sábado, 20 de junio de 2015

RENACIMIENTO


La pregunta es: ¿por qué escribía? El autor que nos ocupa tuvo una vejez difícil lo que le impelió, aún a tan avanzada edad, a dedicarse a la poesía. Padre de un rígido vegetariano, se veía obligado a masticar a diario tres dientes de ajo y observar una estricta dieta, de la que hago gracia al lector. Corrían los penúltimos años de la dictadura de Miguel Primo de Rivera y estamos hablando de Madrid.
Antes de enfrentarse al tercer diente de ajo y a la deprimente cena, solía dar a diario un paseo unamuniano. Ese atardecer salió de casa con un bastón de cerezo, un ejemplar del Polifemo y un plan. Entró en un café diferente al que solía, pidió uno con leche y se sumergió en la enésima relectura de lujosas octavas reales. En un momento dado se puso en pie y comenzó a declamarlas con voz cada vez más elevada, hasta llegar al paroxismo, al éxtasis.
Donde espumoso el mar sicilïano
El pie argenta de plata al Lilibeo,
Bóveda o de las fraguas de Vulcano
O tumba de los huesos de Tifeo
Como tenía previsto, el alarmado dueño del café acudió a silenciarlo, pero se vio amenazado con el sólido bastón de cerezo y salió a la calle en busca de la autoridad.
Si roca de cristal no es de Neptuno
Pavón de Venus es, cisne de Juno
 Una pareja de guindillas irrumpió enseguida en el local arrestando a  nuestro alborotador y llevándolo preso a Gobernación. No quiso desmentir, ni entonces ni durante el proceso, las acusaciones de arenga disolvente que se le imputaron en la denuncia. Preventiva. El hijo vegetariano intentó en vano introducir mejoras en el rancho carcelario. En la celda escribió Fauces, poemario brillante. Juicio. Nuestro autor se negó a colaborar con su abogado y se declaró anarquista. Sentencia: deportación a la isla de Fuerteventura, con el resto de la patulea republicana. En el barco platanero que lo llevaba compuso Oda carnal y, ya en la isla, empezó su Garganteida.
La proclamación de la Segunda República le impidió acabar con tranquilidad su obra magna, porque el recién formado gobierno de transición tuvo el empeño de decretar el final de su confinamiento. Antes de regresar a la Península y al ajo despachó su último sancocho.
Tras Fauces y Oda carnal, la Garganteida se publica en Madrid bajo la tutela de JRJ, entre el entusiasmo de los gongorillas. Todo el mundo pudo advertir cómo tras su octava XXV (última que escribió en Fuerteventura) cesa del fervor de la suculencia, que se pierde entre las brumas de la nostalgia. Aunque siguió escribiendo, lo que produce en Madrid durante los años siguientes resulta insípido (cosas como Oda a la agricultura de Bruselas o Berenjenario). No recuperará realmente el vigor de su estro hasta verse en su exilio mejicano, con Jitomate.
    

viernes, 12 de junio de 2015

LA HERENCIA DEL NIDO DEL CUCO

... con su aunque esporádica brillante y soterrada ironía. En sus agotadoras novelas, tan a menudo triviales, prescindibles y adocenadas (que pueden consistir tanto en embrollos policíacos, previsibles dinastías de poderosos o pueriles misterios pseudoesotéricos como en tramas inverosímiles ambientadas en la Venecia del siglo XVI o en el Nueva York del XIX) brilla de improviso una página cristalina,cegadora,perfecta que nos compensa del deprimente, arduo itinerario a que nos obliga la prosa beltransacharesca... 

Víctor Eugenio Loláilez, Catálogo comentado de autores españoles infumables (1915-1931) III,p.489, Cefalea Editores, 1996.


