martes, 8 de marzo de 2011

LA MIEL EN ENERO (I)

Inclino ligeramente la cuchara hacia mí, pero la miel no se mueve; me ha costado sacarla del tarro, porque el frío la ha coagulado. Creo que coagulado no es la palabra, quizá densificado esté mejor. Es una miel clara y, si miras a través de ella (a través del tarro, por ejemplo) no ves el mundo como es, con su silla de cocina rota y sus baldosas manchadas de sangre, sino como te gustaría que hubiera sido, como podría haber sido si no hubieras llamado a esta puerta hace cinco minutos. Cuando yo era niño, me pasaba las horas muertas como estoy ahora, con la cucharada de miel delante de los ojos, inclinándola hacia mi y comprobando que no caía, que no se movía porque estaba demasiado densa. Espesa es mejor todavía. Luego, sumergía la cucharada en la leche humeante y la agitaba, dándole vueltas; la leche iba tomando un color caramelo pálido; luego la probaba, sólo con la punta de la lengua, y escapaba de este mundo. Ahora no puedo salir de este mundo porque la cocina no funciona y no puedo calentar la leche; con leche fría no puedo salir de este mundo. La miel la hacía mi abuelo; bueno, la hacían las abejas, claro, pero las colmenas eran de mi abuelo. Cuando lo hacía de niño, yo era feliz y aún no había matado a nadie.

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