viernes, 26 de julio de 2013

NO PUDE RECHAZAR SU OFERTA

Donde había estado la Torre de Marfil se levanta hoy un supermercado. Lo visité cuando se inauguró, invitado por la dirección, pero no he querido volver: por fuera es inexorablemente geométrico, inmenso, con un amplio aparcamiento y demás; por dentro aparece todo iluminación, música sedante y tentadoras ofertas desde su megafonía.  Cuando estuve allí firmando mis Obras Completas por fin publicadas (de ahí la invitación) tuve que escuchar, mientras rubricaba dedicatorias, que se recordaba a los señores clientes que el kilo de cordero lechal estaba a tanto y los botes de tomate triturado o los de pimientos belgas estaban a tres por dos. Recuerdo que Amparito (mi señora) desapareció durante la firma y sólo volví a verla al final, cargada con dos bolsas repletas de botes de tomate y de pimientos. Luego nos dirigimos a nuestro coche y Amparito condujo hasta llegar a nuestro cómodo chalé en La Salvajosa.
Yo fui el último de los habitantes de la Torre que accedió a vender. Ya entonces estaba casi en ruinas, prácticamente inhabitable, y el resto de los que vivían todavía en ella (infectos poetastros con los que no me hablaba) se rebajaron pronto a aceptar las risibles condiciones económicas que les arrojaba la Empresa como migajas o, en el caso de los menos miserables, cedieron a la vileza del ejecutivo que fue visitándolos uno a uno con la oferta añadida de editar sus infectas Obras Completas. Yo no caí en semejante argucia, pues no soy hombre que se venda a cambio de ver sus versos en triste letra de molde, pero el chantaje y la traición me obligaron a doblegarme finalmente. Una tarde, el tal ejecutivo llamó a mi puerta llamándome Maestro y asegurando ser un ferviente admirador de mi obra. Venía disfrazado, yo no sabría decir de qué.
- No fastidie, joven.
- Se lo aseguro, Maestro.
Amparito, sin mi autorización, le rogó que entrase y nos sirvió café. Tras unos momentos de conversación, el ejecutivo disfrazado de lector reiteró la oferta de la Empresa, que desde luego yo rechacé; añadió un  chalé (este chalé) y un automóvil (nuestro actual automóvil) pero ni aun así consiguió sus propósitos. Amparito iba y venía en silencio. Fingiendo darse por vencido, con mucha cortesía iba a despedirse de mí el reptil para marcharse, cuando extrajo de su cartera de mano el fatídico ejemplar.
- ¿Tendrá la bondad de dedicármelo, Maestro?
Confieso que palidecí. Cincuenta años antes, aquel engendro, aquel error de juventud, aquel informe amasijo de ripios infames había sido retirado de las librerías por el propio editor, bajo la celosa supervisión de Amparito, a una fulminante orden mía: era indigno de mi pluma ¿Cómo había conseguido un ejemplar aquel botarate? Traté de aparentar despectivo aplomo.
- Ese libro no es mío, joven.
El taimado canalla sonrió, sibilino.
- Claro que sí, Maestro: su nombre figura bajo el título.
- Sí, pero lo repudié en su día como a esposa infiel.
- Tal vez, pero es suyo.
Y entonces volvió a insistir en su oferta por mi casa y en publicar mis Obras Completas, solo que en papel ahuesado mediante la prestigiosa Editorial Cefalea. Cualquier otro hubiera cedido, pero no así yo: me negué una vez más. Por toda respuesta, el ominoso ejecutivo esgrimió ante mis narices el fatídico ejemplar.
- Entonces, Maestro, añadiré esto: si acepta nuestra oferta no lo publicaremos.