viernes, 7 de febrero de 2014

VIAJEROS AL TREN


Soy escritor de libros de viajes, y decidí dedicarme a esta monótona actividad (abandonando mi apasionante trabajo de contable) para superar el pavor que me producían aún entonces los preparativos de un viaje cualquiera; todavía hoy me angustian. Procede este pavor, sin duda alguna, de mi segunda lectura. La primera, en efecto, me resultó absolutamente inocua, pues el mundo de la noche, los crímenes y el supuesto terror de ultratumba que caracteriza a los relatos de Poe (sí, el Edgard Allan Poe de los Poe de toda la vida) no alteraron nunca mis noches de niño de siete años, porque aquel mundo me parecía entretenido, curioso, optimista y de lo más natural. Yo me había apoderado furtivamente de un tomito de tapas verdes y letra bodoni, propiedad de mi tía E., que debía de consistir en alguna selección de sus mejores páginas; se trataba sin duda de una edición para adultos (no creo, y es una lástima, que existan versiones infantiles de Poe). Mi señora madre me sorprendió una noche de tronada leyendo lo de la casa Usher y puso el grito en el cielo. Poe me quedó confiscado y fue devuelto a mi tía con gritos de irresponsable, que eres una irresponsable igual que la abuela. Mi madre, para sustituir al inocuo Poe y saciar así mi supuesta afición lectora, me lo cambió por una lectura presumiblemente apropiada para mi tierna edad, que sin embargo me provocó espantosas pesadillas: la escalofriante odisea del inicuo y aparatoso caballero Phileas Fogg.