillante y soterrada ironía. En sus agotadoras novelas, tan a menudo triviales, prescindibles y adocenadas (que pueden consistir tanto en embrollos policíacos, previsibles dinastías de poderosos o pueriles misterios pseudoesotéricos como en tramas inverosímiles ambientadas en la Venecia del siglo XVI o en el Nueva York del XIX) brilla de improviso una página cristalina,cegadora,perfecta que nos compensa del deprimente, arduo itinerario a que nos obliga la prosa beltransacharesca... 

Víctor Eugenio Loláilez, Catálogo comentado de autores españoles infumables (1915-1931) III,p.489, Cefalea Editores, 1996.


Cuando en 1925 regresó de París, donde durante varios años había ejercido de ecléctico pintor muerto de hambre, y hecha evidente (aún para él) su nulidad como artista, Beltrán Sachar tomó la sublime decisión de consagrarse a la literatura, actividad en la cual cosechó al año escaso el primero de sus arrolladores éxitos con La portera del artista. Unas semanas antes de decidirse por el ejercicio de las Letras había heredado un caserón estragado a la muerte de su padre (de ahí su regreso de Francia), con el que había sostenido una irreparable trifulca la víspera de liar los bártulos y marcharse de casa. El padre era un hombre raro que se dedicaba a escribir relatos que nadie leía.
En esa casa se puso a producir sin interrupción sus bodrios. Después de la publicación de La portera del artista (que obtuvo una acogida multitudinaria e inverosímil en Argentina y Méjico, para ser traducida de inmediato al francés, el inglés y el checo) su vida se hizo desahogada, pero siguió siendo austera y eremítica: se ponía al trabajo a las seis de la mañana, comía a las tres y proseguía hasta las siete de la tarde. En su éxito incurrió un hallazgo importante.
Al llegar a la casa se encontró con humedades por todas partes y habitaciones saqueadas. Bajó a dormir a una pensión y regresó a la mañana siguiente. Recorrió los cuartos, donde apenas encontró muebles, hasta que dio con el secreter donde escribía su padre, cerrado con llave. Lo descerrajó con indisimulado placer. Allí dentro había una porción de cuadernos apilados en los que reconoció la seca, severa y puntiaguda letra de su progenitor. 
Todos los cuadernos llevaba el título de "Mierda" y cada uno ostentaba un subtítulo. Abrió el primero, que se subtitulaba La portera del artista y lo hojeó. Allí encontró, en tinta azul y en esencia, la carcasa de la novela que iba a escribir; ocupando tanto los márgenes como a menudo los espacios entre los renglones, en tinta roja, había comentarios irónicos, sarcásticos, surrealistas o sencillamente absurdos (pero siempre brillantes) a lo escrito en azul. Los subtítulos de los otros cuadernos (La esclava de Marco Antonio, Un apartamento sin vistas, El secreto de Anubis, etcétera) coincidirían pasado el tiempo con los títulos que Sachar puso a sus engendros. Esa misma tarde dio comienzo a La portera..., combinando con habilidad lo escrito en azul con lo escrito en rojo. Y así continuó durante las décadas siguientes: tomando en cada ocasión un nuevo cuaderno de la pila y poniéndose al trabajo. Sólo al abrir el último cuaderno y leer la última página encontró esto:

Mierda: novelas que no pienso escribir ni jarto vino legadas a tí, hijo mío, que les sabrás sacar provecho. Cucu.

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