sábado, 15 de diciembre de 2012

Nada que ver

Ésta era la frase de reclamo de aquel lugar, cuyo nombre encontré en una lista turística de rutas rurales de una sección cultural de un semanario dominical de un periódico nacional, no recuerdo cuál. Y, efectivamente, a primera vista no había nada que ver; recorrí los alrededores sin resultado  monumental ni paisajístico alguno: se trataba de un lugarejo más, con techos de uralita sobre casas desvencijadas en medio del páramo; los vecinos a los que pregunté no supieron darme motivos para permanecer allí, de manera que iba a meterme en el coche para volverme por donde había venido cuando reparé en el único bareto. Entré en su penumbra con olor a lejía y desde detrás de su barra fui mirado por mi destino: aquellos ojos verdes.

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