lunes, 16 de febrero de 2015

EX LIBRIS


Soy la novela que estás leyendo y no empiezo con esta frase. A menudo sueño que alguien se empeña en escribirme; la noche de ayer era un monje aterido aunque también recuerdo buhardillas, tocadores, cajones de cedro, plumines, máquinas de escribir, pantallas y cuadernos; siempre hay dedos tenaces y miradas vacías sobre mí. Pero también tengo otro sueño, éste recurrente: me están imprimiendo. A mi alrededor, los celéricos operarios manipulan tipos, componen líneas y corrigen pruebas mientras el pretendido autor discute desmelenado, a grandes voces, con un hombre panzudo y sonriente que hace oídos de mercader al pobre infeliz. Al final, el plumífero se marcha por donde ha venido, furibundo, y el hombre del barrigón empieza a pasearse por el taller, vigilando a sus obreros con ojo no diré de halcón sino de buitre. Luego sube a su oficina, situada en una especie de desván cochambroso, atestado de papeles e iluminado por una solitaria lámpara de petróleo que gravita sobre la mesa diminuta. El hombre se cala sus gafas y se inclina sobre un cuaderno de contabilidad en el que va asentando sus debes y, sobre todo, sus haberes. Piensa que su negocio es própero; su negocio no consiste en imprimir libros, lidiar con escribidores y traficar con libreros: esta es una ocupación marginal, desagradable y a la postre ruinosa para él. Su verdadera ocupación consiste en encontrar majaderos, alucinados y almas perdidas cuyos nombres sean adecuados para figurar en nuestras portadas.