viernes, 3 de mayo de 2013

DEJADAS EN PAZ

Desde que Mambrú se fue a la guerra en el palacio se respira. A pesar del descanso que ha dejado, la joven duquesa vive angustiada a diario por la posibilidad de que en cualquier momento vuelva su temido esposo, aunque las noticias de los frentes (carnicerías absurdas, una detrás de otra) y el hecho de que sus amigas vayan enviudando la tranquilizan un poco. Una vez pasados los primeros meses, las criadas, que se han librado de los asedios por el día y de los asaltos nocturnos, canturrean dichosas en sus quehaceres durante estos primeros días de primavera; esto es así hasta la tregua de Pascua, en que todas se echan a temblar.
- Si vuelve por la Pascua, mire usted qué gracia.
- Y tanto.
Sólo una vez pasada la Trinidad (en que se firma la Paz de Lamerde y las fronteras vuelven a estar como si nada hubiera pasado) se hace presente de nuevo la inquietud, pero transcurridos los meses y llegado el otoño se hace evidente que Mambrú no vuelve ya. En uno de esos pocos días luminosos de octubre, ama y criadas celebran una alegre merienda campestre. Al llegar al palacio, el hombre roto y cojo lo encuentra vacío, excepto por el mayordomo y un mozo de cuadras que se ocupa, como todas las tardes, de almohazar la yegua de su joven señora.

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