viernes, 18 de marzo de 2011

EL CURA DEL PENAL

porque mató a su mujer
y a un amigo desleal

Don Patrocinio es el último en abandonar la celda, que deja a su espalda con la puerta abierta, y sigue a la comitiva silenciosa. Conducen hasta el paredón del patio al preso número nueve. Son las seis de la mañana. Después de bajar las escaleras sin otro ruido que el de los pasos, el grupo sale a la luz blanca. El preso camina despacio, con los hombros tensos y el cuello recto; está sereno, con el orgullo que da el deber cumplido, y los guardias que lo flanquean se mantienen a respetuosa distancia, secundando su último deseo: que no lo toque nadie.
Antes de salir de la celda, don Patrocinio ha oído en confesión al preso, pero no ha podido absolverlo porque no se arrepentía. El preso número nueve, más que confesarle el asesinato, se lo describió en frío, sin emoción alguna, pero con todo detalle: primero a ella, uno solo en la cabeza, luego a él, todo lo que quedaba en el tambor del revólver; la alcoba se llenó de huno azul y de olor a pólvora. Luego se dirigió al puesto de los regulares y se entregó. Los hechos ocurrieron tan sólo hace una semana, y el juicio se celebró y resolvió con una rapidez que no ha engañado a nadie: no se condena a muerte a un marido porque mata a su mujer y al otro. No, nunca se ha hecho, dónde se vio tal cosa. Pero el preso número nueve era zapatista, y el otro, el amigo, era del gobierno y muy del gobierno: secretario de una especie de subsección del Ministerio de Agricultura y, además, sobrino segundo del Presidente Obregón. Además, la mujer del preso número nueve era una Salazar y don Pedro Salazar, su padre, movió todas sus influencias para que su yerno acabase como está a punto de acabar: con cinco balas en el cuerpo y un tiro de gracia en la cabeza.
El padre Patrocinio conoce a los Salazar desde hace veintiséis años. Recuerda las silenciosas partidas de ajedrez con don Pedro, en la penumbra dominical de su biblioteca, mientras el resto de la casa hacía la siesta, y recuerda el chocolate que les servía luego, de su propia mano, con aquella sonrisa pícara y suave, la esposa de don Pedro. Recuerda el nacimiento de Carolina, la que iba a ser esposa del preso número nueve, con aquellos ojos azules idénticos a los de su madre, con aquella idéntica desenvoltura, idéntica inteligencia, idéntico humor, idéntica blancura de las manos, de la piel.
Cuando el carro se lleva el cadaver del preso número nueve, don Patrocinio pretexta vagas obligaciones parroquiales para no reunirse con los demás, para alejarse, solo, camino del cementerio. Allí, busca el mausoleo de los Salazar. Llega. Dentro está la tumba de Carolina, pero no puede entrar porque, naturalmente, la puerta de reja está cerrada y no estaría bien -ni sería prudente- pedirle las llaves al enterrador, de manera que permanece allí sólo un instante y después se aleja por un camino cualquiera, desgranando una larga oración por su hija.

1 comentario:

Antonius Block dijo...

BIEN HECHO,
o tal vez no,
http://www.youtube.com/watch?v=6j-zX5xxlKM&feature=related