sábado, 8 de noviembre de 2014

BLANCO Y EN BOTELLA


Cuando me di cuenta de mi incapacidad para escribir decentemente decidí vivir de lo que escribía. Al principio me fue difícil llegar a fin de mes pero ahora, con práctica en el oficio, una extensa red de contactos y cartera de clientes no me falta trabajo. En todo este tiempo he escrito veinticinco novelas, siete obras de teatro, ocho poemarios, no sé cuantos ensayos y catorce biografías; ah, también escribo columnas semanales para cinco publicacines de gran tirada nacional. Tres de mis novelas son hoy premios nacionales y he ganado otros cuatro de poesía y dos más de ensayo. No todo lo que he escrito se ha publicado bajo sellos de prestigio, bien es cierto, pero -aunque nunca cifras respetables- cobro siempre a tocateja a la entrega de la obra (y, miel sobre hojuelas, nada de impuestos: cobro en bé). Aunque algunas de mis obras son superventas, el pirateo de internet no afecta a mis ingresos. 
Mi condición de escritor inepto no me produce amargura, pues tengo una bien provista biblioteca y practico el civilizado acto de leer a quienes sí saben escribir. Superé a tiempo mis pueriles sueños de gloria literaria y el disfrute de semejante veleidad (así como el íntimo bochorno) se lo cedo gustoso a quienes me mantienen y todo el mundo conoce como autores.    

lunes, 20 de octubre de 2014

EL MISTERIO FINAL


Tras un delicioso desayuno, nuestros cinco amigos (zanquilargos ya) y su mascota corren por la soleada campiña hacia la decrépita mansión abandonada de Raven's Mannor con el propósito de resolver el misterio. ¿Qué misterio? No se sabe, porque la autora ha olvidado especificarlo (su tumultuosa vida privada le ha impedido concentrarse últimamente en su trabajo) y este será el motivo de que la editorial rechace el manuscrito. Las cuartillas de puño y letra de la autora reposarán en el cajón más bajo de un escritorio Reina Ana durante cincuenta años y sus herederos ni repararán en él cuando vendan el mueble. No se haga el lector ilusiones: al escritorio se lo comerá la carcoma, al manuscrito los ratones y sanseacabó. La pregunta surge imparable: si la obra no se publicó y el manuscrito fue víctima de desaprensivos roedores domésticos.... ¿de dónde salen los cinco niños y el perro? Este es el segundo misterio que van a resolver para nosotros.
El primero es aquél que la autora olvidó especificar. Cuando se cuelan por la inevitable trampilla abierta que conduce a los consabidos pasadizos que llegan a la habitación sin ventanas donde hay un solo mueble que es un arcón, Tim grita: "¡Atiza, el arcón!". En el arcón hay una cajita de rapé vacía que contiene un manuscrito que en condiciones normales les llevaría a un mapa y demás.
El segundo misterio (cómo es posible que los personajes anden sueltos sin permiso del editor ni de la autora ni de sus herederos) está a punto de desvelársenos. El caso es que Pam (nunca se llega a saber si es chico o chica) le dice a Tim: "mira, hay más cosas en el arcón" El perro Pum olfatea y Pam revuelve entre cachivaches, aparta una alfombra persa con un mensaje, retira un jarrón chino roto con un dibujo que contiene un laberinto, se fija un instante en una daga con un rubí en la empuñadura y por fin toma entre sus manos el objeto que nos interesa, lo hojea y Pum se pone a ladrar alborozado mientras Tim exclama excitado: "¡Hurra, por fin podremos librarnos de la vieja!". Los cinco niños prorrumpen en exclamaciones, se abrazan y en su felicidad llegan hasta el llanto pues han dado por fin con aquello que les hará libres: podrán escribir sus propias historias porque han encontrado un manuscrito encontrado.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

