viernes, 29 de noviembre de 2013

COMO EN CASA EN NINGÚN SITIO



Al conde Drácula le venía muy estrecha la novela de Bram Stoker: había nacido y vivido (y muerto) en los lejanos Cárpatos y la sangre británica (tan similar a la horchata, según le pareció) no era de su gusto. Pronto se independizó del autor, emprendiendo un azaroso viaje por toda Europa y también América. Durante décadas se le vio protagonizando otras historias con otros aspectos o, a veces (cuando la temporada se le daba mal), apareciendo en forma de personaje secundario de narraciones no siempre de terror; cierta vez protagonizó un cuento infantil, en Suiza.
Según los lugares donde recalase, su renacimiento resultaba más o menos airoso. En Francia, por donde empezó, siempre encarnaba héroes solitarios, incomprendidos, que rechazaban la sociedad burguesa y se refugiaban en la absenta, deambulando por las noches parisinas y terminándolas en brazos de mujeres igualmente inverosímiles. En Alemania era siempre un funcionario calvo. La cosa mejoró un poco en Italia, pero no mucho, porque a menudo regentaba negocios ruinosos que le tenían siempre entrampado; era, además, padre de una prole multitudinaria y tenía una esposa que no lo tomaba nunca en serio; muchas veces se arrepintió allí de haber abandonado Londres. Se marchó finalmente a Nueva York (por otra parte, como buen italiano), donde era siempre el vagabundo que iba tirando con trabajos miserables y apenas unos centavos sueltos en los bolsillos.
Decidido a comerse su orgullo y regresar a su propia novela, de la que nunca debió salir, tomó un barco y se volvió. Pero antes de renunciar definitivamente a su vida errante, quiso probar suerte en un último país, el país romántico por antonomasia donde las gentes, las costumbres, los caminos, las mismas noches son tan diferentes e imprevisibles; un lugar más parecido a los salvajes Cárpatos que al civilizado, previsible, anglicano y pacato Londres; en fin, que se vino aquí. Y se fue a meter en Luces de bohemia.

   

domingo, 17 de noviembre de 2013

CEBOLLAS EN VINAGRE



No es de extrañar que Caridad Trevejo Sampedro intentara (sin éxito) quitarse la vida tras grabar para Cefalea Editores las mil seiscientas veinticinco páginas de Un camino junto al Danubio de Ismalia Kadari.
Un pariente y enemigo solapado mío me regaló la obra en su versión audiolibro y escuché resignadamente las resignadas inflexiones de Caridad Trevejo sin conocer aún su nombre; su voz me hizo mucho más tolerables los interminables paseos de la protagonista junto al río, sola o en la sucesiva compañía de distintos ferroviarios, una monja, un entomólogo, un cartero enamorado y un desertor. Para mi fortuna, la bien timbrada voz de Caridad Trevejo me hacía perder a menudo el hilo de la narración: yo trataba de adivinar cómo sería el rostro de la lectora, cuál su edad o en qué postura estaría leyendo que el camino entre abedules se pierde en la niebla del atardecer melancólico de octubre cuando de repente el fogonero zas.
Cierto día, la abnegada lectora salió en el telediario. Aparecía en pantalla con su nombre y su apellido en la parte baja de la imagen. En la entrevista llevaba aún las muñecas vendadas, pero las manejaba ya con soltura y hasta alegremente mientras contaba su historia; verla en la televisión me hizo atar cabos y consultar la carátula del audiolibro para comprobar el nombre: efectivamente, era ella.
Supe después, al visitar determinado puesto de encurtidos, que Caridad Trevejo se había metido en la oxidada bañera de su cuchitril, semillena de agua apenas tibia (el calentador no daba para más) y había procedido a lo mismo que Séneca (lo digo así en atención a no herir sensibilidades). Sin embargo, en su última lucidez, recordó que la protagoniasta, al final, después de que la monja por fin zas, había conocido el verdadero amor en la persona de un cabo desertor del ejército serbocroata que sí, también zas, pero al menos con honestidad. Tan honesto fue que acabaron poniendo juntos un establecimiento de encurtidos y ahí terminó el libro. Al caer en esto, Caridad Trevejo salió tambaleando de la bañera y consiguió llamar al ciento doce. Pero el motivo de su tentativa suicida no fue exactamente esta lectura, sino una llamada telefónica que había recibido esa mañana.
En efecto, de Cefalea la llamaron para felicitarla por su trabajo y para proponerle que grabase los dos tomos que faltaban de la trilogía.
Ahora vive tan ricamente: lee microcuentos y lleva un puesto de encurtidos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

