miércoles, 2 de septiembre de 2015

ANTES DE UN SUEÑO INQUIETO

Sólo es para quedarme dormido: echo mano del primero que pille. Además, de qué vale romperse la cabeza si están los estantes manga por hombro: andan todo el día sacándolos y metiéndolos... y los dejan en cualquier parte, encima; la culpa la tengo yo. "A-ni-ma-ción-a-la-lec-tu-ra", animación a la lectura y una mierda. ¡Respeto a la propiedad es lo que hace falta en esta casa! ¿Dónde me lo habrán metido? Hemos dicho que el primero que pille. La última vez estaba aquí... años hace. Ya es que ni los libros puede uno... Ahora, en vez del que tiene que ser está... No creas que el teléfono va a derte los números que buscas. No, nada que ver, ni tampoco el vecino de al lado. Acaso tienen valor los sueños.  Hombre, desde cuándo hará que busco éste... ya es igual. No es mío, pero tampoco sé de quién. A dafne ya los brazos le crecían. Sólo es para quedarme dormido, pero no. Últimamente ando como aquí: como si, bajo la superficie, se despertara algo enorme. No. Sí. Éste es. Cuando una mañana se despertó, Gregorio Samsa...

sábado, 20 de junio de 2015

RENACIMIENTO


La pregunta es: ¿por qué escribía? El autor que nos ocupa tuvo una vejez difícil lo que le impelió, aún a tan avanzada edad, a dedicarse a la poesía. Padre de un rígido vegetariano, se veía obligado a masticar a diario tres dientes de ajo y observar una estricta dieta, de la que hago gracia al lector. Corrían los penúltimos años de la dictadura de Miguel Primo de Rivera y estamos hablando de Madrid.
Antes de enfrentarse al tercer diente de ajo y a la deprimente cena, solía dar a diario un paseo unamuniano. Ese atardecer salió de casa con un bastón de cerezo, un ejemplar del Polifemo y un plan. Entró en un café diferente al que solía, pidió uno con leche y se sumergió en la enésima relectura de lujosas octavas reales. En un momento dado se puso en pie y comenzó a declamarlas con voz cada vez más elevada, hasta llegar al paroxismo, al éxtasis.
Donde espumoso el mar sicilïano
El pie argenta de plata al Lilibeo,
Bóveda o de las fraguas de Vulcano
O tumba de los huesos de Tifeo
Como tenía previsto, el alarmado dueño del café acudió a silenciarlo, pero se vio amenazado con el sólido bastón de cerezo y salió a la calle en busca de la autoridad.
Si roca de cristal no es de Neptuno
Pavón de Venus es, cisne de Juno
 Una pareja de guindillas irrumpió enseguida en el local arrestando a  nuestro alborotador y llevándolo preso a Gobernación. No quiso desmentir, ni entonces ni durante el proceso, las acusaciones de arenga disolvente que se le imputaron en la denuncia. Preventiva. El hijo vegetariano intentó en vano introducir mejoras en el rancho carcelario. En la celda escribió Fauces, poemario brillante. Juicio. Nuestro autor se negó a colaborar con su abogado y se declaró anarquista. Sentencia: deportación a la isla de Fuerteventura, con el resto de la patulea republicana. En el barco platanero que lo llevaba compuso Oda carnal y, ya en la isla, empezó su Garganteida.
La proclamación de la Segunda República le impidió acabar con tranquilidad su obra magna, porque el recién formado gobierno de transición tuvo el empeño de decretar el final de su confinamiento. Antes de regresar a la Península y al ajo despachó su último sancocho.
Tras Fauces y Oda carnal, la Garganteida se publica en Madrid bajo la tutela de JRJ, entre el entusiasmo de los gongorillas. Todo el mundo pudo advertir cómo tras su octava XXV (última que escribió en Fuerteventura) cesa del fervor de la suculencia, que se pierde entre las brumas de la nostalgia. Aunque siguió escribiendo, lo que produce en Madrid durante los años siguientes resulta insípido (cosas como Oda a la agricultura de Bruselas o Berenjenario). No recuperará realmente el vigor de su estro hasta verse en su exilio mejicano, con Jitomate.
    

viernes, 12 de junio de 2015

LA HERENCIA DEL NIDO DEL CUCO

... con su aunque esporádica brillante y soterrada ironía. En sus agotadoras novelas, tan a menudo triviales, prescindibles y adocenadas (que pueden consistir tanto en embrollos policíacos, previsibles dinastías de poderosos o pueriles misterios pseudoesotéricos como en tramas inverosímiles ambientadas en la Venecia del siglo XVI o en el Nueva York del XIX) brilla de improviso una página cristalina,cegadora,perfecta que nos compensa del deprimente, arduo itinerario a que nos obliga la prosa beltransacharesca... 

