domingo, 23 de octubre de 2011

El manuscrito de Ponferrada (I).

Entre sus escasas vanidades, don Gregorio Laín -durante muchos años veterinario titular en Ponferrada- tenía la poco frecuente de escribir y publicar, a sus propias expensas, ensayos que versaban sobre temas de los que no tenía la más remota idea. Una vez publicados, con la tínta fresca todavía perfumando sus páginas, solía mostrárselos a sus contertulios del Casino, que manifestaban invariablemente su cruel mofa. Don Antonio jamás se incomodaba por ello.


Desde su turbia juventud de estudiante, don Gregorio había sido suscriptor de numerosas publicaciones seudocientíficas (casi todas ellas extranjeras) que fingía ostentosamente leer en los cafés; ello le acostumbró a los razonamientos embrollados que además estaban allí lastimosamente traducidos. De este hábito procedieron sin duda las ideas plasmadas luego en sus ensayos, ideas no ya arbitrarias, incoherentes y confusas, y tampoco sencillamente absurdas, sino fantasmagóricas. Así, don Gregorio encontró una vertiente todavía inexplorada de un género que, en aquellos tiempos garbanceros, se creía extinguido: el tratado de ficción. Aunque todos los interesados en el caso piensan lo contrario, es decir, que don Gregorio era simplemente un botarate provinciano, yo opino que era perfectamente consciente de lo que había hecho. Intentaré explicarme.


Es cierto que toda una vida de fingimiento, sufriendo burlas e incomprensión lejos de toda vida literaria, de tertulias, de veladas y de Madrid sólo es accesible a un auténtico místico de la literatura, pero nada nos cuesta suponer que don Gregorio lo fue y, ya que me viene bien que lo fuese, vamos a suponer que era el caso y había dedicado su vida a componer y editar una obra que daría comienzo a una nueva era de la escritura. El caso es que don Gregorio falleció de un cólico miserere en el peor momento: mucho antes de haberla terminado. Su viuda tomó como primera medida, tras el entierro y posterior lectura del testamento, deshacerse de su biblioteca. Antes de que esto ocurriese, conseguí que se me concediese examinarla durante toda una mañana; daré puntual noticia en otro momento de lo que allí encontré, revelando de paso quién soy.

viernes, 7 de octubre de 2011

TRANSPARENCIA

Plano general. En la pantalla vemos, delante de cierta furgoneta aparcada, una víctima andrajosa pero digna a la que le aplican un micrófono. A su espalda, al otro lado de la furgoneta, se aprecian los cimientos en construcción de lo que va a ser un supermercado o algo así; se ven los pilotes encofrados, las máquinas en movimiento, los operarios en su actividad, la grúa. La víctima se lamenta de que donde ahora se construye todo eso se encontraba su casa. Una casa antigua, de antes de la dictadura de Primo de Rivera, figúrese usted, joven; en realidad era un hotelito, como se les llamaba entonces, con su jardín y su ventanal. Los andrajos, observados con detenimiento, corresponden a lo que fue un uniforme de coronel de caballería, y -en efecto- los espesos bigotes de la víctima son los del caso. Al requerimiento de la entrevistadora, la víctima explica con tristeza (y con estas palabras) sus circunstancias actuales: sin techo, sin paredes, sin suelo, sin ventanas, sin nada en resumen, amiga becaria, ¿adónde voy yo ahora?; a la pregunta que le sigue responde con palabras igualmente previsibles: ¿cómo quiere usted que me encuentre?, pues como sin sombra. Más preguntas se le ocurren a la reportera, y al final se despide de la desolada víctima. Primer plano. Pues hala, señor, mucho ánimo, cuídese. Ya, ya, tenga usted buenas tardes, joven. Lo curioso es que a través de su cuerpo se ve la furgoneta.