domingo, 25 de mayo de 2014

MALA VECINDAD


Después de entregarme un papel con el nombre y dirección del poeta, mi jefe me hizo una advertencia.
- Por lo que me han dicho es un poeta de primera y tal, pero también un marrajo de mucho cuidado. Hala, al tajo.
Bajé a la calle, cogí dos metros y salí a la superficie en medio de un barrio feo, destartalado, sin circulación a aquella hora tempranera. Saqué el papelito con la dirección y la busqué. Tuve que preguntar tres veces (a un jubilado, a una señora y en una farmacia)  y por fin di con el portal. El portero automático no funcionaba pero, afortunadamente, la cerradura de la puerta de la calle tampoco. Por precaución elemental no cogí el ascensor y subí por la mugre y la humedad de las escaleras hasta el piso indicado. Llamé a la puerta en cuestión. A la cuarta vez se entreabrió y un rostro desconfiado me interrogó desde detrás de la cadena echada.
- ¿Es usted del Ayuntamiento?
- No, señor.
- ¿Y qué quiere? Yo ni compro ni vendo.
- Yo tampoco vendo. Quería hacerle una entrevista.
Al poeta no se le entrevistaba desde que ganó el Nacional hacía veintitrés años. Nada se había vuelto a saber de él hasta que una compañera de redacción dio con su rastro. Ella era más de oficina y por eso me mandaron a mí, que era -y sigo siendo- el último mono.
- ¿A santo de qué?
- De lo que usted quiera decirme.
Dudó antes de descorrer la cadena, pero finalmente lo hizo murmurándose: "menos da una piedra".
El piso minúsculo no tenía muebles salvo una cama y una silla. 
Me senté en el suelo. Empezó a hablar sin que apenas me diese tiempo a poner en marcha la grabadora y abriese la libreta de notas.
- Lo primero que tengo que decirle es que aquí no ha venido nadie a interesarse por mis escritos. Y ya hace de eso veintitrés años.
Le dije que yo estaba allí para reparar de alguna manera esa injusticia. Me sonrió abiertamente.
- Menos da una piedra. ¿Quiere usted beber, joven?
Acepté, se puso en pie, salió al balcón, dio unas voces y volvió a la silla.
 - Ahora nos traen las cervezas. Yo aquí no tengo nada, como puede usted ver.
- Ni siquiera libros...
- Fue lo primero que vendí. Pero vamos a lo nuestro, usted escriba: este barrio es un deshecho, una deposición, un detrito, un excremento, una cagada, una mierda, como usted habrá tenido ocasión de comprobar.
Las cervezas (dos cajas) subieron enseguida y fuimos vaciándolas a lo largo de las horas. Apenas tuve ocasión de hacerle pregunta alguna: hablaba y hablaba torrencialmente volviendo siempre sobre lo mismo: ese barrio. Yo había leído y releído sus tres únicas obras (Alabastros, Las bóvedas y Escalinata) y contemplaba con estupor al hombre que me estaba describiendo las esquinas meadas, los solares y descampados, los perros muertos, los vómitos, las farolas ciegas, las madrugadas de putas, navajazos y borracheras, los gatos que despanzurraban las bolsas de basura.
- ¡He mandado miles de escritos y denuncias, y el ayuntamiento ni puto caso!
Estábamos acabando ya la segunda caja y serían las cuatro de la tarde. La batería de la grabadora se me había acabado hacía horas y, con una docena larga de cervezas trasegadas, procuraba yo seguir con el cuaderno lo que estaba diciendo.
El sol invadía la habitación cuando detuvo su discurso circular. Me miró como disculpándose.
- Y ya no se me ocurre más que decirle, joven.
Me levanté del duro suelo, tambaleándome, y fui a despedirme.
- Ha sido un honor escucharle a usted.
Pareció sorprendido, pero reaccionó enseguida.
- ¿Un honor? Bueno, es igual, yo lo que quiero es que vengan del ayuntamiento y se hagan cargo de una vez. Aquí no se puede vivir. Si sacarlo en el periódico sirve para algo...
- Le aseguro que saldrá. En el mío y en todos los periódicos del país.
Volvió a sorprenderse. Subrayé orgulloso que una entrevista con un Nacional de las Letras iba a ser todo un acontecimiento cultural. Recuerdo que empleé todas y cada una de esas palabras tan imbéciles. Al principio noté la indignación en su rostro. Su ira. Su odio. Luego explotó en una carcajada. Aguardé los minutos necesarios, en los que una y otra vez trató sin éxito de articular palabra, volviendo siempre a su hilaridad incontenible. Finalmente, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano y todavía riendo, comentó con divertida resignación.
- ¡Ay, si no fuera por estos ratos..! No hombre, no, ése no soy yo, es el marrajo de enfrente.


