miércoles, 16 de octubre de 2013

LECTOR SIN FÁBULA



Abrimos hoy nuestra galería de lectores ilustres, célebres, famosos, conocidos, anónimos y de dudosa identidad con alguien a quien ya aludimos hace dos entradas: el "aspirante a intelectual", el cual en su día hubo de ausentarse de Madrid por razones que no hacen al caso. Lo conocí mucho después, cuando éste pertenecía a la plantilla del ayuntamiento de Beltraneja (provincia de Badajoz) con el empleo de basurero. Dijo llamarse Venancio Palomeque (nombre y apellido que me parecieron los auténticos, pues de ser falsos pudo haberlos escogido mejor) y vivía en una casilla con huerto a la salida de la localidad, cerca de la Puerta Romana, según se va a la estación de tren. El motivo de mi visita fue accidental y, por suerte para mí, tampoco hace al caso. Venancio era soltero y estaba próximo a la jubilación, tenía manos hechas al trabajo y gastaba gafas de cristales de culo de vaso. Mientras tomábamos vino y queso a la espera de lo que no hace al caso, advertí en la pared del fondo un par de estantes de tabla cargados con unos cuarenta libros. Venancio advirtió mi vistazo y me lo comentó masticando.
- Tenía más, pero los dejé al venirme.
- ¿Y cómo así?
- Ya ve usted, la vida.
- ¿Eran muchos, si no es mal preguntado?
- Según se mire.
- ¿Y éstos los ha ido comprando usted luego?
- No, yo no compro libros. Éstos me los encontré en el basurero dentro de una caja de cartón. Alguno que hizo mudanza y los tiró.
- ¿Puedo echarles un vistazo?
- No faltaba más.
Por este orden: Conan Doyle (tres títulos), Dos Passos (dos), Swift, Sciacia, Stephen King (cinco), Blasco Ibáñez (seis), Valle Inclán (Obras completas), Borges (tres), Agatha Christie (Selección), Thomas Mann, Ray Bradbury, Lovecraft, Curzio Malaparte, Galdós (tres)... Venancio interrumpió mi examen.
- Atrás hay más, si quiere verlos.
Efectivamente, en el pasillo que daba al huerto había pilas y pilas de volúmenes siempre maltratados.
- Me los voy encontrando en el basurero. No valen un pimiento, pero entretienen cuando haces de cuerpo.
Me sentí algo decepcionado, pues se supone que el dueño de una biblioteca venera sus libros y siente, además, respeto por los libros en general; sin embargo, al despedirme cambié el juicio pueril que me había hecho sobre él: le formulé con cierta malevolencia esa pregunta que todos los tontos hacen a alguien que les presenta su biblioteca.
- ¿Se los ha leído usted todos?
- Sí.
- ¿Y los del pasillo?
- Ésos sólo una vez.

No hay comentarios: