viernes, 24 de abril de 2015

SCRIPTA MANENT

Mi antepasado, cuyo nombre acabo de mencionar, terminó siendo ahorcado en Armagh, en 1793, por falsificar moneda y robar, por lo tanto, a Su Majestad. Le pudo la codicia, pues tanto él como su padre y su abuelo se habían dedicado al oficio sin contratiempo alguno. Su error consistió en querer producir demasiado, lo cual redundó negativamente en la calidad de lo acuñado, lo que ocasionó su desgraciado final. Tras la ejecución sus hermanos decidieron, en reunión familiar, darle un giro al negocio: a partir de ese momento sólo se producirían cosas sin relación con el fisco y cuya falsedad, además, no fuese demostrable ante un tribunal: reliquias, antigüedades, obras de arte... y manuscritos. Esto supuso un cambio revolucionario en nuestra industria, con la diversificación y especialización consiguientes: seguramente hasta el día de hoy, la empresa ha tenido que dar empleo  a la práctica totalidad de nuestra extensa familia, adaptándonos como es natural a los tiempos. Tal vez se pregunte usted cómo es posible que nuestro irregular modo de vida haya podido mantenernos a lo largo de todas estas generaciones. Le pondré un ejemplo. 
Como debería usted saber, el Ciclo de Ulster reúne una apreciable cantidad de textos en gaélico irlandés transcritos a caracteres latinos entre el siglo VII y el VIII. Pues bien: un primo de mi bisabuelo era profesor de Historia o algo así en el Trinity de Dublín y, a la vuelta de uno de sus frecuentes vagabundeos rurales, dijo haber hallado en una aldea cerca de Armagh (precisamente) un manuscrito que encajaba a la perfección en un hueco del Ciclo. Hizo público de inmediato su hallazgo con el consiguiente revuelo de la crítica y las peloteras habituales en las asociaciones progaélicas. Poco después, una casa solvente le encargó un estudio del manuscrito junto con la edición crítica del texto íntegro. Gran éxito de crítica y también (eran otros tiempos) de público. A continuación llevó a cabo el toque maestro: donó el Manuscrito Armagh (así lo bautizó) a la biblioteca del Trinity.
Naturalmente, el texto lo había escrito él y nosotros lo habíamos convertido en un pergamino medieval. Muy pronto, el Trinity comenzó a recibir una avalancha de investigadores que avalaron unánimemente su autenticidad o ni siquiera la pusieron en duda; poco más tarde llegaron las ofertas de otras bibliotecas interesadas en su adquisición, ofertas que el director del Colegio rechazó ofendido y orgulloso. Finalmente, nosotros nos pusimos en contacto con un industrial filántropo y bibliófilo de Chicago, un tal Phebus O'Jmauj (el Rey del Cerdo Asado) para quien robamos el manuscrito a cambio de una cifra astronómica. 
Si usted está leyendo esto significa que yo habré muerto hace al menos cincuenta años. Me cree, ¿verdad?

domingo, 5 de abril de 2015

UN TRABAJO COMO OTRO CUALQUIERA


Salí del local cuando amanecía. El camarero bajó la chapa detrás de mí y con seguridad volvió a la partida que continuaba abajo, de la que yo había tenido que levantarme por ausencia de liquidez.
La noche anterior me había tocado a mí presentar, en ese mismo tugurio, la última de Elm Ratliff: Un hogar para los cocodrilos. No podía explicarme por qué un superventas como él había aceptado mi invitación para las Noches Negras, nuestras jornadas de novela policiaca sin apenas repercusión mediática.Al recibirlo en la estación de tren (no viaja en avión, punto) me encontré con un gigante inexpresivo que no pronunció una sola palabra hasta que lo dejé en el vestíbulo de su pensión (no quería hotel, punto). En su inglés de Misisipi me preguntó lugar y hora de presentación y me aseguró que estaría allí.
Durante las jornadas asistió a todos los actos escrupulosamente, y era como otra persona: el gigante cordial, de sonrisa ancha y mirada estúpida, idéntico a la fotografía de la solapa de todas sus novelas. Mientras no hablaba o se dirigían a él, sin embargo, no tenía expresión alguna y mostraba el aire vagamente mesiánico de un presbiuteriano abstemio.
La noche de la presentación acusaba yo los efectos de cinco días de insomnio y resacones. El americano apareció con puntualidad cronométrica y soportó estoico mis bromas acerca de su novela: la denominé "criminal drag" sustituyendo el término "criminal brick", con el que  los críticos norteameriicanos habían bautizado el subgénero que inauguraban las mil setecientas ochenta y siete páginas de Un hogar para los cocodrilos, y propuse una traducción al castellano: "tocho criminal". Ratliff mostró una expresión de turista que no entiende la carcajada general de los plumíferos nocherniegos. Luego comenzó la firma de autógrafos: una azafata sobria y contenida entregaba previo pago los ejemplares a los clientes, que hacían una cola tambaleante ante la mesa en la que Ratliff rubricaba con buen pulso; luego, cada cual desaparecía con su ejemplar escaleras arriba. Cuando todos se hubieron marchado, en mi última lucidez me ofrecí a llamar un taxi y llevarlo al hotel. Me miró con sorpresa mientras sacaba una baraja del bolsillo. Su cara había cambiado a la de un poste. Me habló en un perfecto castellano de Sonora.
- ¿No quiere sentarse?
Sin esperar mi respuesta colocó la baraja en el centro de la mesa. El camarero trajo una garrafa -una ga-rra-fa- de lo que comprobé era bourbon y se sentó con nosotros. Ratliff se dirigió entonces a él.
- Corta, Aparicio.
Aparicio cortó y a lo largo del resto de la noche me desplumaron entre humo azul. En el momento de levantarme le pregunté a Ratliff por qué alguien como él había aceptado una invitación a las Noches Negras. Me respondió sin mirarme.
- Para jugar aquí.
Aparicio sonrió. Me sorprendí, claro.
- Hasta esta noche no podía imaginarme que usted jugara.
- Pues ya ve.
- Y menos todavía que bebiese.
- No lo hago durante el trabajo.