viernes, 16 de diciembre de 2011

ESTÁS EN TU CASA

Las personas sobrias infunden confianza, por eso el diablo es sobrio. Las representaciones artísticas de nuestro personaje casi siempre son ingenuas: gesticulante y palabrero, barroco casi siempre, elegante a veces, en ciertos casos refinado; en otras ocasiones nos lo venden nocturno y voraz, vampírico, o torpe y soez en las versiones de los años setenta. Lamentable.
¿Quién va a fiarse de semejante botarate? Ponte en situación: un tipo retorcido pretende convencerte de que hagas algo que no parece tener sentido para conseguir una cosa sin la que cualquiera puede pasar, pero todavía queda lo mejor: a cambio de conseguir eso que dice que quieres te pide que le des tu alma. El timo del jamón de york es más sutil.
El diablo no llama la atención porque nunca pide nada, ni hace nada, ni espera nada. Anda por ahí, con las manos en los bolsillos, sentado en un banco y viéndote pasar. ¿Te lo diré? Sí, te lo diré: el diablo no es malo. Nada de esto ha sido idea suya: no te ha puesto el arma en la mano, no la ha colocado donde la encontraste, no te ha conducido hasta ella, no te ha dicho que estaba sobre la mesa, no va a facilitarte la dirección a la que te encaminas, no te pedirá que llames al portero automático, ni tomará parte en nada de lo que vendrá después. No le complacerá tenerte como huésped. Lo único que hizo (que hice) fue no advertirte.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

VACÍO EXISTENCIAL

No quiero decir que no participe en las redes sociales y por eso no existo: si afirmara tal cosa sería un imbécil y eso ya es existir; no, es que de verdad no tengo existencia material. En serio. Y sin embargo recibo saludos por la calle; no existo pero tengo un coche, un perro, un felpudo a la puerta de casa, teléfono, ropa, familiares. Mi casa existe pero yo no; también leo el periódico. Ah, por cierto, aunque no existo estoy en las redes sociales; lo hago para presumir de existencia, porque a mí me gusta aparentar que existo; los demás no saben que no existo, si lo supieran no me saludarían, y entonces qué sería de mí, bastante desgracia tengo con no existir para que encima se enteren los demás y me señalen con el dedo como diciendo: mira ése que no existe. Mi desgracia es mucho más común de lo que parece: cada vez somos más los que no existimos; ayer, por ejemplo, mi vecino dejó de existir; y no es que falleciera, es que dejó de tener existencia material. El primer síntoma es convertirse en número, luego desapareces de las listas. Un día como cualquier otro, vas al médico -pongamos- y tienes cita para las 13.15 (que es lo que me pasó a mí); al pasar lista, la enfermera se salta tu nombre; tú te levantas entre alarmado y sorprendido, llamas su atención sobre el asunto y ella, amablemente, revisa la lista y, sin mirarle, murmura: "pues no, usted no está aquí".