domingo, 5 de abril de 2015

UN TRABAJO COMO OTRO CUALQUIERA


Salí del local cuando amanecía. El camarero bajó la chapa detrás de mí y con seguridad volvió a la partida que continuaba abajo, de la que yo había tenido que levantarme por ausencia de liquidez.
La noche anterior me había tocado a mí presentar, en ese mismo tugurio, la última de Elm Ratliff: Un hogar para los cocodrilos. No podía explicarme por qué un superventas como él había aceptado mi invitación para las Noches Negras, nuestras jornadas de novela policiaca sin apenas repercusión mediática.Al recibirlo en la estación de tren (no viaja en avión, punto) me encontré con un gigante inexpresivo que no pronunció una sola palabra hasta que lo dejé en el vestíbulo de su pensión (no quería hotel, punto). En su inglés de Misisipi me preguntó lugar y hora de presentación y me aseguró que estaría allí.
Durante las jornadas asistió a todos los actos escrupulosamente, y era como otra persona: el gigante cordial, de sonrisa ancha y mirada estúpida, idéntico a la fotografía de la solapa de todas sus novelas. Mientras no hablaba o se dirigían a él, sin embargo, no tenía expresión alguna y mostraba el aire vagamente mesiánico de un presbiuteriano abstemio.
La noche de la presentación acusaba yo los efectos de cinco días de insomnio y resacones. El americano apareció con puntualidad cronométrica y soportó estoico mis bromas acerca de su novela: la denominé "criminal drag" sustituyendo el término "criminal brick", con el que  los críticos norteameriicanos habían bautizado el subgénero que inauguraban las mil setecientas ochenta y siete páginas de Un hogar para los cocodrilos, y propuse una traducción al castellano: "tocho criminal". Ratliff mostró una expresión de turista que no entiende la carcajada general de los plumíferos nocherniegos. Luego comenzó la firma de autógrafos: una azafata sobria y contenida entregaba previo pago los ejemplares a los clientes, que hacían una cola tambaleante ante la mesa en la que Ratliff rubricaba con buen pulso; luego, cada cual desaparecía con su ejemplar escaleras arriba. Cuando todos se hubieron marchado, en mi última lucidez me ofrecí a llamar un taxi y llevarlo al hotel. Me miró con sorpresa mientras sacaba una baraja del bolsillo. Su cara había cambiado a la de un poste. Me habló en un perfecto castellano de Sonora.
- ¿No quiere sentarse?
Sin esperar mi respuesta colocó la baraja en el centro de la mesa. El camarero trajo una garrafa -una ga-rra-fa- de lo que comprobé era bourbon y se sentó con nosotros. Ratliff se dirigió entonces a él.
- Corta, Aparicio.
Aparicio cortó y a lo largo del resto de la noche me desplumaron entre humo azul. En el momento de levantarme le pregunté a Ratliff por qué alguien como él había aceptado una invitación a las Noches Negras. Me respondió sin mirarme.
- Para jugar aquí.
Aparicio sonrió. Me sorprendí, claro.
- Hasta esta noche no podía imaginarme que usted jugara.
- Pues ya ve.
- Y menos todavía que bebiese.
- No lo hago durante el trabajo.  

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