LA HUIDA DEL TIEMPO


¿Hace cuántos años que no pasas por esta página que se ha quedado amarillenta? Muchos años después, empiezas. Entonces no leías nunca sentado como lees ahora, al lado de la ventana, sino metido en la cama, y leías en vez de dormir porque ya dormías en clase frente al pelotón de fusilamineto. La primera vez que lo leíste pensaste que lo habrían fusilado al amanecer con el sol dándole en la cara, pero enseguida te pareció que no, que el fusilamiento debió de ser por la tarde y así pudiste ver en tu cabeza al coronel Aureliano Buendía recordando aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Como eran las dos de la madrugada y la nevera estaba haciendo ruido no pudiste formarte una imagen de esa tarde remota pero eso no te preocupó entonces, no te pareció importante; ahora sí quieres imaginarte la tarde remota con su feria polvorienta, su calor y su humedad. Melquíades había envejecido y con Melquíades el mundo, aunque sólo durante los inviernos, ya que luego las cosas volvían a estar como estaban. La imagen de Remedios en aquella calurosa sala de visitas. Ahora no hace demasiado calor, llueve y la lluvia azota la ventana y las nubes gris acero pasan rodando por los cielos en dirección a los tesos mientras octubre se acerca en silencio. Llovió cuatro años, once meses y dos días,un tiempo que cuando pasó dejó de parecer amenazador y luego se recordaba como se recuerdan las caras de los amigos y las tijeras de coser de la abuela y el óxido de los radios de la bicicleta caída entre las hierbas y las estirpes condenadas a cien años de soledad porque el tiempo ha pasado a ser para ti una cosa más, una cosa que has dejado atrás: todo este leer y haber leído, este recordar y este inventar ha sido la trampa que le tendiste al tiempo y en la que el tiempo cayo mientras te veía escapar de sus garras por siempre y para siempre porque mientras lees eres inmortal.

domingo, 25 de mayo de 2014

MALA VECINDAD


Después de entregarme un papel con el nombre y dirección del poeta, mi jefe me hizo una advertencia.
- Por lo que me han dicho es un poeta de primera y tal, pero también un marrajo de mucho cuidado. Hala, al tajo.
Bajé a la calle, cogí dos metros y salí a la superficie en medio de un barrio feo, destartalado, sin circulación a aquella hora tempranera. Saqué el papelito con la dirección y la busqué. Tuve que preguntar tres veces (a un jubilado, a una señora y en una farmacia)  y por fin di con el portal. El portero automático no funcionaba pero, afortunadamente, la cerradura de la puerta de la calle tampoco. Por precaución elemental no cogí el ascensor y subí por la mugre y la humedad de las escaleras hasta el piso indicado. Llamé a la puerta en cuestión. A la cuarta vez se entreabrió y un rostro desconfiado me interrogó desde detrás de la cadena echada.
- ¿Es usted del Ayuntamiento?
- No, señor.
- ¿Y qué quiere? Yo ni compro ni vendo.
- Yo tampoco vendo. Quería hacerle una entrevista.
Al poeta no se le entrevistaba desde que ganó el Nacional hacía veintitrés años. Nada se había vuelto a saber de él hasta que una compañera de redacción dio con su rastro. Ella era más de oficina y por eso me mandaron a mí, que era -y sigo siendo- el último mono.
- ¿A santo de qué?
- De lo que usted quiera decirme.
Dudó antes de descorrer la cadena, pero finalmente lo hizo murmurándose: "menos da una piedra".
El piso minúsculo no tenía muebles salvo una cama y una silla. 
Me senté en el suelo. Empezó a hablar sin que apenas me diese tiempo a poner en marcha la grabadora y abriese la libreta de notas.
- Lo primero que tengo que decirle es que aquí no ha venido nadie a interesarse por mis escritos. Y ya hace de eso veintitrés años.
Le dije que yo estaba allí para reparar de alguna manera esa injusticia. Me sonrió abiertamente.
- Menos da una piedra. ¿Quiere usted beber, joven?
Acepté, se puso en pie, salió al balcón, dio unas voces y volvió a la silla.
 - Ahora nos traen las cervezas. Yo aquí no tengo nada, como puede usted ver.
- Ni siquiera libros...
- Fue lo primero que vendí. Pero vamos a lo nuestro, usted escriba: este barrio es un deshecho, una deposición, un detrito, un excremento, una cagada, una mierda, como usted habrá tenido ocasión de comprobar.
Las cervezas (dos cajas) subieron enseguida y fuimos vaciándolas a lo largo de las horas. Apenas tuve ocasión de hacerle pregunta alguna: hablaba y hablaba torrencialmente volviendo siempre sobre lo mismo: ese barrio. Yo había leído y releído sus tres únicas obras (Alabastros, Las bóvedas y Escalinata) y contemplaba con estupor al hombre que me estaba describiendo las esquinas meadas, los solares y descampados, los perros muertos, los vómitos, las farolas ciegas, las madrugadas de putas, navajazos y borracheras, los gatos que despanzurraban las bolsas de basura.
- ¡He mandado miles de escritos y denuncias, y el ayuntamiento ni puto caso!
Estábamos acabando ya la segunda caja y serían las cuatro de la tarde. La batería de la grabadora se me había acabado hacía horas y, con una docena larga de cervezas trasegadas, procuraba yo seguir con el cuaderno lo que estaba diciendo.
El sol invadía la habitación cuando detuvo su discurso circular. Me miró como disculpándose.
- Y ya no se me ocurre más que decirle, joven.
Me levanté del duro suelo, tambaleándome, y fui a despedirme.
- Ha sido un honor escucharle a usted.
Pareció sorprendido, pero reaccionó enseguida.
- ¿Un honor? Bueno, es igual, yo lo que quiero es que vengan del ayuntamiento y se hagan cargo de una vez. Aquí no se puede vivir. Si sacarlo en el periódico sirve para algo...
- Le aseguro que saldrá. En el mío y en todos los periódicos del país.
Volvió a sorprenderse. Subrayé orgulloso que una entrevista con un Nacional de las Letras iba a ser todo un acontecimiento cultural. Recuerdo que empleé todas y cada una de esas palabras tan imbéciles. Al principio noté la indignación en su rostro. Su ira. Su odio. Luego explotó en una carcajada. Aguardé los minutos necesarios, en los que una y otra vez trató sin éxito de articular palabra, volviendo siempre a su hilaridad incontenible. Finalmente, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano y todavía riendo, comentó con divertida resignación.
- ¡Ay, si no fuera por estos ratos..! No hombre, no, ése no soy yo, es el marrajo de enfrente.


