viernes, 15 de febrero de 2013

ARTE DE AMAR

El sol se ha puesto hace rato y cada vez que un parroquiano abre la puerta entra con él el aliento de la helada.. La pequeña pantalla, a la que nadie atiende salvo la Remedios, se hace eco del rumor según el cual la luna tiene amores con un calé y toítas las noches con el gitano se ve.
- ¡Arrastro!
- ¡Su puta madre!
Desde el otro lado de la barra, la Remedios se impone suavemente a los mozos.
 - A ver esa boca.
No hace falta más. Claudio y Antonino agachan las orejas y siguen con las cartas, es lo mejor.
En un extremo de la barra de madera brillante e impecable hay un nombre grabado a navaja: Horacio y, a su lado, una depresión semicircular de bordes suaves y gastados por el tiempo, formada por: las huellas que dejaron allí, al clavarse, los cuatro incisivos superiores del Horacio Maniqueo. Están ahí desde el día de la inauguración del bar, hace diez años. La Remedios era una muchacha tan tímida y sentimental como ahora, y también tan fornida, aunque un poco menos paciente. Entre el barullo general por la tarde de vino de balde, la muchacha vio al Maniqueo (que entonces tendría veinticincinco años), con la cabeza casi sobre la navaja, grabando su nombre en la reluciente, nueva, cara, sagrada madera. No avisó a su madre, sino que fue derecha hacia él, a quien tampoco avisó: le puso la mano en la nuca y de un empellón seco le clavó los dientes en la barra. La Remedios sigue soltera, cierto, pero también lo es que no hay ninguna otra muesca o señal de deterioro en todo el local.
Con el aliento de la helada entra un forastero ajeno a su destino. La Remedios ha vuelto a atender a la pequeña pantalla, y escucha absorta que qué bonita está la luna con su cara enamorá.