Víctor Eugenio Loláilez, Catálogo comentado de autores españoles infumables (1915-1931) III,p.489, Cefalea Editores, 1996.


Cuando en 1925 regresó de París, donde durante varios años había ejercido de ecléctico pintor muerto de hambre, y hecha evidente (aún para él) su nulidad como artista, Beltrán Sachar tomó la sublime decisión de consagrarse a la literatura, actividad en la cual cosechó al año escaso el primero de sus arrolladores éxitos con La portera del artista. Unas semanas antes de decidirse por el ejercicio de las Letras había heredado un caserón estragado a la muerte de su padre (de ahí su regreso de Francia), con el que había sostenido una irreparable trifulca la víspera de liar los bártulos y marcharse de casa. El padre era un hombre raro que se dedicaba a escribir relatos que nadie leía.
En esa casa se puso a producir sin interrupción sus bodrios. Después de la publicación de La portera del artista (que obtuvo una acogida multitudinaria e inverosímil en Argentina y Méjico, para ser traducida de inmediato al francés, el inglés y el checo) su vida se hizo desahogada, pero siguió siendo austera y eremítica: se ponía al trabajo a las seis de la mañana, comía a las tres y proseguía hasta las siete de la tarde. En su éxito incurrió un hallazgo importante.
Al llegar a la casa se encontró con humedades por todas partes y habitaciones saqueadas. Bajó a dormir a una pensión y regresó a la mañana siguiente. Recorrió los cuartos, donde apenas encontró muebles, hasta que dio con el secreter donde escribía su padre, cerrado con llave. Lo descerrajó con indisimulado placer. Allí dentro había una porción de cuadernos apilados en los que reconoció la seca, severa y puntiaguda letra de su progenitor. 
Todos los cuadernos llevaba el título de "Mierda" y cada uno ostentaba un subtítulo. Abrió el primero, que se subtitulaba La portera del artista y lo hojeó. Allí encontró, en tinta azul y en esencia, la carcasa de la novela que iba a escribir; ocupando tanto los márgenes como a menudo los espacios entre los renglones, en tinta roja, había comentarios irónicos, sarcásticos, surrealistas o sencillamente absurdos (pero siempre brillantes) a lo escrito en azul. Los subtítulos de los otros cuadernos (La esclava de Marco Antonio, Un apartamento sin vistas, El secreto de Anubis, etcétera) coincidirían pasado el tiempo con los títulos que Sachar puso a sus engendros. Esa misma tarde dio comienzo a La portera..., combinando con habilidad lo escrito en azul con lo escrito en rojo. Y así continuó durante las décadas siguientes: tomando en cada ocasión un nuevo cuaderno de la pila y poniéndose al trabajo. Sólo al abrir el último cuaderno y leer la última página encontró esto:

Mierda: novelas que no pienso escribir ni jarto vino legadas a tí, hijo mío, que les sabrás sacar provecho. Cucu.

jueves, 4 de junio de 2015

UN PROCESO INFINITO


Aunque considero del todo refutada tan pueril ocurrencia y no tengo nada que añadir, son para mí liberadores los renglones que siguen. Admito que se trata de una idea sugerente y, aunque a todas luces absurda, también ingeniosa e incluso inquietante hasta cierto punto: la totalidad de la literatura constituye una única obra de la que apenas se conservan fragmentos tales como la Odisea, la Divina Comedia o Manhattan Transfer; junto a todos los demás, Plauto, Cervantes, Melville y Raymond Chandler son coautores. Habría que admitir, entonces, que se trata de una obra necesariamente inacabada y, por definición, póstuma que se treminaría... ¿cuándo?
He de confesar que semejante abismo me produce un rechazo acaso visceral y también un poco de vértigo. ¿Los volúmenes que forran mi biblioteca son dispersos fragmentos? ¿El escrutinio del cura y el barbero consistió en recortar lo que sobraba pero no sobraba pero sí sobraba? ¿Bovary estaba en el fondo enamorada de Flaubert? ¿El cuervo de Poe revoloteaba entre páginas afines?
Me han confinado en este ágrafo jardín, la casa donde me cuidan carece de biblioteca, los obsequiosos médicos me evitan con rigidez toda clase de incursiones bibliográficas y, como todas mis creaciones, estoy elaborando esta nota de memoria, sin apuntarla, porque incluso me han privado de útiles de escritura. Escritura, esa es la clave: si no llego a escribirlo, esto que memorizo no formará parte de la Obra Infinita y habré escapado al círculo: seré el primer escritor cuya obra no forme parte de la Obra pero, entonces, ¿cómo es posible que me estés leyendo?     

