viernes, 18 de octubre de 2013

LA PAZ DE LA HIGUERA


El hombre de la barba ya entrecana contempla el mediodía luminoso e inspira el aire tonificante de noviembre; se encuentra frente a una ventana abierta. La deja y decide dirigirse a su sillón de lectura, junto a otra ventana, en la habitación del fondo. De camino por el pasillo quieto, y sin mirarlos, pasa la mano por los lomos de los libros alineados en un largo estante; sus dedos se cierran al azar sobre uno de ellos y mientras llega al sillón, por el tacto, el grosor y el peso intenta adivinar cuál es. Se trata de un juego pueril: los libros no son tantos y sólo puede titularse Verdadera relación de la desastrosa entrada que hizo don Diego Reygoso en busca de El Dorado, compuesta por Tomás García de Paredes. Se acomoda espalda y posaderas en el frailuno sillón, abre el libro por una página al azar y comienza la lectura: " Vino aquel año de cuarenta y cinco don Diego Reygoso, sobrino del Virrey; mozo de pocos años, mala crianza y experiencia ninguna que, luego de llegar, quiso hacer entrada en tierra de indios bravos". Mientras lee, el cielo empieza a nublarse y la luz de la mañana a perder fuerza, pero el hombre de la barba cana no se apercibe de ello ni de otra cosa ninguna; continúa su lectura durante un buen rato: "... sin aconsejarse de nadie, don Diego entró en el monte con gente poca, bisoña y tan escasa de armas como lo estaba él de sal en la mollera". Las nubes se han apretado y vuelto más que turbias; las primeras pocas gotas se estrellan contra los cristales de la ventana mientras don Diego se adentra en la espesura y las primeras refriegas, deserciones y motines se verifican: " a la vista estaba que había que dar vuelta y a priesa, y poner atención a lo que se hacía en adelante, pues estábamos todos a gran peligro". Las gotas sueltas se han convertido en feroz chubasco que azota la ventana; ahora sí que el hombre canoso se da cuenta de ello, interrumpe su lectura y observa soñador el camino, el cielo, los tejados y la gente que corre bajo el aguacero. Vuelve tras una pausa a la verdadera relación: "la mucha agua que caía de los cielos hizo crecer los ríos de tan mala manera que las pocas mulas que quedaban se nos ahogaron". La llave de la puerta gira presurosa; al principio el hombre no se apercibe de lo inminente y sigue con la lectura: "pocos escapamos al río y a los indios, y empapados salimos por fin a tierra dando gracias al Cielo de seguir vivos, habiendo alguno tan poco cristiano que también las dio de que don Diego no apareciese por parte ninguna".
- ¡Pepe!
El hombre de la barba cana, que hasta hace un momento se soñaba embarrado superviviente de un naufragio fluvial, cae ahora en la cuenta del peligro en que se encuentra. Frente a él, en la puerta de la habitación, está su mujer empapada, hermosa y furibunda; el marido culpable traga saliva y trata de adelantar una inútil explicación. Ella toma aire y le hace la pregunta.
-¿Has recogido la ropa?  

