viernes, 8 de abril de 2011

UTOPÍA

El partido en la oposición ha ganado las elecciones, pero ha llegado al final de la campaña sin un visionario. Al final de la campaña, el jefe del partido en la oposición lo llamó a su despacho y se lo dijo sin rodeos: su proyecto no saldría adelante. Aparte de inoportuno, era anticonstitucional, vulneraba los más elementales derechos del individuo y resultaba políticamente impresentable. El visionario puso a disposición del partido su puesto y la dimisión le fue aceptada. Hasta aquí, los hechos.

Ahora supongamos que lo que ha ocurrido no ha ocurrido y que el partido ganador sí incluyó en su programa el proyecto del visionario, y esto no le impidió llegar al poder.

Contra la medida propuesta por el Gobierno ha combatido la izquierda más izquierda, ha aullado la derecha más derecha, se han manifestado los artistas más aristas y los intelectuales más intelectuales; también lo han hecho los libreros, los profesores de Primaria y de ESO, los editores. La Conferencia Episcopal ha fulminado la medida. El Santo Padre duda si meter baza. Los púlpitos truenan.

Sin embargo, debido a su mayoría absoluta en el Congreso, el Gobierno saca adelante la medida, que se hace efectiva y trae de inmediato consecuencias incontrolables. Las editoriales reciben pedidos extraordinarios, que van a parar a almacenes en los polígonos industriales. Por la noche, los pedidos son repartidos a los camellos, que trapichean con la mercancía en los lugares que ya van siendo habituales. Con el paso de los meses, la situación se agrava: las aulas, siempre ingobernables, ahora lo son por razones que nadie podía prever: los profesores y profesoras escuchan de sus alumnos preguntas a las que no saben responder, comentarios que no pueden seguir, expresiones que nunca han oído antes; los profesores y las profesoras padecen ahora motes desconcertantes: El Yonsilver, El Dulcineo, La Bobarí. Algunos pederastas por internet han sido víctimas de esta oleada. Los más incautos de entre ellos siguen acudiendo a las citas concertadas. Uno se encontró el otro día, en el lugar convenido (un parque) con una tertulia de preadolescentes a la que fue invitado y, para su desgracia, aceptó. Se recupera a duras penas. Los padres están aterrados, los agentes de la autoridad dan charlas en los colegios, y las diferentes fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado cuentan ya con unidades especializadas para luchar contra un fenómeno que se extiende a pasos agigantados. Y mientras esto sucede, el Gobierno se mantiene impertérrito, sordo a las voces alarmadas de todos los colectivos afectados, manteniendo en vigor la medida contra viento y marea. Consecuencia de ello es que en las puertas de las librerías se mantiene el cartel de Ser Prohibe La Venta De Libros A Menores De 15 Años.

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