miércoles, 17 de septiembre de 2014

LA HUIDA DEL TIEMPO


¿Hace cuántos años que no pasas por esta página que se ha quedado amarillenta? Muchos años después, empiezas. Entonces no leías nunca sentado como lees ahora, al lado de la ventana, sino metido en la cama, y leías en vez de dormir porque ya dormías en clase frente al pelotón de fusilamineto. La primera vez que lo leíste pensaste que lo habrían fusilado al amanecer con el sol dándole en la cara, pero enseguida te pareció que no, que el fusilamiento debió de ser por la tarde y así pudiste ver en tu cabeza al coronel Aureliano Buendía recordando aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Como eran las dos de la madrugada y la nevera estaba haciendo ruido no pudiste formarte una imagen de esa tarde remota pero eso no te preocupó entonces, no te pareció importante; ahora sí quieres imaginarte la tarde remota con su feria polvorienta, su calor y su humedad. Melquíades había envejecido y con Melquíades el mundo, aunque sólo durante los inviernos, ya que luego las cosas volvían a estar como estaban. La imagen de Remedios en aquella calurosa sala de visitas. Ahora no hace demasiado calor, llueve y la lluvia azota la ventana y las nubes gris acero pasan rodando por los cielos en dirección a los tesos mientras octubre se acerca en silencio. Llovió cuatro años, once meses y dos días,un tiempo que cuando pasó dejó de parecer amenazador y luego se recordaba como se recuerdan las caras de los amigos y las tijeras de coser de la abuela y el óxido de los radios de la bicicleta caída entre las hierbas y las estirpes condenadas a cien años de soledad porque el tiempo ha pasado a ser para ti una cosa más, una cosa que has dejado atrás: todo este leer y haber leído, este recordar y este inventar ha sido la trampa que le tendiste al tiempo y en la que el tiempo cayo mientras te veía escapar de sus garras por siempre y para siempre porque mientras lees eres inmortal.

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