sábado, 31 de marzo de 2012

NO HAY CALAMIDAD QUE NO ME RONDE

Para Carlos Gutierre

Es de noche. Es agosto. Es Madrid.
El hombre de las piernas torcidas camina por la calleja adelante mientras se oyen ladrar los perros en las huertas, respondiéndose unos a otros más por aburrimiento que por otra cosa. Los vecinos de bien duermen, y dormirán hasta que salga el sol; y entonces vuelta a empezar. No hay más luz que la de la luna.
El hombre de las piernas torcidas -que no es hombre de bien, sino buen bebedor de mala capa y sagaz espada- va pensando en algo que rime con "mientes". El soneto se lo han encargado para mañana y tiene que aparecer con él a la hora en que el Conde-Duque salte de la cama y se tome el chocolate: a eso de las siete y media. Se le han ocurrido muchas cosas que riman con "mientes": sientes, lentes, gentes, calientes, dolientes, valientes, corrientes... pero todas son flojas, ninguna le convence y, lo que es peor, ninguna le llama la atención. No, así no vamos a ninguna parte.
El primer palo le da de lleno en la mano derecha, por lo que el hombre de las piernas torcidas no podrá hacer uso a la espada; todos los demás estacazos, excepto el segundo, le llueven sobre las costillas, y los dos gañanes que lo apalean solamente lo dejan cuando le han dado quince: ni uno más, porque cobran a tanto el trancazo. El segundo palo -del que no nos olvidamos- le ha partido la boca y le proporciona de este modo, mientras los gañanes echan a correr, la palabra que estaba buscando: dientes.

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