En otro orden de cosas:

El ancho cielo  

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domingo, 11 de mayo de 2014

EL PASADO DEL ENTOMÓLOGO


Hace poco he conocido los hechos que tal vez explican el tono de angustia con que termina la caudalosa (précticamente interminable) novela de Eustace Corrientes (1832- 1916), que hasta ese momento había sido por antonomasia el narrador de la felicidad y la comodidad burguesa.
Eustace era un escritor productivo: escribía con asombrosa rapidez y sus títulos (Los Alesanfán, El jardín de la señorita Phepish) se vendían bien. Lo mismo ocurrió con esta novela de la que hoy quiera hablar, que fue la última y la mejor sin duda, luego se dedicó a la entomología tropical. Vivía al aire libre, en una playa de Tahití; en cierta ocasión, un pintor quiso hacerle un retrato pero Eustace lo despidió a pedradas.
La obra de que hablo empieza con el tono insulso y previsible de todas las de Corrientes, pero hacia la mitad (página 538 de su única edición) da un giro que la sumerge en un abismo vertiginoso, en el que a veces la locura y el sarcasmo del narrador superan en interés la acción inverosímil del relato. Se trata de La jaula del plumífero. El lector no debe sentirse incómodo ni acudir inútilmente a diccionarios de autores: Eustace Corrientes llegó a convertirse en una autoridad mundial en himenópteros de Tahití, pero apenas dejó huella en la literatura.
Para responder ante sus múltiples contratos editoriales, Eustace seguía el que podemos llamar "método Balzac": a las siete de la mañana se hacía atar por los pies a su mesa de trabajo y escribía allí durante quince horas seguidas. Tenía a mano papel, tinta, comida, tabaco y vino; por la noche, la señora de la limpieza (que era quien lo ataba por la mañana) regresaba para desatarlo.
Todo fue bien hasta que la mencionada señora supo, a eso de las doce de la mañana del día en que ocurrió todo, que le había tocado la lotería y que el plazo para cobrar su abultado premio expiraba en esa misma fecha, una hora después. Tras poner su propia casa patas arriba hasta dar finalmente con el billete, corrió al despacho del lotero y luego al banco para recibir e ingresar el premio. Acto seguido, sin acordarse para nada de Eustace (tal vez en venganza, pues le debía tres meses de sueldo) alquiló un coche de punto y se marchó a Briec, su pueblo, para pasarle por las narices a toda su parentela su nueva condición.
Para Corrientes ese día transcurrió como todos los demás: escribía frenéticamente folio tras folio, tomando el papel de la pila que tenía junto a la mesa y cargando una y otra vez el tintero con el botellón dispuesto a su izquierda. Por la noche no llegó la señora, lo cual le extrañó pero, de momento, no le alarmó.
Olvidábaseme decir que Eustace Corrientes vivía en el campo, alejado del pueblo más próximo, en una casita del bosque Des Malheureux. Sólo cinco días más tarde, cuando un vecino acertó a pasar por allí y escuchó su desvanecida voz que pedía auxilio, Corrientes pudo ser rescatado con vida. Había puesto fin a su novela y a su carrera.
Ni Joyce, ni Kafka, ni Faulkner tuvieron nunca el valor moral de confesar su deuda evidente con esta novela.    

