sábado, 21 de enero de 2012

EL PESO DE LA NADA

Saliendo a zancadas del Lincoln del 76, arrastrándola, el asesino obliga a la chica a seguirlo al interior de la Vieja Fábrica Abandonada (en adelante, VFA). Apenas han desaparecido por la puerta cuando llega envuelto en una polvareda el Buick del detective Jack Mc Cormick, que los venía persiguiendo en solitario; el detective penetra por una puerta lateral. Fuera sólo hay polvoriento desierto bajo el sol cegador, pero dentro todo es oscuridad, salvo por los rayos que se filtran desde los agujeros del techo de cinc y las destruidas claraboyas. No tarda en empezar el tiroteo. Por otra puerta, en ese mismo momento, los tres narcotraficantes vagamente hispanos que han conseguido escapar de cierta redada, armados hasta los dientes, irrumpen en la VFA y se hacen fuertes tras unos depósitos, preparándose para la entrada del equipo SWAT, que ya está tomando posiciones. En esos mismos instantes, el asesino profesional bielorruso que ha fracasado en su intento de asesinar a la embajadora de Ucrania; ha sido herido en una pierna durante el tiroteo en la exposición de macramé abstracto y se arrastra hasta la maquinaria oxidada dejando un rastro de gotas de sangre que podrá seguir la teniente Hightower, que llega al exterior en este momento, hasta dar con él.

Dentro de la VFA reina la confusión: los narcos creen que el detective Mc Cormick les hace objeto de sus disparos, confundiéndolo con uno de los del SWAT, por lo que responden al fuego con toda su artillería, sorprendiendo al pobre detective, que solo tiene su revólver de cañón corto. El asesino perseguido por Mac Cormick ha aprovechado la circunstancia para huir, arrastrando del brazo a la chica y saliendo con ella por una puerta trasera (inexplicablemente abierta) para encontrarse con la teniente Hightower, que lo detiene en cumplimiento de su deber (ya que el asesino lleva secuestrada a una civil), aunque lamentando esta distracción. En ese preciso momento, tres miembros del SWAT se deslizan desde el techo con drizas y arneses, mientras los otros cuatro entran en el recinto por sendas puertas. El bielorruso bastante tiene con lo suyo para abrir fuego y prefiere mantenerse a la espera, pero uno de los de la segunda oleada del SWAT lo descubre agazapado tras una carterpillar, le apunta y le conmina a darse preso, por lo cual recibe un disparo en el chaleco antibales, lo que revela la posición del profesional bielorruso a la teniente Hightower (que ya había esposado al asesino y había dejado a la civil, con una manta por encima, en una oportuna ambulancia), la cual se dirige hacia él disparando y se encuentra con Mc Cormick, quien ya había agotado su munición y se estaba rindiendo a un miembro del SWAT. Los narcos, viéndose ninguneados, ya van a marcharse cuando se topan con la teniente, que por instinto profesional abre fuego sobre ellos, alcanzando al jefe en el lóbulo de la oreja izquierda, mientras que sus secuaces repelen el ataque disparando a la teniente a quemarropa, inverosímilmente sin acertarle con ninguno de los cuarenta y siete proyectiles expelidos por sus automáticas.
En este momento de confusión, un cuatro por cuatro conducido por un ama de casa enfurecida irrumpe en la VFA en busca de su marido, y se lanza a bulto sobre los delincuentes en general, atropellando a los narcos y al bielorruso, que pretendía huir del recinto. Finalmente, todos los criminales son detenidos y llevados al exterior, donde se les esposa.
Pero sucede que a los del SWAT se les había ordenado detener a tres hombres armados y en la VFA han encontrado a cinco, por lo que no saben cuál es cuál; el detective Mc Cormick no pertenece a la policía, de manera que no puede reclamar al asesino que perseguía al cual, además, ya ha detenido por secuestro la teniente Hightower, quien al pertenecer al FBI, y mientras sus jefes no confirmen su identidad, no tiene jurisdicción aquí.

