sábado, 9 de noviembre de 2013

NADA ESTÁ ESCRITO


En las insufribles memorias de León Bley encontramos, sin embargo, una semblanza del laureado y consagrado poeta y miembro de la Academia Francesa Eustace Requin. El interés de las noticias que da Bley sobre Requin no se basa en la vida de éste último, sino en una fotografía hallada treinta años más tarde (en 1912): al sacar a la calle los muebles de una taberna que iba a convertirse en carnicería de caballo, entre cuentas y periódicos viejos apareció la única instantánea conocida hasta hoy del autor de Les nuits sans espoirs . Sólo conocemos su pseudónimo: Eneas Corvino, y en esa fotografía es idéntico en sus rasgos y su expresión a Requin. El descubridor de la fotografía (en realidad la compró) y del  parecido entre ambos (un librero de viejo muy tronado) se apresuró a dar la noticia y presentar su teoría: Requin y Corvino eran la misma persona. A quienes objetaban que Requin había sido un académico respetable, aunque pésimo poeta, mientras que Corvino fue un poeta maldito y reconocido noctámbulo les respondía que se trataba de un caso evidente de doble personalidad: como Jeckill y Hyde, de día era un académico aburrido y de noche un bohemio brillante; más aun: podría tratarse de heteronimia: firmaba ripios consagrados como Requin y poesía brillante como Corvino; ¿acaso no era posible? Imposible no era. Los que acudieron a intentonas forenses se vieron en un callejón sin salida pues, aunque Requin fue enterrado con honores de Estado bajo una lápida de mármol con su efigie, Corvino acabó, como se sabe, en una fosa común.
El misterio, naturalmente, tenía una explicación desalentadoramente simple: eran gemelos. Se supo a raíz de otro descubrimiento (éste en la biblioteca de la Academia Francesa): allí encontró un ratón de biblioteca la correspondencia entre Bley y Requín, que eran amigos. En una de las cartas, el pobre Bley llama a Corvino "ese infame poetastro que tiene la innoble insolencia de parecérsete"; en su respuesta, el consagrado cuenta a Bley que Corvino y él eran gemelos, hijos de un diplomático francés, que nacieron en Montevideo y vinieron a París en busca de la gloria literaria a la que su padre tuvo que renunciar en su juventud; sentencia Requin: "mi hermano la conseguirá, nosotros dos no, amigo mío". Bley le preguntaba a su amigo, en la carta siguiente, cómo llegaron a tener destinos tan dispares su hermano y él; Requin le contesta: "no fue el destino: lo echamos a suertes."

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