sábado, 31 de marzo de 2012

NO HAY CALAMIDAD QUE NO ME RONDE

Para Carlos Gutierre

Es de noche. Es agosto. Es Madrid.
El hombre de las piernas torcidas camina por la calleja adelante mientras se oyen ladrar los perros en las huertas, respondiéndose unos a otros más por aburrimiento que por otra cosa. Los vecinos de bien duermen, y dormirán hasta que salga el sol; y entonces vuelta a empezar. No hay más luz que la de la luna.
El hombre de las piernas torcidas -que no es hombre de bien, sino buen bebedor de mala capa y sagaz espada- va pensando en algo que rime con "mientes". El soneto se lo han encargado para mañana y tiene que aparecer con él a la hora en que el Conde-Duque salte de la cama y se tome el chocolate: a eso de las siete y media. Se le han ocurrido muchas cosas que riman con "mientes": sientes, lentes, gentes, calientes, dolientes, valientes, corrientes... pero todas son flojas, ninguna le convence y, lo que es peor, ninguna le llama la atención. No, así no vamos a ninguna parte.
El primer palo le da de lleno en la mano derecha, por lo que el hombre de las piernas torcidas no podrá hacer uso a la espada; todos los demás estacazos, excepto el segundo, le llueven sobre las costillas, y los dos gañanes que lo apalean solamente lo dejan cuando le han dado quince: ni uno más, porque cobran a tanto el trancazo. El segundo palo -del que no nos olvidamos- le ha partido la boca y le proporciona de este modo, mientras los gañanes echan a correr, la palabra que estaba buscando: dientes.

viernes, 16 de marzo de 2012

MEDICINA ALTERNATIVA

Hace un minuto que ha acabado la visita médica de todas las mañanas. De la habitación 134 sale el hombre de gafas impolutas y poblado bigote que lleva el fonendoscopio colgado con naturalidad: de manera indolente pero no desequilibrada. Del bolsillo superior de su bata cuelga la tarjeta con el logo del hospital; en ella consta el nombre de Tzevan Pokorny y las siglas que lo identifican: FV (Facultativo Visitante). Lleva aquí un mes y se conoce el macroedificio como la palma de la mano: de los pasillos a las cocinas, de los ascensores a los despachos, de los almacenes a los quirófanos. En muchas ocasiones ha guiado a visitas que se habían perdido, y una vez ayudó a encontrar la salida a una anciana que llevaba toda la mañana dando vueltas por las plantas, entrando y saliendo en ascensores y cosas así. Se pasea lentamente por todas partes mirando, preguntando, charlando con médicos, médicas, enfermeros, enfermeras, administrativas, administrativos y pacientes en un castellano torpón. Todo el mundo comprende que, al no conocer las costumbres, tome asiento -por ejemplo- en una habitación cualquiera y se ponga a escuchar las conversaciones de los familiares y allegados que están junto al lecho del postoperado, o haga preguntas impertinentes -pero muy bien fundadas- a un neurólogo sobre si conviene o no suministrar veinticinco miligramos de izopropianol.
- Io contzidero ke tzería meior siuministriar treinta, o no siuministriar nata in absioluto ¿Sí, doktor?
- Pues no.
- Vale, doktor... Tchitchiaro.
- Chicharro.
Nunca come en la cafetería, pero se pasa a menudo por allí para tomar un café y meter baza en las conversaciones y los corrillos de las enfermeras, que se ríen mucho con su acento, sus ocurrencias y sus preguntas. Suelen hacerle ojitos.
En un momento dado toma un ascensor y sube a la quinta planta. Al llegar gira a su izquierda y enfila el pasillo del ala de Psiquiatría hasta llegar a la habitación 134.
Una vez dentro cierra la puerta. El paciente de la cama que está junto a la ventana lo saluda.
- ¿Qué tal ha ido hoy?
- Bien, Cayetano, bien.
Cayetano está preocupado por su amigo y también por él mismo.
- Un día te van a pillar.
- ¿Y qué me van a hacer?
- Tú no conoces a esta gente. Son capaces de darnos el alta.

martes, 6 de marzo de 2012

PROGRAMA RURAL

la televisión es el pozo del pueblo