sábado, 31 de enero de 2015

EN LA SOLEDAD DEL TRONO


El poeta ha elegido la manera más retorcida e inepta de llevársela al catre: ofrecerle un ejemplar dedicado de Enero, su poemario recién impreso y perfumado todavía de tinta. Los ejemplares vienen numerados y éste es el número 1. Papel artesanal, tinta, caracteres, proporciones. La leche.
El poeta ha esperado el momento para hacerle el regalo, y la chica a la que pretende en vano llevarse al catre mira el volumen a la luz de la última farola antes de su portal.
- Vale.
Y se lo guarda descuidadamente en el bolso.
Ahora viene -piensa vanidoso el poeta- el brillo de los ojos que ese gesto evasivo no podrá desmentir; viene el colocarse azorada un rizo detrás de la oreja, el no saber qué hacer con las manos, el no acertar ella a decir nada. La chica busca apresuradamente las llaves, abre el portal y desaparece escaleras arriba casi a la carrera. El poeta se pregunta, sorprendido pero no desanimado, de qué puede esto ser señal.
Mientras vuela sobre los peldaños, la muchacha piensa en una sola cosa. La noche ha sido fría y ventosa, los bares desangelados, mal elegidos y atravesados por traicioneras corrientes de aire. Hubo un momento en que sí, pero al final no. Ahora sólo le importa abrir la puerta del apartamento, enfilar el pasillo desconchado y sin luz (la bombilla se murió hace un par de meses), entrar en el baño y levantar la tapa. Escopetazo y alivio.
Ahora sí, ahora puede pensar en otras cosas. Tiende su mano al bolso, lo abre, toma el poemario y empieza a leer al azar, pasando las elegantes, sobrias, serenas hojas del artesano papel. Al otro lado del pasillo, en su cuarto, se amontona la poesía en pilas de libros fatigados de ediciones baratas y viejas, cubiertas de polvo y de pelusas. No relee ni releerá ninguno de los poemas de Enero, lo cierra y lo deja caer sobre su bolso. Busca el papel higiénico y observa con alarma el cilindro de cartón desnudo. Dirige la mirada, pues, al poemario.