sábado, 1 de marzo de 2014

NI SOTA, NI CABALLO, NI REY


Amadeo Mencía huyó de la ciudad, donde sólo encontraba lo vulgar y previsible: llovizna persistente, cielo gris, calles iluminadas por luces artificiales, pasos apresurados, camareros anónimos. Se refugió en una aldehuela remota, perdida en plena Naturaleza, donde alquiló una rústica casa sonriente y soleada, en la cual sus poemas brotarían como flores frescas en una primavera creativa. A poco de llegar, esa misma tarde, salió de la casa y, recorriendo pausadamente un caminillo que serpenteaba entre amenos prados, desembocó en un riachuelo de claras aguas, a la sombra de cuyos verdes álamos se sentó, extrajo su libreta, la abrió por una nueva, inmaculada página y, con el lápiz pronto, ensayó a escribir un primer verso.
Pero no se le ocurría nada. Miraba a su alrededor, escuchaba, olía el aire y sólo conseguía captar mirlos que correteaban por los senderos, hojas que filtraban la tierna luz de la tarde, el rumor del agua bordeando las piedras redondas como curvas femeninas. Se levantó algo incómodo, aunque todavía convencido de que allí encontraría la inspiración que tanto ansiaba y el mundanal tráfago urbano le había impedido alcanzar hasta ese momento.
Una semana después estaba igual que el primer día en cuanto a resultados poéticos (es decir, prácticos), pero no en cuanto a estado de ánimo: ya no aguantaba más tanto jilguero y tanta brisa y tanta fresca sombra. Cogió el autobús de vuelta y tras un viaje monótono, donde se sucedían idénticos pueblos, idénticos paisajes, idénticos compañeros de asiento, se apeó en la mugrienta estación de autobuses y se dirigió caminando a su casa por entre las prisas de la gente que salía de sus trabajos, los coches, los escaparates chillones con pantallas de plasma que multiplicaban los partidos de fútbol, las fachadas grises y, una vez más, el cielo plomizo y la persistente llovizna oblicua. Por fin llegó a su casa, dejó en el pasillo su maleta, buscó refugio entre sus libros y unos minutos más tarde, tras buscar infructuosamente unas líneas que le resarcieran de tanta mediocridad, comprendió. Y se dijo que tenía que leer otras cosas.
    

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