domingo, 24 de mayo de 2015

UN GORRO PARA LA ETERNIDAD


Hervía el furor humanista del Quattrocento florentino cuando Girolamo de Prato, tras aprobar el examen de maestro gorrero, pasó a formar parte del gremio de gorreros de Florencia. De inmediato abrió tienda, y en ella se dedicó a la venta de gorros eclesiásticos (capelos, solideos y así). Pasados un par de años no podía decirse que el negocio fuera del todo mal, pero tampoco bien: aquella era más bien una ciudad de banqueros, poco clerical. Una circunstancia vino a cambiar las cosas: adquirió una porción de gorros cilíndricos que le vendió un mercachifle genovés, el cual le aseguró que venían de Grecia. A la entrada de la tienda puso Girolamo: "se venden gorros griegos". La gente entraba y miraba, pero no compraba hasta que un jovenzuelo con cara de sonámbulo empezó a rebuscar entre ellos; finalmente dio un gritito de entusiasmo  entre saltos y zapatetas: "eurekós", exclamó: había encontrado un texto manuscrito por dentro de la badana de uno de los gorros. ¡"me los llevo todos!", afrimó. Desde ese día se paseaba por toda Florencia con él puesto y, al tratarse de un joven de familia, la moda se extendió como una mancha de tinta. Girolamo hizo un nuevo pedido al mercachifle, partida que también se vendió como buñuelos, pero los otros gorreros lo imitaron, la ciudad se llenó de gorros griegos y el negocio aflojó.
Sin embargo, Girolamo era un emprendedor nato: se dio cuenta de dónde estaba el nicho de clientela y de otra cosa: si fabricaba él los gorros se ahorraría un montón de dinero y podría controlar el mercado. Además, el furor de los gorros griegos había cesado y se imponía una novedad. Puso otro cartel, esta vez más específico: "se hacen a medida gorros florentinos para gramáticos, filósofos y bibliotecarios" y sí, la afluencia fue desbordante. Los pedidos le llovían de toda la Península, tuvo que ampliar el taller y muy pronto fundó una cadena: Academia. Su primera creación fue el que luego se dio en llamar Modelo Dante, del cual ofrecía dos variedades: con corona de laurel o sin ella, a elegir (el de corona se vendía mejor: salía un poco más caro, pero daba mayor crédito a los dictámenes del usuario). Muchos años después ya había creado un auténtico emporio gorrero con agentes en toda Europa. Tanto él como sus sucesores se especializaron en servir a países del Norte tales como Alemania, Suiza e incluso Inglaterra, en los cuales tuvieron una verdadera muchedumbre de clientes ilustres (a modo de ejemplo, baste citar a Lutero, Calvino o Tomás Moro) Todos ellos adquirieron y lucieron durante toda su vida la creación magistral de Girolamo: un gorro con orejeras, abrigado, sólido y capaz de desafiar aquellos climas húmedos y friolentos: el luego conocido como Modelo Erasmo.
   

