sábado, 12 de marzo de 2011

LA CIUDAD Y EL MUNDO (I)

Por fin, una editorial en lengua castellana ha tenido el valor de publicar Restos de la Esfinge de Dzevan Ilimi. Con el sello bonaerense Ediciones Cefalea, ha aparecido (para enriquecer los escaparates de nuestras librerías, siempre menesterosos de talento), la cuidada versión de Zelda Nélida Wissenbolt, precedida de un estudio suficiente. La vergonzosa postergación de Ilimi, cuyas obras jamás se han traducido a otras lenguas que la suya (con excepción de una lejana edición francesa)...
- ¿Qué le pongo, señor?
- ¿Cómo que "qué le pongo"? ¿qué me va a poner? ¡pues un café, como siempre!
- Dispense, señor, soy nueva.
- ¿Dónde está Higinio?
- ¿Higinio, señor? No conosco.
- Es igual, vaya y tráigame el café.
Está todo Madrid igual, hasta arriba de sudacas, la madre que los parió. Higinio se habrá jubilado, o igual se ha muerto. Últimamente estaba algo tardo. En fin, por dónde iba, tatá, tatá, tatá, ah, sí.
... carece de móviles literarios, como suele ocurrir, y se debe a motivos políticos, a saber: su nunca demostrada colaboración con las SS durante la guerra y su no tan clara condición de confidente del KGB en los días que siguieron a la Primavera de Praga. En realidad, y pese a toda esta trama de calumnias que pesa sobre él, Dzevan Ilimi fue un espíritu libre en tiempos de esclavitud: es, me atrevería a afirmar, el último europeo.
- Su café, señor.
El café y el tique, por si se me olvida que tengo que pagarlo. Hay que joderse. Por lo menos, el que sirve los cafés sigue siendo el mismo; la negra ésta no habrá tocado la taza, esperemos.

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