domingo, 2 de septiembre de 2012

EMPEZAMOS BIEN

La inmensa nave que transporta un nutrido contingente de seres pertenecientes a una civilización vertiginosamente superior a la nuestra entra por fin en la atmósfera terrestre y se dirige al lugar que ellos, tras siglos de vigilancia minuciosa y sesudas consideraciones, consideran el centro neurálgico de la Tierra: Madrid. Y, en Madrid, al lugar que piensan ser su verdadero motor: el estadio Vicente Calderón.
Se celebra a pinaltis el momento definitivo de la final de la Copa del Rey cuando la nave antes mencionada se situa en la exacta vertical del estadio, oscureciendo la ciudad desde el paseo de Pontones hasta Marqués de Vadillo. De la nave nodriza desciende otra, de dimensiones mucho más modestas, que levita a un metro sobre el césped abarcando la distancia que separa los puntos de penalti. En este momento, los mercenarios extranjeros de ambos equipos huyen a los vestuarios y los canteranos se retiran a sus respectivos banquillos. Su Majestad, desde su palco, no da crédito; es consciente de su deber, de que es el representante de la Nación ante el mundo (en este caso, ante la galaxia), pero no se le ocurre qué decir. En las gradas se ha hecho el silencio. De la parte superior de la nave surge un gigantesco holograma donde un tiparraco no muy de fiar emite un mensaje de paz, fraternidad y así.
No será el rey quien le responda, será, como siempre, la voz de uno de los cincuenta y seis mil celtíberos qu reodean al artefacto: de repente, se oye el ronco clamor de una trompeta de plástico y, acto seguido el grito que resume todos los gritos, el que inflama el corazón de cada uno del los presentes,  el que Su Majestad siempre lamentará no haber pronunciado:
- ¡Hiiiijooooopuuuuuuuutaaaaaaaa!