domingo, 11 de mayo de 2014

EL PASADO DEL ENTOMÓLOGO


Hace poco he conocido los hechos que tal vez explican el tono de angustia con que termina la caudalosa (précticamente interminable) novela de Eustace Corrientes (1832- 1916), que hasta ese momento había sido por antonomasia el narrador de la felicidad y la comodidad burguesa.
Eustace era un escritor productivo: escribía con asombrosa rapidez y sus títulos (Los Alesanfán, El jardín de la señorita Phepish) se vendían bien. Lo mismo ocurrió con esta novela de la que hoy quiera hablar, que fue la última y la mejor sin duda, luego se dedicó a la entomología tropical. Vivía al aire libre, en una playa de Tahití; en cierta ocasión, un pintor quiso hacerle un retrato pero Eustace lo despidió a pedradas.
La obra de que hablo empieza con el tono insulso y previsible de todas las de Corrientes, pero hacia la mitad (página 538 de su única edición) da un giro que la sumerge en un abismo vertiginoso, en el que a veces la locura y el sarcasmo del narrador superan en interés la acción inverosímil del relato. Se trata de La jaula del plumífero. El lector no debe sentirse incómodo ni acudir inútilmente a diccionarios de autores: Eustace Corrientes llegó a convertirse en una autoridad mundial en himenópteros de Tahití, pero apenas dejó huella en la literatura.
Para responder ante sus múltiples contratos editoriales, Eustace seguía el que podemos llamar "método Balzac": a las siete de la mañana se hacía atar por los pies a su mesa de trabajo y escribía allí durante quince horas seguidas. Tenía a mano papel, tinta, comida, tabaco y vino; por la noche, la señora de la limpieza (que era quien lo ataba por la mañana) regresaba para desatarlo.
Todo fue bien hasta que la mencionada señora supo, a eso de las doce de la mañana del día en que ocurrió todo, que le había tocado la lotería y que el plazo para cobrar su abultado premio expiraba en esa misma fecha, una hora después. Tras poner su propia casa patas arriba hasta dar finalmente con el billete, corrió al despacho del lotero y luego al banco para recibir e ingresar el premio. Acto seguido, sin acordarse para nada de Eustace (tal vez en venganza, pues le debía tres meses de sueldo) alquiló un coche de punto y se marchó a Briec, su pueblo, para pasarle por las narices a toda su parentela su nueva condición.
Para Corrientes ese día transcurrió como todos los demás: escribía frenéticamente folio tras folio, tomando el papel de la pila que tenía junto a la mesa y cargando una y otra vez el tintero con el botellón dispuesto a su izquierda. Por la noche no llegó la señora, lo cual le extrañó pero, de momento, no le alarmó.
Olvidábaseme decir que Eustace Corrientes vivía en el campo, alejado del pueblo más próximo, en una casita del bosque Des Malheureux. Sólo cinco días más tarde, cuando un vecino acertó a pasar por allí y escuchó su desvanecida voz que pedía auxilio, Corrientes pudo ser rescatado con vida. Había puesto fin a su novela y a su carrera.
Ni Joyce, ni Kafka, ni Faulkner tuvieron nunca el valor moral de confesar su deuda evidente con esta novela.    

Por cierto, repito:
 El ancho cielo en
 agilicedigital.com/home/19-el-ancho-cielo.html 

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