Por cierto, repito:
 El ancho cielo en
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lunes, 28 de abril de 2014

INVITACIÓN (esto no es un simulacro)



Estimad@ lector o lectora.
Lo que he de comunicarle es breve, y tal vez debería haberlo hecho con antelación pero, en fin: se da el caso de que me han publicado (en formato digital) una novela, titulada El ancho cielo. Me sentiría muy honrado (y mi editor también, me consta) si se interesase usted por ella. Puede hacerlo mediante el enlace que sigue.

agilicedigital.com/home/19-el-ancho-cielo.html 

Es gracia que espero alcanzar de usted. Atentamente. 
Juan Sendino.

domingo, 23 de marzo de 2014

VINE A COMALA


- Oye, tú que sabes de esto, ¿Juan Rulfo escribió Pedro Páramo o Pedro Páramo escribió Juan Rulfo?
Quien me había hecho esta pregunta había vuelto la cabeza hacia mí, abandonando la absorbente pantalla. Vi más sorpresa que broma en su expresión y acudí. En efecto, allí estaba: Pedro Páramo, Juan Rulfo, IV Premio Comala de Novela de Fantasmas, 2010, editorial Día del Derrumbe ,102 páginas, 220 pesos. Nunca recibí mis ejemplares de autor, pero siempre lo había atribuido a pérdida o a la propia naturaleza del galardón. Debo explicarme.
Yo fui, en efecto, el ganador del premio que acabo de mencionar. Me lo comunicó por teléfono una voz reposada.
- ¿Es usted Macario Arcángel?
- Sí, dígame.
Me hizo saber el fallo del jurado y me dijo que luego luego iba a recibir por vía postal las señas del lugar al que debía acudir para recibir el galardón y "no fuera a confundir esta Comala con la otra".
Cuando, un año antes, había leído la convocatoria y las bases del premio remodelé una cosa que ya tenía escrita y no había recibido premio alguno (la había enviado a no menos de sesenta concursos), localizando su acción en Comala en lugar de en Beltraneja (Badajoz). Mi pseudónimo y su título fueron los arriba especificados. Rompí la hucha, sableé por aquí y para allá y el botín me dio para los gastos del viaje: un billete hasta Méjico DF, una pensión y, desde allí, tres autobuses sucesivos que me fueron introduciendo en el país.
En cierto momento del último trayecto, el conductor detuvo el vehículo y me dijo que ahí era donde debía apearme.
- ¿Y Comala, señor?
- Baje esa cuesta. No tiene pérdida, señor.
Bajé y entré en el pueblo vacío. Las señas que me habían dado ya preveían, al parecer, esta posibilidad y, con la carta en la mano, di con la puerta a la que debía llamar. Me abrió un hombre del mismo color que todo lo que le rodeaba. La voz era la misma que me había hablado por teléfono, tres semanas antes. Tras una corta conversación me entregó el diploma y el sobre con el dinero. 
Yo esperaba fuerzas vivas, presentación, aplausos y parranda final, pero no hubo nada de eso. Conclui que la imagen que me había formado de Méjico era un tópico absurdo.
- Tiene un autobús de vuelta esta tarde, a las cuatro. Levante usted la mano y parará.
Con el sobre y el diploma me encaminé, la cuesta arriba, adonde me había apeado poco antes. El autocar llegó y me recogió. A la noche llegué a la pensión, muerto de hambre. Dejé la maleta, tomé el fajo de pesos y bajé a darme un homenaje a un buen restaurante.
No tardé en dar con un sitio donde sacié no ya mi apetito sino también mi apetencia, mi gula y mis delirios pantagruélicos. Luego vino la cuenta. No era caro, la verdad. Le entregué al camarero la cifra y una espléndida propina (nunca lo había hecho antes).
Al recogerla, el camarero se sonrió, me miró inexpresivamente y, antes de encaminarse a donde estaba el jefe de comedor, se dirigió a mí.
- No se mueva, señor.
Tras ser puesto al corriente por su subordinado, quien me señaló, el jefe se dirigió a mi mesa con gesto entre azteca y cortés. Finalmente, al llegar frente a mí me habló desde su estatura.
- Ustedes los españoles no cambiarán nunca, señor.
- No comprendo...
- Sí: generosos y embaucadores, eso son. ¿Creyó que no nos daríamos cuenta?
- Perdone, pero sigo...
Me cortó con una sonrisa ahora sabia, ladina y cruel.
- Señor: hace unos ochenta años que estos billetes dejaron de ser de curso legal.    

