viernes, 13 de mayo de 2011

MUERTE DE UN VERDUGO


Toda mi vida he soñado con dirigir una batalla desesperada

Leonor de Briec, la hermana de la reina, debe morir. La reina ya está harta de perdonarle la vida y no lo hará esta vez, es la tercera conspiración que encabeza y ésta ha sido la última. Sin embargo, su ejecución no debe convertirla en una mártir y menos todavía en una heroína: ha de ser una ceremonia, un acto cortés. No ha de ejecutarla, por lo tanto, un verdugo vulgar, sino un hombre ya legendario en los cadalsos: el verdugo personal del rey de Francia, que Enrique tiene a bien ceder a sus aliados en ocasiones como ésta.

Cuando desembarca, el hombre bajo y calvo es conducido a un carruaje que lo lleva a su aposento. Con él viene su aprendiz, un mozo flaco que carga con las herramientas -un juego de espadas. Después de tomar la sopa, el verdugo se queda a solas con sus armas junto a la chimenea, cuyo fuego de troncos las hace brillar. Sólo después de haberlas contemplado un buen rato se levanta de la silla, empuña una y empieza a pasarle muy despacio la piedra de afilar (un pedazo de metal oscuro, que en realidad es fragmento de un meteorito). El verdugo es un hombre rico, ha ganado mucho dinero en este oficio y, si quisiese, podría dejarlo y marcharse a donde quisiera -lejos de su odiada identidad-, comprar tierras y vivir holgadamente, pero no lo deja y no sabría explicar por qué. Hace tiempo que le ha perdido el gusto a matar; en realidad, ya no lo tenía cuando dejó de ser soldado y se dedicó a esto; ahora sólo es un autómata que ejecuta unos movimientos bien ensayados y cercena un cuello sin tropiezo alguno. Lo que mañana le espera no será diferente.

Nunca intenta averiguar nada sobre quien tiene que matar: cuanto menos sepa, más fácil será, más limpio. Sin embargo, en el barco que le ha traído desde Calais no ha podido dejar de escuchar los comentarios sobre ella. Entre otros, oyó el que alguien dedicó a sus ojos, a su mirada que paraliza, la que había conseguido por dos veces que su hermana le perdonase la vida. Tonterías.

A la mañana siguiente, al amanecer, cuando el verdugo se despierta el aprendiz ya lo tiene todo preparado. El verdugo escoge la espada que usará hoy. Pero todavía falta mucho para que suene la hora de la ejecución, que será el punto culminante de un baño de multitudes. En efecto, el programa de festejos es apretado y la reina no ha reparado en gastos, la gente ha venido desde todos los lugares del reino, e incluso desde fuera de él, para presenciar el deslumbrante despliegue cortesano. La decapitación tendrá lugar a la media tarde.

Después de hacer sus ejercicios gimnásticos, de ensayar minuciuosamente cada movimiento, de comprobar al milímetro el afilado de la espada, el verdugo mira el cielo por la ventana: está despejado, sin una nube; hará un buen día, la gente se va a divertir.

Come con frugalidad, como es su costumbre, y duerme una siesta tranquila, sin sobresaltos. Cuando llega la hora, un discreto vehículo aguarda abajo, en la calle, a que baje para llevarlo al lugar. Al salir del aposento para entrar en él, la gente (que sabe quién es) lo mira en silencio con esa mezcla de repugnancia, miedo y admiración a la que ya está acostumbrado. Llegan enseguida, y aguarda dentro, alejado del bullicio, a que vengan a llamarle.

No tarda en llegar un capitán de la Guardia con seis soldados, que lo escoltan hasta el cadalso. Antes de salir se cala el capuchón, y luego comienza la interpretación de su papel: paso lento y solemne, discreto. Los soldados le abren paso hasta los escalones del patíbulo, y desde allí sigue solo. Ya arriba, dueño de las tablas, centro de todas las miradas, apoya la punta de la espada en el suelo, delante de sí, y espera sin hacer ningún movimiento, con los pies separados, la espalda recta y las dos manos, una encima de la otra, sobre el pomo. Enseguida, los tambores anuncian la llegada de Leonor de Briec. Asciende los escalones de madera sin vacilación alguna, seguida de un joven franciscano de manos blancas y modales corteses. El verdugo, siguiendo el ritual, se acerca a ella y le pide que le perdone, extendiendo la mano; Leonor, sin mirarle, deposita sobre la palma dura la moneda del perdón y camina hasta donde está colocado el almohadón bordado, hinca las rodillas y espera. Redoblan los tambores y la muchedumbre calla. El franciscano se ha retirado unos pasos, discretamente, y el verdugo se acerca a Leonor, que espera inmóvil el golpe. La costumbre del verdugo es alzar el filo y cortar inmediatamente, sin esa teatralidad innecesaria que tanto está de moda. Así pues, levanta la hoja y en ese momento ella le mira a los ojos. Y en ese momento él comprende por qué ha seguido siendo verdugo aunque pudiera dejarlo y el oficio ya no le gusta: porque esperaba este momento.

Sabe que no puede cortar ese cuello -era cierto lo que oyó de su mirada- y sabe que de no hacerlo su propia muerte será indeciblemente cruel. Solo queda, pues, una salida. Ha soñado muchas veces con esto. Calcula mentalmente la distancia a que están los soldados y el tiempo que tardarán en recibir la orden; tendrán que subir los ocho peldaños uno a uno, y eso le dará una ventaja. Calcula el tiempo que tardarán en traer escaleras y asaltar el tablado por varios sitios a la vez. Baja la espada y mira el sol de invierno por última vez, mira de nuevo a la mujer que lo mira y para hacerse espacio, con un golpe de abajo arriba que le hace volar la cabeza, decapita al fraile.

1 comentario:

Antonius Block dijo...

Eso le pasa por ser franciscano.