En ese momento se oye a través del megáfono la voz calmada del director, que ordena cortar y concede media hora para comer. En ese mometo, el director se despierta sobresaltado, sudando a chorros, y descubre que se ha quedado dormido leyendo el guión con la televisión encendida. En ese momento, el director dice cortencortencorten, se levanta tenso de su silla y se acerca al actor que hace de director que suda a chorros y le dice que muy bien, que el momento de abrir los ojos ha estado muy bien, pero que al mirar a su alrededor no se le ha visto todo lo desorientado que debe estar. Y en este preciso momento se ha ido la luz, apagándose en consecuencia el vídeo donde estaba yo poniendo la película de cine independiente anteriormente descrita, y he oído a mi alrededor voces de vecinos incomodados por el apagón, que al parecer ha sido general; en la oscuridad, mis ojos han tenido tiempo de acostumbrarse a la falta de luz y he apreciado la claridad de la luna que entra por la ventana abierta (es verano, el aire de la madrugada es templado, no se oye nada ahora, podría pasarme así hasta que salga el sol).
En este momento vuelve la luz, se enciende nuevamente la pantalla y me descubro sin el valor necesario y suficiente para coger el aparato y tirarlo por la ventana.

sábado, 14 de enero de 2012

LA CULTURA DEL DESPILFARRO

Los krahn de Borneo se vieron obligados a interrumpir su tradicional antropofagia en 1918, debido a una lamentable indiscrección administrativa. El caso fue que el agente de la Brithis North Borneo Company en Lubok Antu tuvo noticia de tal práctica y envió un informe relativo a ella al gobernador británico en Singapur; tal documento llegó increíblemente lejos y, lo que podía haber sido un papel insignificante que ocuparía su lugar en una pila en un despacho igualmente carente de sentido, tuvo incluso su repercusión en la prensa, con el revuelo de esperar y la toma de medidas correspondiente. Como resultado de todo ello, el agente de la Compañía en Lubok recibió el encargo más o menos oficial de que procurase erradicar tan incivil práctica en el territorio bajo su jurisdicción.
El tal agente era un australiano cuyo nombre no hace al caso. Con un guía y una Max&Wesson remontó el río Umu y llegó hasta un conjunto de tejados provisionales habitado por krahns. Esta gente siempre había tenido trato comercial pacífico con todos cuantos forasteros habían gobernado o intentado gobernar por allí (malayos, chinos, españoles, portugueses, holandeses e ingleses, entre otros) y no era en absoluto peligrosa; su costumbre de comer carne humana se debía a la falta de alimento consistente (es decir, proteínico) de aquellas junglas, problema que ellos resolvían comiéndose a los enemigos muertos en combate. Como quiera que los krahn siempre estaban en guerra con sus vecinos, el suministro estaba asegurado.
Tenemos una idea un tanto ingenua y primitiva de esta clase de antropofagia. Al contrario de lo que se ve en las películas de Tarzán, los comedores de carne humana no la consumen, digamos, en fresco: la ahúman y van añadiéndola a su dieta vegetariana habitual como complemento. Aunque el australiano llevaba más de quince años viviendo por allí, el canibalismo seguía pareciéndole una práctica digna de censura, y así se lo hizo saber a la anciana Pahn Dai, matriarca de aquel grupo, mientras los dos fumaban los puros que había traído el agente en la mochila y comían cecina, cuya procedencia nunca llegó a conocer el funcionario. En un momento dado, después de haber escuchado pacientemente la reprimenda del australiano, La anciana le preguntó si los ingleses no hacían guerras. Precisamente, unos meses antes se había desatado al otro lado del planeta (al este de Reims) la que sería después conocida como Segunda Batalla del Marne, una ofensiva en la que cuarenta divisiones del ejército alemán habían intentado inútilmente partir en dos la línea defensiva de las trincheras aliadas; su consecuencia más destacable consistió en unos doscientos ochenta mil muertos entre alemanes, franceses, italianos, norteamericanos, ingleses, hindúes, neozelandeses y australianos, entre otros. El agente le contestó a Phan Dai que naturalmete las hacían, pero de un modo civilizado.
- ¿Civilizado? ¿Qué quieres decir?
- No nos comemos a los muertos.
La matriarca parecía confusa; meditó largamente las palabras del australiano mientras masticaba la cecina y daba lentas bocanadas. Cuando terminó el puro, volvió a tomar la palabra.
- ¿Por qué no os coméis a los enemigos muertos? No lo entiendo.
- No tenemos esa costumbre.
- Entonces... ¿para qué los matais?