sábado, 1 de marzo de 2014

NI SOTA, NI CABALLO, NI REY


Amadeo Mencía huyó de la ciudad, donde sólo encontraba lo vulgar y previsible: llovizna persistente, cielo gris, calles iluminadas por luces artificiales, pasos apresurados, camareros anónimos. Se refugió en una aldehuela remota, perdida en plena Naturaleza, donde alquiló una rústica casa sonriente y soleada, en la cual sus poemas brotarían como flores frescas en una primavera creativa. A poco de llegar, esa misma tarde, salió de la casa y, recorriendo pausadamente un caminillo que serpenteaba entre amenos prados, desembocó en un riachuelo de claras aguas, a la sombra de cuyos verdes álamos se sentó, extrajo su libreta, la abrió por una nueva, inmaculada página y, con el lápiz pronto, ensayó a escribir un primer verso.
Pero no se le ocurría nada. Miraba a su alrededor, escuchaba, olía el aire y sólo conseguía captar mirlos que correteaban por los senderos, hojas que filtraban la tierna luz de la tarde, el rumor del agua bordeando las piedras redondas como curvas femeninas. Se levantó algo incómodo, aunque todavía convencido de que allí encontraría la inspiración que tanto ansiaba y el mundanal tráfago urbano le había impedido alcanzar hasta ese momento.
Una semana después estaba igual que el primer día en cuanto a resultados poéticos (es decir, prácticos), pero no en cuanto a estado de ánimo: ya no aguantaba más tanto jilguero y tanta brisa y tanta fresca sombra. Cogió el autobús de vuelta y tras un viaje monótono, donde se sucedían idénticos pueblos, idénticos paisajes, idénticos compañeros de asiento, se apeó en la mugrienta estación de autobuses y se dirigió caminando a su casa por entre las prisas de la gente que salía de sus trabajos, los coches, los escaparates chillones con pantallas de plasma que multiplicaban los partidos de fútbol, las fachadas grises y, una vez más, el cielo plomizo y la persistente llovizna oblicua. Por fin llegó a su casa, dejó en el pasillo su maleta, buscó refugio entre sus libros y unos minutos más tarde, tras buscar infructuosamente unas líneas que le resarcieran de tanta mediocridad, comprendió. Y se dijo que tenía que leer otras cosas.
    

viernes, 7 de febrero de 2014

VIAJEROS AL TREN


Soy escritor de libros de viajes, y decidí dedicarme a esta monótona actividad (abandonando mi apasionante trabajo de contable) para superar el pavor que me producían aún entonces los preparativos de un viaje cualquiera; todavía hoy me angustian. Procede este pavor, sin duda alguna, de mi segunda lectura. La primera, en efecto, me resultó absolutamente inocua, pues el mundo de la noche, los crímenes y el supuesto terror de ultratumba que caracteriza a los relatos de Poe (sí, el Edgard Allan Poe de los Poe de toda la vida) no alteraron nunca mis noches de niño de siete años, porque aquel mundo me parecía entretenido, curioso, optimista y de lo más natural. Yo me había apoderado furtivamente de un tomito de tapas verdes y letra bodoni, propiedad de mi tía E., que debía de consistir en alguna selección de sus mejores páginas; se trataba sin duda de una edición para adultos (no creo, y es una lástima, que existan versiones infantiles de Poe). Mi señora madre me sorprendió una noche de tronada leyendo lo de la casa Usher y puso el grito en el cielo. Poe me quedó confiscado y fue devuelto a mi tía con gritos de irresponsable, que eres una irresponsable igual que la abuela. Mi madre, para sustituir al inocuo Poe y saciar así mi supuesta afición lectora, me lo cambió por una lectura presumiblemente apropiada para mi tierna edad, que sin embargo me provocó espantosas pesadillas: la escalofriante odisea del inicuo y aparatoso caballero Phileas Fogg.

