domingo, 24 de mayo de 2015

UN GORRO PARA LA ETERNIDAD


Hervía el furor humanista del Quattrocento florentino cuando Girolamo de Prato, tras aprobar el examen de maestro gorrero, pasó a formar parte del gremio de gorreros de Florencia. De inmediato abrió tienda, y en ella se dedicó a la venta de gorros eclesiásticos (capelos, solideos y así). Pasados un par de años no podía decirse que el negocio fuera del todo mal, pero tampoco bien: aquella era más bien una ciudad de banqueros, poco clerical. Una circunstancia vino a cambiar las cosas: adquirió una porción de gorros cilíndricos que le vendió un mercachifle genovés, el cual le aseguró que venían de Grecia. A la entrada de la tienda puso Girolamo: "se venden gorros griegos". La gente entraba y miraba, pero no compraba hasta que un jovenzuelo con cara de sonámbulo empezó a rebuscar entre ellos; finalmente dio un gritito de entusiasmo  entre saltos y zapatetas: "eurekós", exclamó: había encontrado un texto manuscrito por dentro de la badana de uno de los gorros. ¡"me los llevo todos!", afrimó. Desde ese día se paseaba por toda Florencia con él puesto y, al tratarse de un joven de familia, la moda se extendió como una mancha de tinta. Girolamo hizo un nuevo pedido al mercachifle, partida que también se vendió como buñuelos, pero los otros gorreros lo imitaron, la ciudad se llenó de gorros griegos y el negocio aflojó.
Sin embargo, Girolamo era un emprendedor nato: se dio cuenta de dónde estaba el nicho de clientela y de otra cosa: si fabricaba él los gorros se ahorraría un montón de dinero y podría controlar el mercado. Además, el furor de los gorros griegos había cesado y se imponía una novedad. Puso otro cartel, esta vez más específico: "se hacen a medida gorros florentinos para gramáticos, filósofos y bibliotecarios" y sí, la afluencia fue desbordante. Los pedidos le llovían de toda la Península, tuvo que ampliar el taller y muy pronto fundó una cadena: Academia. Su primera creación fue el que luego se dio en llamar Modelo Dante, del cual ofrecía dos variedades: con corona de laurel o sin ella, a elegir (el de corona se vendía mejor: salía un poco más caro, pero daba mayor crédito a los dictámenes del usuario). Muchos años después ya había creado un auténtico emporio gorrero con agentes en toda Europa. Tanto él como sus sucesores se especializaron en servir a países del Norte tales como Alemania, Suiza e incluso Inglaterra, en los cuales tuvieron una verdadera muchedumbre de clientes ilustres (a modo de ejemplo, baste citar a Lutero, Calvino o Tomás Moro) Todos ellos adquirieron y lucieron durante toda su vida la creación magistral de Girolamo: un gorro con orejeras, abrigado, sólido y capaz de desafiar aquellos climas húmedos y friolentos: el luego conocido como Modelo Erasmo.
   

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