viernes, 13 de julio de 2012

Todos a la horca

El hombre endurecido por diez años de exilio se encuentra de nuevo, disfrazado de mendigo, en el que fue su reino. Su avieso hermano se lo arrebató sin piedad, y hubiese acabado con su vida de no haber él huido a uña de caballo. No era un país próspero el que dejó, ni grande, ni bien relacionado, pero era el suyo, es decir, de su propiedad: cada habitante, cada bosque, colina, árbol, piedra, casa, embarcación le pertenecían y ahora es su astuto hermano quien posee con fraudulencia el reino. Por fortuna, hay algunos hombres (y uno más) que han conservado la fidelidad debida a su padre y le aguardan a él para que levante al pueblo contra el miserable usurpador; en este momento, el falso mendigo se encamina al lugar en que esos hombres le esperan, pero se encuentra atónito.
Ha desembarcado esta mañana en el que diez años antes era un minúsculo puerto en la desembocadura embarrada de un río y ahora, una vez dragado y construidos muelles, dársenas y almacenes, es un amplio lugar donde los barcos de más que mediano calado comercian y traen y llevan pieles y marfil y esclavos; luego ha tomado el antaño polvoriento o anegado camino de la corte, que es ahora una vía embaldosada con numerosas desviaciones que llegan a todas partes y cruza canales y campos bien labrados, y cuando por fin llega a las que él recordaba ruinosas murallas de la Corte, ha visto alzarse ante sí... bueno, en una palabra: prosperidad.
Pero nada de todo esto le ha hecho reflexionar todavía; recapacitará, en cambio, cuando se encuentre frente a los rostros verdosos de los hombres que fueron despojados como él de sus legítimas propiedades y esperan que de nuevo florezca aquella mierda.

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