martes, 14 de enero de 2014

POBRESPAÑA



En la última cena con amigos, hace unas semanas, alguien vaticinó un segundo Noventayocho que nos haría reflexionar, y una segunda Generación del Noventayocho que redimiría al país de su presente miseria moral. Vale. Me limitaré a referir lo siguiente.
Ahora sabemos que el viaje en coche que hicieron juntos don Ramón y don Miguel, desde el balneario de Mondariz hasta Madrid, no fue la única ocasión en que se encontraron, pero tal vez sí la más duradera.
Fué el caso que, tras tomar las aguas ignorándose mutuamente durante varias semanas (tal vez no del todo adrede), ambos fueron invitados por el joven y deportivo matrimonio Ynestrillas (Ramón Ynestrillas e Inés de Maeztu) a volver con ellos a Madrid. Tal vez ninguno de los dos hubiese aceptado la invitación de saber que el otro sería compañero suyo de viaje, pero Inés tuvo la astuta precaución de invitarlos por separado.
Conocemos dos versiones de lo que sucedió durante el viaje: la de cada uno de los, digámoslo así, anfitriones. Los Ynestrillas se divorciaron durante la República, por motivos ideológicos según Ramiro y por razones maritales según Inés. Ramiró detalló el viaje en una entrevista concedida al Abecé en 1957, cuando era vicesecretario del ministro de Asuntos Exteriores; Inés concedió otra entrevista en Roma, en 1969, donde vivía ostentosamente exiliada "por motivos estrictamente estéticos". Reproducimos aquí una síntesis aproximada de ambas entrevistas.
Desde que salieron del balneario hasta la hora de comer, según Ramiro, los dos intelectuales estuvieron discutiendo con gravedad de los distintos males que por entonces aquejaban al país, aunque desde puntos de vista crecientemente opuestos; mientras don Miguel se quejaba de que le dolía España, don Ramón respondía que a él lo que le dolía era el riñón, y con el traqueteo más; añadió que también le dolían los españoles, pero menos que el riñón, dónde iba a parar.
Inés, por su parte, no hace mayor distinción entre su marido y los otros, describiendo a los tres como celtíberos ávidos de tener razón y, si era posible, hacer callar al contrario; pero, como la discusión era a tres bandas y no llevaba camino de acabar bien, ella medió para cambiar de tercio y los tres aceptaron limitarse a contar chistes. Comenzó entonces la selección de temas: quedaron de inmediato excluidos los de militares (el padre de Ramiro era general en Marruecos), los de guardias civiles (Ramiro era persona de orden) y los de curas o monjas (ni de don Ramón ni de don Miguel se estaba seguro en este terreno), así como los de médicos (el padre y el abuelo de Inés lo eran); también, ante la presencia de una dama y a pesar de sus protestas, se excluyeron los chistes verdes, de manera que sólo quedaron los de loros. Resultó que los tres conocían una cantidad asombrosa de chistes de loros, a cual más bochornoso, y los tres se reían a carcajadas hasta el punto de casi chocar con un carro de mulas al pasar por La Cañiza. Los chistes de loros se acabaron al llegar a Puebla de Sanabria, donde se detuvieron a comer en un bodegón.
  Durante la comida salió inevitablemente el tema de Castilla, ya que la estaban atravesando, pero luego se perfiló el de los curas y si estaban haciendo daño o no al país. Aunque tanto don Ramón como don Miguel eran más bien clericales (y hasta meapilas) a su manera, ambos se encresparon el uno contra el otro en cuanto empezaron a aparecer nombres propios de obispos y arzobispos, y las voces sucedieron muy pronto a las pullas, hasta el punto de que don Ramón afirmó que seguiría en tren y don Miguel le respondió: "¡si usted se apea yo también, pues no faltaba más!", y estuvieron a punto de levantarse de la mesa y dejar plantados a sus anfitriones. Inés de Maeztu volvió a intentar calmar los ánimos y ambos intelectuales se avinieron a entrar de nuevo en el coche, aunque no en razón, pues no volvieron a dirigirse la palabra hasta la Puerta del Sol, donde lo hicieron indirectamente: al "tengan ustedes dos muy buenas tardes" de don Ramón, dirigido exclusivamente al matrimonio, respondió don Miguel: "menos a uno, gracias mil por este viaje".
Inés de Maeztu, desde su magnifico exilio romano, remató: "el viaje que me dieron los tres".