miércoles, 16 de octubre de 2013

LECTOR SIN FÁBULA



Abrimos hoy nuestra galería de lectores ilustres, célebres, famosos, conocidos, anónimos y de dudosa identidad con alguien a quien ya aludimos hace dos entradas: el "aspirante a intelectual", el cual en su día hubo de ausentarse de Madrid por razones que no hacen al caso. Lo conocí mucho después, cuando éste pertenecía a la plantilla del ayuntamiento de Beltraneja (provincia de Badajoz) con el empleo de basurero. Dijo llamarse Venancio Palomeque (nombre y apellido que me parecieron los auténticos, pues de ser falsos pudo haberlos escogido mejor) y vivía en una casilla con huerto a la salida de la localidad, cerca de la Puerta Romana, según se va a la estación de tren. El motivo de mi visita fue accidental y, por suerte para mí, tampoco hace al caso. Venancio era soltero y estaba próximo a la jubilación, tenía manos hechas al trabajo y gastaba gafas de cristales de culo de vaso. Mientras tomábamos vino y queso a la espera de lo que no hace al caso, advertí en la pared del fondo un par de estantes de tabla cargados con unos cuarenta libros. Venancio advirtió mi vistazo y me lo comentó masticando.
- Tenía más, pero los dejé al venirme.
- ¿Y cómo así?
- Ya ve usted, la vida.
- ¿Eran muchos, si no es mal preguntado?
- Según se mire.
- ¿Y éstos los ha ido comprando usted luego?
- No, yo no compro libros. Éstos me los encontré en el basurero dentro de una caja de cartón. Alguno que hizo mudanza y los tiró.
- ¿Puedo echarles un vistazo?
- No faltaba más.
Por este orden: Conan Doyle (tres títulos), Dos Passos (dos), Swift, Sciacia, Stephen King (cinco), Blasco Ibáñez (seis), Valle Inclán (Obras completas), Borges (tres), Agatha Christie (Selección), Thomas Mann, Ray Bradbury, Lovecraft, Curzio Malaparte, Galdós (tres)... Venancio interrumpió mi examen.
- Atrás hay más, si quiere verlos.
Efectivamente, en el pasillo que daba al huerto había pilas y pilas de volúmenes siempre maltratados.
- Me los voy encontrando en el basurero. No valen un pimiento, pero entretienen cuando haces de cuerpo.
Me sentí algo decepcionado, pues se supone que el dueño de una biblioteca venera sus libros y siente, además, respeto por los libros en general; sin embargo, al despedirme cambié el juicio pueril que me había hecho sobre él: le formulé con cierta malevolencia esa pregunta que todos los tontos hacen a alguien que les presenta su biblioteca.
- ¿Se los ha leído usted todos?
- Sí.
- ¿Y los del pasillo?
- Ésos sólo una vez.

sábado, 5 de octubre de 2013

ELEMENTAL

Sherlock Holmes fue un hijo no deseado por su autor. Al año de crearlo, y aunque se vendía bastante bien, Conan Doyle escribió a su madre diciéndole que había decidido matarlo porque le estaba ocupando demasiado tiempo, que necesitaba para cosas más importantes; la buena señora se lo desaconsejó con el certero argumento de que la gente se lo iba a tomar muy mal. Por el momento hizo caso a su madre, seguramente porque Sherlock le estaba dando ingresos, pero unos diez años después, cuando el detective ya tenía una muchedumbre de seguidores en Londres, el desnaturalizado padre decidió acabar con él definitivamente, y así lo hizo en El problema final. Poco después, su casa se vio desbordada por las cartas de lectores que en algunos casos hacían votos por la resurrección de su héroe, en otros rogaban su vuelta al servicio activo y en algunos llegaban al insulto e incluso a la amenaza; se dice que incluso los hubo que llevaban por la calle una escarapela negra en el sombrero, en señal de luto. Al principio, Sir Arthur (que todavía no era Sir) no cedió y sólo se plegó a escribir una nueva entrega (El perro de los Baskerville) fechándola antes de El problema final, pero acabó dando su brazo a torcer y lo resucitó en La casa vacía, afortunadamente para su posteridad, porque Sherlock Holmes es lo único que ha quedado de él, aunque escribió muchas más cosas (algunas verdaderamente buenas) e inventó muchos otros personajes, que se quedaron por el camino. 
Tal vez (sólo tal vez) Holmes hubiera acabado igual que los otros hijos de Sir Arthur de no haber sido por el cine, y vamos a su poner que eso fue lo que ocurrió: no se hicieron películas sobre sus aventuras y Sherlock ocupó una tumba en el inmenso cementerio de personajes de misterio y terror victoriano; en ese caso la novela de detectives no sería la misma, la novela negra tampoco y lo mismo le ocurriría al mundo. Y ahora pensemos en cuántos personajes han quedado olvidados de esta manera, y pensemos también en qué habría pasado si un guionista hubiese leído por casualidad una novelita y hubiese hecho un guión y todo lo demás y ahora el protagonista de la novelita fuese eso que se llama un icono de nuestra amada civilización occidental.
- Habría ocurrido que el mundo sería distinto.
- ¿Distinto de éste, querido Watson?
- Este no existiría, Holmes.