sábado, 25 de febrero de 2012

JERG@S (I)

MODELO: si la autoridad lo permite y el tiempo no lo impide.

JERGA ADMINISTRATIVA: en el caso de que los responsables autorizados para ello den su preceptivo visto bueno a la solicitud de realización del evento en aplicación de la legislación vigente y las condiciones meteorológicas previas no se prevean adversas al normal desarrollo de la actividad.

miércoles, 15 de febrero de 2012

MAL RAYO TE PARTA, CORRECTOR DE ESTILO

Júzguese si no es para menos:
ANTES
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

DESPUÉS
Recuerdo que cuando estuve destinado en un pueblo cercano a Ciudad Real, hará unos diez o doce años, tuve ocasión de conocer a un peculiar caballero: andaría el hombre (Don Alonso Quijada, creo recordar que se llamaba) por los cincuenta años y se ufanaba de mostrar a todo el que quisiera verla una ejecutoria de hidalguía -que no era otra cosa que un pergamino ilegible, por estar lo escrito ya comido del moho. En el casi desnudo salón de su casa no tenía otros muebles -aparte de la mesa camilla y dos inestables asientos- que una solitaria lanza colocada en un carcomido astillero y una viejísima adarga de cuero mordida por los largos siglos que debía de llevar allí. Se paseaba a menudo don Alonso por los alrededores, muy de mañana, montado en un caballejo todo él huesos y pellejo, seguido por un galgo algo más lucido que le corría las liebres en el otoño.

miércoles, 1 de febrero de 2012

SE ES O NO SE ES

Sólo falta mi firma y la fusión estará hecha. Me aparto de la mesa de reuniones y me acerco al ventanal, dándoles la espalda. A lo lejos, los picos nevados del Guadarrama; doce pisos por debajo de mí, el tráfico de la Castellana.
La fusión me hará rico y me permitirá disfrutar de todo mi tiempo, pero eso significará dejar de ganar dinero, que es lo único que realmente me gusta: no quiero firmar este acuerdo, sino otro.Los cinco pares de ojos ansiosos y despiadados que me miran por la espalda no están dispuestos a ceder; llevamos toda una semana de negociaciones inútiles, y hoy es la fecha límite. Sin embargo, me queda una última finta: me vuelvo hacia ellos y los miro resignadamente, como quien ya ha tomado la decisión de aceptar. Estoy convincente. Les propongo comer algo antes. Titubean. Miran los relojes. ¿En la cafetería? Nada de eso, he mandado que nos suban algo. ¿Algo? Sí, algo. Recelosos, pero obligados por la franqueza de mi sonrisa, se ven forzados a pasar al salón contiguo, donde nos espera una mesa dispuesta con todo despliegue de cubertería y una fuente de acero, con tapa, en el centro.
Terminada la comida, dos horas después, el director general del Grupo, entre estertores, a punto de sucumbir, firmó lo que le quise poner delante. Y todo ello gracias a mi firmeza, mi cordialidad, mi negativa a que abandonasen la ocasión de paladear lo que el sobrio camarero les iba sirviendo: manjares que sería imperdonable rechazar. "Eso no puede quedar ahí", era la frase que yo prefería para insistirles. No,no piensen eso de mí: no fue una tortura, no una vileza torpe. Sencillamente puse a prueba su ser o no ser dándoles a disfrutar un regio cocido.