domingo, 23 de marzo de 2014

VINE A COMALA


- Oye, tú que sabes de esto, ¿Juan Rulfo escribió Pedro Páramo o Pedro Páramo escribió Juan Rulfo?
Quien me había hecho esta pregunta había vuelto la cabeza hacia mí, abandonando la absorbente pantalla. Vi más sorpresa que broma en su expresión y acudí. En efecto, allí estaba: Pedro Páramo, Juan Rulfo, IV Premio Comala de Novela de Fantasmas, 2010, editorial Día del Derrumbe ,102 páginas, 220 pesos. Nunca recibí mis ejemplares de autor, pero siempre lo había atribuido a pérdida o a la propia naturaleza del galardón. Debo explicarme.
Yo fui, en efecto, el ganador del premio que acabo de mencionar. Me lo comunicó por teléfono una voz reposada.
- ¿Es usted Macario Arcángel?
- Sí, dígame.
Me hizo saber el fallo del jurado y me dijo que luego luego iba a recibir por vía postal las señas del lugar al que debía acudir para recibir el galardón y "no fuera a confundir esta Comala con la otra".
Cuando, un año antes, había leído la convocatoria y las bases del premio remodelé una cosa que ya tenía escrita y no había recibido premio alguno (la había enviado a no menos de sesenta concursos), localizando su acción en Comala en lugar de en Beltraneja (Badajoz). Mi pseudónimo y su título fueron los arriba especificados. Rompí la hucha, sableé por aquí y para allá y el botín me dio para los gastos del viaje: un billete hasta Méjico DF, una pensión y, desde allí, tres autobuses sucesivos que me fueron introduciendo en el país.
En cierto momento del último trayecto, el conductor detuvo el vehículo y me dijo que ahí era donde debía apearme.
- ¿Y Comala, señor?
- Baje esa cuesta. No tiene pérdida, señor.
Bajé y entré en el pueblo vacío. Las señas que me habían dado ya preveían, al parecer, esta posibilidad y, con la carta en la mano, di con la puerta a la que debía llamar. Me abrió un hombre del mismo color que todo lo que le rodeaba. La voz era la misma que me había hablado por teléfono, tres semanas antes. Tras una corta conversación me entregó el diploma y el sobre con el dinero. 
Yo esperaba fuerzas vivas, presentación, aplausos y parranda final, pero no hubo nada de eso. Conclui que la imagen que me había formado de Méjico era un tópico absurdo.
- Tiene un autobús de vuelta esta tarde, a las cuatro. Levante usted la mano y parará.
Con el sobre y el diploma me encaminé, la cuesta arriba, adonde me había apeado poco antes. El autocar llegó y me recogió. A la noche llegué a la pensión, muerto de hambre. Dejé la maleta, tomé el fajo de pesos y bajé a darme un homenaje a un buen restaurante.
No tardé en dar con un sitio donde sacié no ya mi apetito sino también mi apetencia, mi gula y mis delirios pantagruélicos. Luego vino la cuenta. No era caro, la verdad. Le entregué al camarero la cifra y una espléndida propina (nunca lo había hecho antes).
Al recogerla, el camarero se sonrió, me miró inexpresivamente y, antes de encaminarse a donde estaba el jefe de comedor, se dirigió a mí.
- No se mueva, señor.
Tras ser puesto al corriente por su subordinado, quien me señaló, el jefe se dirigió a mi mesa con gesto entre azteca y cortés. Finalmente, al llegar frente a mí me habló desde su estatura.
- Ustedes los españoles no cambiarán nunca, señor.
- No comprendo...
- Sí: generosos y embaucadores, eso son. ¿Creyó que no nos daríamos cuenta?
- Perdone, pero sigo...
Me cortó con una sonrisa ahora sabia, ladina y cruel.
- Señor: hace unos ochenta años que estos billetes dejaron de ser de curso legal.    

sábado, 1 de marzo de 2014

NI SOTA, NI CABALLO, NI REY


Amadeo Mencía huyó de la ciudad, donde sólo encontraba lo vulgar y previsible: llovizna persistente, cielo gris, calles iluminadas por luces artificiales, pasos apresurados, camareros anónimos. Se refugió en una aldehuela remota, perdida en plena Naturaleza, donde alquiló una rústica casa sonriente y soleada, en la cual sus poemas brotarían como flores frescas en una primavera creativa. A poco de llegar, esa misma tarde, salió de la casa y, recorriendo pausadamente un caminillo que serpenteaba entre amenos prados, desembocó en un riachuelo de claras aguas, a la sombra de cuyos verdes álamos se sentó, extrajo su libreta, la abrió por una nueva, inmaculada página y, con el lápiz pronto, ensayó a escribir un primer verso.
Pero no se le ocurría nada. Miraba a su alrededor, escuchaba, olía el aire y sólo conseguía captar mirlos que correteaban por los senderos, hojas que filtraban la tierna luz de la tarde, el rumor del agua bordeando las piedras redondas como curvas femeninas. Se levantó algo incómodo, aunque todavía convencido de que allí encontraría la inspiración que tanto ansiaba y el mundanal tráfago urbano le había impedido alcanzar hasta ese momento.
Una semana después estaba igual que el primer día en cuanto a resultados poéticos (es decir, prácticos), pero no en cuanto a estado de ánimo: ya no aguantaba más tanto jilguero y tanta brisa y tanta fresca sombra. Cogió el autobús de vuelta y tras un viaje monótono, donde se sucedían idénticos pueblos, idénticos paisajes, idénticos compañeros de asiento, se apeó en la mugrienta estación de autobuses y se dirigió caminando a su casa por entre las prisas de la gente que salía de sus trabajos, los coches, los escaparates chillones con pantallas de plasma que multiplicaban los partidos de fútbol, las fachadas grises y, una vez más, el cielo plomizo y la persistente llovizna oblicua. Por fin llegó a su casa, dejó en el pasillo su maleta, buscó refugio entre sus libros y unos minutos más tarde, tras buscar infructuosamente unas líneas que le resarcieran de tanta mediocridad, comprendió. Y se dijo que tenía que leer otras cosas.