domingo, 10 de mayo de 2015

OTRAS VIDAS



Ha vuelto a casa después de veinte años el que se fue como un joven heredero y ahora descabalga convertido en tahúr perseguido. La noticia de la ruina y el oprobio familiar le alcanzó en El Cairo y a partir de entonces sólo le quedó el juego: se ganó la vida con los dados y los naipes. Esta tarde está de vuelta en casa, que por milagro se salvó de los embargos. Cuando se acostumbra al  amargor doméstico del café se decide a entrar en la biblioteca, donde permanecen también los libros que devoró y es la única cosa que ha echado de menos en todos estos años y que antes de marcharse era lo único que conocía. Amontona tomos sobre una de las mesas y se sume en la relectura. Pero enseguida abandona.
Furioso más que decepcionado se pregunta cómo ha podido perder tanto tiempo leyéndolos y piensa que tanta lectura tiene la culpa de todo. Quienes escribieron esto no tenían ni idea de lo que es la vida de verdad, la que él ha conocido hasta las heces: la muerte inútil y el agotamiento y el miedo y el hambre y la atrocidad gratuita y la vileza y el desamor; el amor a veces y su abismo indecible. No ha encontrado una sola página que  se salve y decide vender aquellas toneladas de papel y tinta estériles; algo más sacará así que quemándolas.
Sin embargo, las cosas no son tan sencillas.
Mientras apila las enciclopedias, los mamotretos, las novelas y los libros de poemas algunos caen y, al recogerlos, los halla abiertos por páginas a veces pésimas donde encuentra, sin embrago, frases subrayadas o dobleces u hojas secas y pétalos y helechos y párrafos, adjetivos, versos enteros. Sin percatarse de ello se ha sentado en el suelo rodeado de volúmenes, con la fiebre de cuando los leyó sin haberlos leído antes, y vuelve a sumergirse, esta vez para siempre, en esa selva oscura sin retorno posible, donde habita todo eso en lo que creyó y nunca ha dejado de ser su verdadera vida.

sábado, 2 de mayo de 2015

HIERBAS ENTRE LA CHATARRA


El magnetismo de las ruinas es un socorridísimo tópico del que todos nos servimos a menudo. No lejos de casa hay una carcasa de coche que se oxida entre la hierba,  abandonada y tomada de orín en medio de un campo. Si tuviera conocimientos sobre la materia podría describirla mejor, al menos en cuanto a la marca y esas cosas, pero tendrá usted que conformarse con saber que se trata de un modelo antiguo; tal vez ya era antiguo cuando lo dejaron allí por la razón que sea. Acudo al paraje en busca de inspiración, porque yo soy de los que busca inspiración y, previsiblemente, no encuentro sino morralla: lugares comunes que a cualquiera se le ocurren y cualquiera puede convertir en materia literaria, fácilmente olvidable pero entretenida: vivo de eso. Sin embargo, una tarde de marzo del año pasado me acerqué por primera vez al despojo (antes me limitaba a contemplarlo a distancia, como parte del paisaje) y asomé la cabeza a su interior. Entre la invasión de plantas trepadoras vi un colchón extendido, botellas vacías y colillas desparramadas por todas partes. Ni en ese momento ni mucho después (hasta esta mañana) intui una historia en todo aquello, porque di en la guantera de aquel amasijo con algo que me ha mantenido ocupado desde entonces. Hoy es el día en que pongo punto final a una novela que mi editor me lleva reclamando desde hace meses: se trata de un manuscrito encontrado, literalmente encontrado por mi en aquella guantera, protegido por una carpeta de cartón que había resistido la intemperie de tal vez veinte o veinticinco años. Tuve que adaptar el manuscrito, deformarlo, dulcificarlo, corregir la ortografía, modernizar la sintaxis y demás mandangas. Funcionará en el mercado, desde luego.
Esta mañana, repito, me he dado cuenta: en el interior de aquella ruina había una historia irresistiblemente buena y he recordado una frase que construi hace tiempo (cuando creía saber escribir) y aun publiqué, aunque nunca con la sospecha de que pudiese aplicármela a mí mismo: "un escritor mediocre no puede llegar a ser bueno, uno malo sí". Hasta hoy me he resignado a ser mediocre, ahora mi única esperanza es ser malo. 
  