En otro orden de cosas:

El ancho cielo  

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domingo, 11 de mayo de 2014

EL PASADO DEL ENTOMÓLOGO


Hace poco he conocido los hechos que tal vez explican el tono de angustia con que termina la caudalosa (précticamente interminable) novela de Eustace Corrientes (1832- 1916), que hasta ese momento había sido por antonomasia el narrador de la felicidad y la comodidad burguesa.
Eustace era un escritor productivo: escribía con asombrosa rapidez y sus títulos (Los Alesanfán, El jardín de la señorita Phepish) se vendían bien. Lo mismo ocurrió con esta novela de la que hoy quiera hablar, que fue la última y la mejor sin duda, luego se dedicó a la entomología tropical. Vivía al aire libre, en una playa de Tahití; en cierta ocasión, un pintor quiso hacerle un retrato pero Eustace lo despidió a pedradas.
La obra de que hablo empieza con el tono insulso y previsible de todas las de Corrientes, pero hacia la mitad (página 538 de su única edición) da un giro que la sumerge en un abismo vertiginoso, en el que a veces la locura y el sarcasmo del narrador superan en interés la acción inverosímil del relato. Se trata de La jaula del plumífero. El lector no debe sentirse incómodo ni acudir inútilmente a diccionarios de autores: Eustace Corrientes llegó a convertirse en una autoridad mundial en himenópteros de Tahití, pero apenas dejó huella en la literatura.
Para responder ante sus múltiples contratos editoriales, Eustace seguía el que podemos llamar "método Balzac": a las siete de la mañana se hacía atar por los pies a su mesa de trabajo y escribía allí durante quince horas seguidas. Tenía a mano papel, tinta, comida, tabaco y vino; por la noche, la señora de la limpieza (que era quien lo ataba por la mañana) regresaba para desatarlo.
Todo fue bien hasta que la mencionada señora supo, a eso de las doce de la mañana del día en que ocurrió todo, que le había tocado la lotería y que el plazo para cobrar su abultado premio expiraba en esa misma fecha, una hora después. Tras poner su propia casa patas arriba hasta dar finalmente con el billete, corrió al despacho del lotero y luego al banco para recibir e ingresar el premio. Acto seguido, sin acordarse para nada de Eustace (tal vez en venganza, pues le debía tres meses de sueldo) alquiló un coche de punto y se marchó a Briec, su pueblo, para pasarle por las narices a toda su parentela su nueva condición.
Para Corrientes ese día transcurrió como todos los demás: escribía frenéticamente folio tras folio, tomando el papel de la pila que tenía junto a la mesa y cargando una y otra vez el tintero con el botellón dispuesto a su izquierda. Por la noche no llegó la señora, lo cual le extrañó pero, de momento, no le alarmó.
Olvidábaseme decir que Eustace Corrientes vivía en el campo, alejado del pueblo más próximo, en una casita del bosque Des Malheureux. Sólo cinco días más tarde, cuando un vecino acertó a pasar por allí y escuchó su desvanecida voz que pedía auxilio, Corrientes pudo ser rescatado con vida. Había puesto fin a su novela y a su carrera.
Ni Joyce, ni Kafka, ni Faulkner tuvieron nunca el valor moral de confesar su deuda evidente con esta novela.    

Por cierto, repito:
 El ancho cielo en
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