viernes, 13 de abril de 2012

PASCUA

Qué alegría cuando me dijeron que se iban a la casa del Señor. Qué alegría y qué descanso, por fin se fueron, anda ya con Dios, y tanta paz lleven como descanso dejan. Familia o no familia, no dejaban de ser nueve huéspedes (mi cuñado, mi hermana, sus cinco hijos y sus suegros, además de los cuatro burros en los que han venido, que casi han estado comiendo más que ellos, que los nuestros van a pasar el verano a media cebada por lo que se llevaron comido las acémilas forasteras en la semana que se quedaron aquí). Como una plaga de langosta han sido. Y luego los críos comiendo como limas y revolviéndomelo todo, que las gallinas no me van a poner huevos en dos meses, por lo asustadas que me las han dejado y las carreras que les han metido en el cuerpo, persiguiéndolas como si no hubieran visto otras en su vida. Es lo que tiene vivir en ciudades. A estas horas ya estarán pisando sus pies los umbrales de Jerusalén,que está fundada como ciudad bien compactada, por lo que dicen, porque yo no he ido nunca y eso que éste me está siempre dando la murga con que vayamos. Digo mi marido.

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