sábado, 14 de enero de 2012

LA CULTURA DEL DESPILFARRO

Los krahn de Borneo se vieron obligados a interrumpir su tradicional antropofagia en 1918, debido a una lamentable indiscrección administrativa. El caso fue que el agente de la Brithis North Borneo Company en Lubok Antu tuvo noticia de tal práctica y envió un informe relativo a ella al gobernador británico en Singapur; tal documento llegó increíblemente lejos y, lo que podía haber sido un papel insignificante que ocuparía su lugar en una pila en un despacho igualmente carente de sentido, tuvo incluso su repercusión en la prensa, con el revuelo de esperar y la toma de medidas correspondiente. Como resultado de todo ello, el agente de la Compañía en Lubok recibió el encargo más o menos oficial de que procurase erradicar tan incivil práctica en el territorio bajo su jurisdicción.
El tal agente era un australiano cuyo nombre no hace al caso. Con un guía y una Max&Wesson remontó el río Umu y llegó hasta un conjunto de tejados provisionales habitado por krahns. Esta gente siempre había tenido trato comercial pacífico con todos cuantos forasteros habían gobernado o intentado gobernar por allí (malayos, chinos, españoles, portugueses, holandeses e ingleses, entre otros) y no era en absoluto peligrosa; su costumbre de comer carne humana se debía a la falta de alimento consistente (es decir, proteínico) de aquellas junglas, problema que ellos resolvían comiéndose a los enemigos muertos en combate. Como quiera que los krahn siempre estaban en guerra con sus vecinos, el suministro estaba asegurado.
Tenemos una idea un tanto ingenua y primitiva de esta clase de antropofagia. Al contrario de lo que se ve en las películas de Tarzán, los comedores de carne humana no la consumen, digamos, en fresco: la ahúman y van añadiéndola a su dieta vegetariana habitual como complemento. Aunque el australiano llevaba más de quince años viviendo por allí, el canibalismo seguía pareciéndole una práctica digna de censura, y así se lo hizo saber a la anciana Pahn Dai, matriarca de aquel grupo, mientras los dos fumaban los puros que había traído el agente en la mochila y comían cecina, cuya procedencia nunca llegó a conocer el funcionario. En un momento dado, después de haber escuchado pacientemente la reprimenda del australiano, La anciana le preguntó si los ingleses no hacían guerras. Precisamente, unos meses antes se había desatado al otro lado del planeta (al este de Reims) la que sería después conocida como Segunda Batalla del Marne, una ofensiva en la que cuarenta divisiones del ejército alemán habían intentado inútilmente partir en dos la línea defensiva de las trincheras aliadas; su consecuencia más destacable consistió en unos doscientos ochenta mil muertos entre alemanes, franceses, italianos, norteamericanos, ingleses, hindúes, neozelandeses y australianos, entre otros. El agente le contestó a Phan Dai que naturalmete las hacían, pero de un modo civilizado.
- ¿Civilizado? ¿Qué quieres decir?
- No nos comemos a los muertos.
La matriarca parecía confusa; meditó largamente las palabras del australiano mientras masticaba la cecina y daba lentas bocanadas. Cuando terminó el puro, volvió a tomar la palabra.
- ¿Por qué no os coméis a los enemigos muertos? No lo entiendo.
- No tenemos esa costumbre.
- Entonces... ¿para qué los matais?

No hay comentarios: