martes, 14 de enero de 2014

POBRESPAÑA



En la última cena con amigos, hace unas semanas, alguien vaticinó un segundo Noventayocho que nos haría reflexionar, y una segunda Generación del Noventayocho que redimiría al país de su presente miseria moral. Vale. Me limitaré a referir lo siguiente.
Ahora sabemos que el viaje en coche que hicieron juntos don Ramón y don Miguel, desde el balneario de Mondariz hasta Madrid, no fue la única ocasión en que se encontraron, pero tal vez sí la más duradera.
Fué el caso que, tras tomar las aguas ignorándose mutuamente durante varias semanas (tal vez no del todo adrede), ambos fueron invitados por el joven y deportivo matrimonio Ynestrillas (Ramón Ynestrillas e Inés de Maeztu) a volver con ellos a Madrid. Tal vez ninguno de los dos hubiese aceptado la invitación de saber que el otro sería compañero suyo de viaje, pero Inés tuvo la astuta precaución de invitarlos por separado.
Conocemos dos versiones de lo que sucedió durante el viaje: la de cada uno de los, digámoslo así, anfitriones. Los Ynestrillas se divorciaron durante la República, por motivos ideológicos según Ramiro y por razones maritales según Inés. Ramiró detalló el viaje en una entrevista concedida al Abecé en 1957, cuando era vicesecretario del ministro de Asuntos Exteriores; Inés concedió otra entrevista en Roma, en 1969, donde vivía ostentosamente exiliada "por motivos estrictamente estéticos". Reproducimos aquí una síntesis aproximada de ambas entrevistas.
Desde que salieron del balneario hasta la hora de comer, según Ramiro, los dos intelectuales estuvieron discutiendo con gravedad de los distintos males que por entonces aquejaban al país, aunque desde puntos de vista crecientemente opuestos; mientras don Miguel se quejaba de que le dolía España, don Ramón respondía que a él lo que le dolía era el riñón, y con el traqueteo más; añadió que también le dolían los españoles, pero menos que el riñón, dónde iba a parar.
Inés, por su parte, no hace mayor distinción entre su marido y los otros, describiendo a los tres como celtíberos ávidos de tener razón y, si era posible, hacer callar al contrario; pero, como la discusión era a tres bandas y no llevaba camino de acabar bien, ella medió para cambiar de tercio y los tres aceptaron limitarse a contar chistes. Comenzó entonces la selección de temas: quedaron de inmediato excluidos los de militares (el padre de Ramiro era general en Marruecos), los de guardias civiles (Ramiro era persona de orden) y los de curas o monjas (ni de don Ramón ni de don Miguel se estaba seguro en este terreno), así como los de médicos (el padre y el abuelo de Inés lo eran); también, ante la presencia de una dama y a pesar de sus protestas, se excluyeron los chistes verdes, de manera que sólo quedaron los de loros. Resultó que los tres conocían una cantidad asombrosa de chistes de loros, a cual más bochornoso, y los tres se reían a carcajadas hasta el punto de casi chocar con un carro de mulas al pasar por La Cañiza. Los chistes de loros se acabaron al llegar a Puebla de Sanabria, donde se detuvieron a comer en un bodegón.
  Durante la comida salió inevitablemente el tema de Castilla, ya que la estaban atravesando, pero luego se perfiló el de los curas y si estaban haciendo daño o no al país. Aunque tanto don Ramón como don Miguel eran más bien clericales (y hasta meapilas) a su manera, ambos se encresparon el uno contra el otro en cuanto empezaron a aparecer nombres propios de obispos y arzobispos, y las voces sucedieron muy pronto a las pullas, hasta el punto de que don Ramón afirmó que seguiría en tren y don Miguel le respondió: "¡si usted se apea yo también, pues no faltaba más!", y estuvieron a punto de levantarse de la mesa y dejar plantados a sus anfitriones. Inés de Maeztu volvió a intentar calmar los ánimos y ambos intelectuales se avinieron a entrar de nuevo en el coche, aunque no en razón, pues no volvieron a dirigirse la palabra hasta la Puerta del Sol, donde lo hicieron indirectamente: al "tengan ustedes dos muy buenas tardes" de don Ramón, dirigido exclusivamente al matrimonio, respondió don Miguel: "menos a uno, gracias mil por este viaje".
Inés de Maeztu, desde su magnifico exilio romano, remató: "el viaje que me dieron los tres".