Cuando en 1925 regresó de París, donde durante varios años había ejercido de ecléctico pintor muerto de hambre, y hecha evidente (aún para él) su nulidad como artista, Beltrán Sachar tomó la sublime decisión de consagrarse a la literatura, actividad en la cual cosechó al año escaso el primero de sus arrolladores éxitos con La portera del artista. Unas semanas antes de decidirse por el ejercicio de las Letras había heredado un caserón estragado a la muerte de su padre (de ahí su regreso de Francia), con el que había sostenido una irreparable trifulca la víspera de liar los bártulos y marcharse de casa. El padre era un hombre raro que se dedicaba a escribir relatos que nadie leía.
En esa casa se puso a producir sin interrupción sus bodrios. Después de la publicación de La portera del artista (que obtuvo una acogida multitudinaria e inverosímil en Argentina y Méjico, para ser traducida de inmediato al francés, el inglés y el checo) su vida se hizo desahogada, pero siguió siendo austera y eremítica: se ponía al trabajo a las seis de la mañana, comía a las tres y proseguía hasta las siete de la tarde. En su éxito incurrió un hallazgo importante.
Al llegar a la casa se encontró con humedades por todas partes y habitaciones saqueadas. Bajó a dormir a una pensión y regresó a la mañana siguiente. Recorrió los cuartos, donde apenas encontró muebles, hasta que dio con el secreter donde escribía su padre, cerrado con llave. Lo descerrajó con indisimulado placer. Allí dentro había una porción de cuadernos apilados en los que reconoció la seca, severa y puntiaguda letra de su progenitor. 
Todos los cuadernos llevaba el título de "Mierda" y cada uno ostentaba un subtítulo. Abrió el primero, que se subtitulaba La portera del artista y lo hojeó. Allí encontró, en tinta azul y en esencia, la carcasa de la novela que iba a escribir; ocupando tanto los márgenes como a menudo los espacios entre los renglones, en tinta roja, había comentarios irónicos, sarcásticos, surrealistas o sencillamente absurdos (pero siempre brillantes) a lo escrito en azul. Los subtítulos de los otros cuadernos (La esclava de Marco Antonio, Un apartamento sin vistas, El secreto de Anubis, etcétera) coincidirían pasado el tiempo con los títulos que Sachar puso a sus engendros. Esa misma tarde dio comienzo a La portera..., combinando con habilidad lo escrito en azul con lo escrito en rojo. Y así continuó durante las décadas siguientes: tomando en cada ocasión un nuevo cuaderno de la pila y poniéndose al trabajo. Sólo al abrir el último cuaderno y leer la última página encontró esto:

Mierda: novelas que no pienso escribir ni jarto vino legadas a tí, hijo mío, que les sabrás sacar provecho. Cucu.

jueves, 4 de junio de 2015

UN PROCESO INFINITO


Aunque considero del todo refutada tan pueril ocurrencia y no tengo nada que añadir, son para mí liberadores los renglones que siguen. Admito que se trata de una idea sugerente y, aunque a todas luces absurda, también ingeniosa e incluso inquietante hasta cierto punto: la totalidad de la literatura constituye una única obra de la que apenas se conservan fragmentos tales como la Odisea, la Divina Comedia o Manhattan Transfer; junto a todos los demás, Plauto, Cervantes, Melville y Raymond Chandler son coautores. Habría que admitir, entonces, que se trata de una obra necesariamente inacabada y, por definición, póstuma que se treminaría... ¿cuándo?
He de confesar que semejante abismo me produce un rechazo acaso visceral y también un poco de vértigo. ¿Los volúmenes que forran mi biblioteca son dispersos fragmentos? ¿El escrutinio del cura y el barbero consistió en recortar lo que sobraba pero no sobraba pero sí sobraba? ¿Bovary estaba en el fondo enamorada de Flaubert? ¿El cuervo de Poe revoloteaba entre páginas afines?
Me han confinado en este ágrafo jardín, la casa donde me cuidan carece de biblioteca, los obsequiosos médicos me evitan con rigidez toda clase de incursiones bibliográficas y, como todas mis creaciones, estoy elaborando esta nota de memoria, sin apuntarla, porque incluso me han privado de útiles de escritura. Escritura, esa es la clave: si no llego a escribirlo, esto que memorizo no formará parte de la Obra Infinita y habré escapado al círculo: seré el primer escritor cuya obra no forme parte de la Obra pero, entonces, ¿cómo es posible que me estés leyendo?