viernes, 24 de abril de 2015

SCRIPTA MANENT

Mi antepasado, cuyo nombre acabo de mencionar, terminó siendo ahorcado en Armagh, en 1793, por falsificar moneda y robar, por lo tanto, a Su Majestad. Le pudo la codicia, pues tanto él como su padre y su abuelo se habían dedicado al oficio sin contratiempo alguno. Su error consistió en querer producir demasiado, lo cual redundó negativamente en la calidad de lo acuñado, lo que ocasionó su desgraciado final. Tras la ejecución sus hermanos decidieron, en reunión familiar, darle un giro al negocio: a partir de ese momento sólo se producirían cosas sin relación con el fisco y cuya falsedad, además, no fuese demostrable ante un tribunal: reliquias, antigüedades, obras de arte... y manuscritos. Esto supuso un cambio revolucionario en nuestra industria, con la diversificación y especialización consiguientes: seguramente hasta el día de hoy, la empresa ha tenido que dar empleo  a la práctica totalidad de nuestra extensa familia, adaptándonos como es natural a los tiempos. Tal vez se pregunte usted cómo es posible que nuestro irregular modo de vida haya podido mantenernos a lo largo de todas estas generaciones. Le pondré un ejemplo. 
Como debería usted saber, el Ciclo de Ulster reúne una apreciable cantidad de textos en gaélico irlandés transcritos a caracteres latinos entre el siglo VII y el VIII. Pues bien: un primo de mi bisabuelo era profesor de Historia o algo así en el Trinity de Dublín y, a la vuelta de uno de sus frecuentes vagabundeos rurales, dijo haber hallado en una aldea cerca de Armagh (precisamente) un manuscrito que encajaba a la perfección en un hueco del Ciclo. Hizo público de inmediato su hallazgo con el consiguiente revuelo de la crítica y las peloteras habituales en las asociaciones progaélicas. Poco después, una casa solvente le encargó un estudio del manuscrito junto con la edición crítica del texto íntegro. Gran éxito de crítica y también (eran otros tiempos) de público. A continuación llevó a cabo el toque maestro: donó el Manuscrito Armagh (así lo bautizó) a la biblioteca del Trinity.
Naturalmente, el texto lo había escrito él y nosotros lo habíamos convertido en un pergamino medieval. Muy pronto, el Trinity comenzó a recibir una avalancha de investigadores que avalaron unánimemente su autenticidad o ni siquiera la pusieron en duda; poco más tarde llegaron las ofertas de otras bibliotecas interesadas en su adquisición, ofertas que el director del Colegio rechazó ofendido y orgulloso. Finalmente, nosotros nos pusimos en contacto con un industrial filántropo y bibliófilo de Chicago, un tal Phebus O'Jmauj (el Rey del Cerdo Asado) para quien robamos el manuscrito a cambio de una cifra astronómica. 
Si usted está leyendo esto significa que yo habré muerto hace al menos cincuenta años. Me cree, ¿verdad?

domingo, 5 de abril de 2015

UN TRABAJO COMO OTRO CUALQUIERA


Salí del local cuando amanecía. El camarero bajó la chapa detrás de mí y con seguridad volvió a la partida que continuaba abajo, de la que yo había tenido que levantarme por ausencia de liquidez.
La noche anterior me había tocado a mí presentar, en ese mismo tugurio, la última de Elm Ratliff: Un hogar para los cocodrilos. No podía explicarme por qué un superventas como él había aceptado mi invitación para las Noches Negras, nuestras jornadas de novela policiaca sin apenas repercusión mediática.Al recibirlo en la estación de tren (no viaja en avión, punto) me encontré con un gigante inexpresivo que no pronunció una sola palabra hasta que lo dejé en el vestíbulo de su pensión (no quería hotel, punto). En su inglés de Misisipi me preguntó lugar y hora de presentación y me aseguró que estaría allí.
Durante las jornadas asistió a todos los actos escrupulosamente, y era como otra persona: el gigante cordial, de sonrisa ancha y mirada estúpida, idéntico a la fotografía de la solapa de todas sus novelas. Mientras no hablaba o se dirigían a él, sin embargo, no tenía expresión alguna y mostraba el aire vagamente mesiánico de un presbiuteriano abstemio.
La noche de la presentación acusaba yo los efectos de cinco días de insomnio y resacones. El americano apareció con puntualidad cronométrica y soportó estoico mis bromas acerca de su novela: la denominé "criminal drag" sustituyendo el término "criminal brick", con el que  los críticos norteameriicanos habían bautizado el subgénero que inauguraban las mil setecientas ochenta y siete páginas de Un hogar para los cocodrilos, y propuse una traducción al castellano: "tocho criminal". Ratliff mostró una expresión de turista que no entiende la carcajada general de los plumíferos nocherniegos. Luego comenzó la firma de autógrafos: una azafata sobria y contenida entregaba previo pago los ejemplares a los clientes, que hacían una cola tambaleante ante la mesa en la que Ratliff rubricaba con buen pulso; luego, cada cual desaparecía con su ejemplar escaleras arriba. Cuando todos se hubieron marchado, en mi última lucidez me ofrecí a llamar un taxi y llevarlo al hotel. Me miró con sorpresa mientras sacaba una baraja del bolsillo. Su cara había cambiado a la de un poste. Me habló en un perfecto castellano de Sonora.
- ¿No quiere sentarse?
Sin esperar mi respuesta colocó la baraja en el centro de la mesa. El camarero trajo una garrafa -una ga-rra-fa- de lo que comprobé era bourbon y se sentó con nosotros. Ratliff se dirigió entonces a él.
- Corta, Aparicio.
Aparicio cortó y a lo largo del resto de la noche me desplumaron entre humo azul. En el momento de levantarme le pregunté a Ratliff por qué alguien como él había aceptado una invitación a las Noches Negras. Me respondió sin mirarme.
- Para jugar aquí.
Aparicio sonrió. Me sorprendí, claro.
- Hasta esta noche no podía imaginarme que usted jugara.
- Pues ya ve.
- Y menos todavía que bebiese.
- No lo hago durante el trabajo.  

