viernes, 23 de agosto de 2013

MUESTRA DE URBANIDAD

Supongamos que la literatura es una ciudad. Tiene que ser una gran ciudad, porque si no estaríamos hablando de literatura nacional, gran literatura, pequeña literatura, literatura de este género o aquél o cosas por el estilo, que nada tienen que ver con la literatura. Una gran ciudad, entonces.
Toda gran ciudad tiene algo así como satélites, que no son del todo independientes pero tampoco forman parte del casco urbano: las rectilíneas urbanizaciones; tiene también polvorientas chabolas hacinadas, descampados y solares con sus escombreras, yerbajos, cagadas y pedregullo; tiene sonámbulos barrios obreros donde sólo los niños pueden reír con ganas; tiene aún barrios populares que se defienden como pueden, donde las noches resuenan con los ladridos de los perros sueltos y las trifulcas de la fauna nocherniega; tiene también la gran ciudad, en su otra punta, barrios elegantes de vecinos propietarios y aferrados, medrosos, envejecidos, que por miedo a quién sabe qué asechanzas apenas salen a la calle, porque la compra ya se la hacen las mucamas; tiene amplias avenidas, edificios de oficinas, centros comerciales de todos los pelajes, estatuas (ecuestres o no), monumentos históricos y museos y fundaciones y colegios de abogados, de médicos, ingenieros, farmacéuticos, veterinarios; tiene igualmente palacios linajudos ahora ocupados por subsecretarías, tiene solemne catedral e histórica, pomposa plaza mayor y muchas otras plazas, plazuelas, rincones amenos y otros con olor a meados rancios; tiene junto a su relamido centro histórico algún barrio viejo que se viene abajo de municipal incuria, sólo habitado ya por los últimos yonkis de la Vieja Guardia, por okupas numantinos, coloristas alternatas y vecinas heroicas con gato; alberga este barrio los también últimos bares de chulos. Tiene la gran ciudad, en fin, transeúntes solapados, comisarías al acecho, parejas ajenas al mundo, gorriones enajenados y palomas y parques y jardines con sus  jubilados; tiene recuas de turistas y bordillos y papeleras y escaparates y autobuses y mendigos y bancos. Tiene, acaso, alma.