NADA ESTÁ ESCRITO


En las insufribles memorias de León Bley encontramos, sin embargo, una semblanza del laureado y consagrado poeta y miembro de la Academia Francesa Eustace Requin. El interés de las noticias que da Bley sobre Requin no se basa en la vida de éste último, sino en una fotografía hallada treinta años más tarde (en 1912): al sacar a la calle los muebles de una taberna que iba a convertirse en carnicería de caballo, entre cuentas y periódicos viejos apareció la única instantánea conocida hasta hoy del autor de Les nuits sans espoirs . Sólo conocemos su pseudónimo: Eneas Corvino, y en esa fotografía es idéntico en sus rasgos y su expresión a Requin. El descubridor de la fotografía (en realidad la compró) y del  parecido entre ambos (un librero de viejo muy tronado) se apresuró a dar la noticia y presentar su teoría: Requin y Corvino eran la misma persona. A quienes objetaban que Requin había sido un académico respetable, aunque pésimo poeta, mientras que Corvino fue un poeta maldito y reconocido noctámbulo les respondía que se trataba de un caso evidente de doble personalidad: como Jeckill y Hyde, de día era un académico aburrido y de noche un bohemio brillante; más aun: podría tratarse de heteronimia: firmaba ripios consagrados como Requin y poesía brillante como Corvino; ¿acaso no era posible? Imposible no era. Los que acudieron a intentonas forenses se vieron en un callejón sin salida pues, aunque Requin fue enterrado con honores de Estado bajo una lápida de mármol con su efigie, Corvino acabó, como se sabe, en una fosa común.
El misterio, naturalmente, tenía una explicación desalentadoramente simple: eran gemelos. Se supo a raíz de otro descubrimiento (éste en la biblioteca de la Academia Francesa): allí encontró un ratón de biblioteca la correspondencia entre Bley y Requín, que eran amigos. En una de las cartas, el pobre Bley llama a Corvino "ese infame poetastro que tiene la innoble insolencia de parecérsete"; en su respuesta, el consagrado cuenta a Bley que Corvino y él eran gemelos, hijos de un diplomático francés, que nacieron en Montevideo y vinieron a París en busca de la gloria literaria a la que su padre tuvo que renunciar en su juventud; sentencia Requin: "mi hermano la conseguirá, nosotros dos no, amigo mío". Bley le preguntaba a su amigo, en la carta siguiente, cómo llegaron a tener destinos tan dispares su hermano y él; Requin le contesta: "no fue el destino: lo echamos a suertes."

lunes, 4 de noviembre de 2013

TÚ MISMO



- ¡A un leurito! ¡Te yeva' tré' y un libro de regalo! ¡Curtura y comodidá!
El bibliófilo antañón no puede creerlo: la única traducción al francés de las Elegías amarillas, de Cavafis, gratis por la compra de tres bragas.
- ¿No se pueden comprar los libros por separado, señora? Se los compro todos.
- No señó': lo' libro', con la' braga'.
No es que el bibloófilo antañón no se de cuenta de que puede obtener un ejemplar de las Elegías por tres euros, es que sus también antañones principios le impiden dar este paso. Pero, por otra parte, los ejemplares se agotan: las clientas se los llevan con sus respectivos tríos de coloristas prendas íntimas. La señora del puesto tuvo la idea de las bragas y los libros después de varios fracasos sucesivos: primero fue "CON LA COMPRA DE TRES CALZONCILLOS REGALAMOS UN LIBRO", no se vendieron tres calzoncillos; luego, "CON LA COMPRA DE DOS CALZONCILLOS REGALAMOS DOS LIBROS", tampoco se regalaron dos libros; por fin, "CON CADA CALZONCILLO DOS LIBROS", ni por ésas. Sin embargo, hoy están a punto de agotarse las dos pilas al ritmo de las bragas, para desesperación del naftalínico bibliófilo, que al fin toma una decisión heroica:
- Déme usted tres bragas; es que son para mi señora...
"¿Es que?". ¿Cómo que "es que"? excusatio non petita, acusatio manifesta, piensa para sí la dueña del puesto, quien ve a las claras que el desastrado bibliófilo es soltero recalcitrante. Frente a la taimada sonrisa de la vendedora, el tímido hombrecillo se cohibe. La mujer finge tranquilizarlo, guasona.
- A mí no me tiene urté' que da' e'plicasión ninguna, cabayero. ¿Cuále' quiere?
Las clientas miran para el hombrecillo que confusa, difusa profusamente elige.
- Ésta, ésta y ésta.
- ¿É'ta?
- No, no, ésa no, ¡Ésta, ésta!
Mientras lo deja eligiendo, la vendedora continúa con su pregón.
- ¡A vé'! ¡Por tré' leurito'! ¡Comodidá' y curtura! ¡Animarse como'r cabayero!

viernes, 1 de noviembre de 2013

DESCUBRIMIENTO


EL JUBILADO que no tuvo adolescencia acaba de terminar La isla del tesoro. Es la primera vez que la lee y le ha fascinado; si no lo hizo antes no fue por falta de tiempo, aunque empezó a trabajar a los catorce años en la pensión de su madre, y después en toda clase de oficios, como un burro. Siempre ha leído mucho en libros prestados o en bibliotecas municipales, pero sólo cosas serias: empezó por enciclopedias de animales, pintura o grandes descubrimientos de la Humanidad (todas se las papó de cabo a rabo) siguió luego con la filosofía (a Nietzsche lo leyó mucho) y se interesó más tarde por la divulgación científica o histórica (siempre le gustó la Historia); y también ha sido siempre gran lector de periódicos. Ahora ya no lee cosas así porque ha encontrado, por fin, lo que buscaba: un lugar donde se habla del mundo real.