lunes, 16 de febrero de 2015

EX LIBRIS


Soy la novela que estás leyendo y no empiezo con esta frase. A menudo sueño que alguien se empeña en escribirme; la noche de ayer era un monje aterido aunque también recuerdo buhardillas, tocadores, cajones de cedro, plumines, máquinas de escribir, pantallas y cuadernos; siempre hay dedos tenaces y miradas vacías sobre mí. Pero también tengo otro sueño, éste recurrente: me están imprimiendo. A mi alrededor, los celéricos operarios manipulan tipos, componen líneas y corrigen pruebas mientras el pretendido autor discute desmelenado, a grandes voces, con un hombre panzudo y sonriente que hace oídos de mercader al pobre infeliz. Al final, el plumífero se marcha por donde ha venido, furibundo, y el hombre del barrigón empieza a pasearse por el taller, vigilando a sus obreros con ojo no diré de halcón sino de buitre. Luego sube a su oficina, situada en una especie de desván cochambroso, atestado de papeles e iluminado por una solitaria lámpara de petróleo que gravita sobre la mesa diminuta. El hombre se cala sus gafas y se inclina sobre un cuaderno de contabilidad en el que va asentando sus debes y, sobre todo, sus haberes. Piensa que su negocio es própero; su negocio no consiste en imprimir libros, lidiar con escribidores y traficar con libreros: esta es una ocupación marginal, desagradable y a la postre ruinosa para él. Su verdadera ocupación consiste en encontrar majaderos, alucinados y almas perdidas cuyos nombres sean adecuados para figurar en nuestras portadas.        

sábado, 31 de enero de 2015

EN LA SOLEDAD DEL TRONO


El poeta ha elegido la manera más retorcida e inepta de llevársela al catre: ofrecerle un ejemplar dedicado de Enero, su poemario recién impreso y perfumado todavía de tinta. Los ejemplares vienen numerados y éste es el número 1. Papel artesanal, tinta, caracteres, proporciones. La leche.
El poeta ha esperado el momento para hacerle el regalo, y la chica a la que pretende en vano llevarse al catre mira el volumen a la luz de la última farola antes de su portal.
- Vale.
Y se lo guarda descuidadamente en el bolso.
Ahora viene -piensa vanidoso el poeta- el brillo de los ojos que ese gesto evasivo no podrá desmentir; viene el colocarse azorada un rizo detrás de la oreja, el no saber qué hacer con las manos, el no acertar ella a decir nada. La chica busca apresuradamente las llaves, abre el portal y desaparece escaleras arriba casi a la carrera. El poeta se pregunta, sorprendido pero no desanimado, de qué puede esto ser señal.
Mientras vuela sobre los peldaños, la muchacha piensa en una sola cosa. La noche ha sido fría y ventosa, los bares desangelados, mal elegidos y atravesados por traicioneras corrientes de aire. Hubo un momento en que sí, pero al final no. Ahora sólo le importa abrir la puerta del apartamento, enfilar el pasillo desconchado y sin luz (la bombilla se murió hace un par de meses), entrar en el baño y levantar la tapa. Escopetazo y alivio.
Ahora sí, ahora puede pensar en otras cosas. Tiende su mano al bolso, lo abre, toma el poemario y empieza a leer al azar, pasando las elegantes, sobrias, serenas hojas del artesano papel. Al otro lado del pasillo, en su cuarto, se amontona la poesía en pilas de libros fatigados de ediciones baratas y viejas, cubiertas de polvo y de pelusas. No relee ni releerá ninguno de los poemas de Enero, lo cierra y lo deja caer sobre su bolso. Busca el papel higiénico y observa con alarma el cilindro de cartón desnudo. Dirige la mirada, pues, al poemario.