domingo, 17 de noviembre de 2013

CEBOLLAS EN VINAGRE



No es de extrañar que Caridad Trevejo Sampedro intentara (sin éxito) quitarse la vida tras grabar para Cefalea Editores las mil seiscientas veinticinco páginas de Un camino junto al Danubio de Ismalia Kadari.
Un pariente y enemigo solapado mío me regaló la obra en su versión audiolibro y escuché resignadamente las resignadas inflexiones de Caridad Trevejo sin conocer aún su nombre; su voz me hizo mucho más tolerables los interminables paseos de la protagonista junto al río, sola o en la sucesiva compañía de distintos ferroviarios, una monja, un entomólogo, un cartero enamorado y un desertor. Para mi fortuna, la bien timbrada voz de Caridad Trevejo me hacía perder a menudo el hilo de la narración: yo trataba de adivinar cómo sería el rostro de la lectora, cuál su edad o en qué postura estaría leyendo que el camino entre abedules se pierde en la niebla del atardecer melancólico de octubre cuando de repente el fogonero zas.
Cierto día, la abnegada lectora salió en el telediario. Aparecía en pantalla con su nombre y su apellido en la parte baja de la imagen. En la entrevista llevaba aún las muñecas vendadas, pero las manejaba ya con soltura y hasta alegremente mientras contaba su historia; verla en la televisión me hizo atar cabos y consultar la carátula del audiolibro para comprobar el nombre: efectivamente, era ella.
Supe después, al visitar determinado puesto de encurtidos, que Caridad Trevejo se había metido en la oxidada bañera de su cuchitril, semillena de agua apenas tibia (el calentador no daba para más) y había procedido a lo mismo que Séneca (lo digo así en atención a no herir sensibilidades). Sin embargo, en su última lucidez, recordó que la protagoniasta, al final, después de que la monja por fin zas, había conocido el verdadero amor en la persona de un cabo desertor del ejército serbocroata que sí, también zas, pero al menos con honestidad. Tan honesto fue que acabaron poniendo juntos un establecimiento de encurtidos y ahí terminó el libro. Al caer en esto, Caridad Trevejo salió tambaleando de la bañera y consiguió llamar al ciento doce. Pero el motivo de su tentativa suicida no fue exactamente esta lectura, sino una llamada telefónica que había recibido esa mañana.
En efecto, de Cefalea la llamaron para felicitarla por su trabajo y para proponerle que grabase los dos tomos que faltaban de la trilogía.
Ahora vive tan ricamente: lee microcuentos y lleva un puesto de encurtidos.

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