viernes, 25 de marzo de 2011

LA RUEDA DE LA FORTUNA

Yo estaba destinado a ser una verdadera rata de alcantarilla, pero la vida me ha sonreído y ahora soy un hamster.

viernes, 18 de marzo de 2011

EL CURA DEL PENAL

porque mató a su mujer
y a un amigo desleal

Don Patrocinio es el último en abandonar la celda, que deja a su espalda con la puerta abierta, y sigue a la comitiva silenciosa. Conducen hasta el paredón del patio al preso número nueve. Son las seis de la mañana. Después de bajar las escaleras sin otro ruido que el de los pasos, el grupo sale a la luz blanca. El preso camina despacio, con los hombros tensos y el cuello recto; está sereno, con el orgullo que da el deber cumplido, y los guardias que lo flanquean se mantienen a respetuosa distancia, secundando su último deseo: que no lo toque nadie.
Antes de salir de la celda, don Patrocinio ha oído en confesión al preso, pero no ha podido absolverlo porque no se arrepentía. El preso número nueve, más que confesarle el asesinato, se lo describió en frío, sin emoción alguna, pero con todo detalle: primero a ella, uno solo en la cabeza, luego a él, todo lo que quedaba en el tambor del revólver; la alcoba se llenó de huno azul y de olor a pólvora. Luego se dirigió al puesto de los regulares y se entregó. Los hechos ocurrieron tan sólo hace una semana, y el juicio se celebró y resolvió con una rapidez que no ha engañado a nadie: no se condena a muerte a un marido porque mata a su mujer y al otro. No, nunca se ha hecho, dónde se vio tal cosa. Pero el preso número nueve era zapatista, y el otro, el amigo, era del gobierno y muy del gobierno: secretario de una especie de subsección del Ministerio de Agricultura y, además, sobrino segundo del Presidente Obregón. Además, la mujer del preso número nueve era una Salazar y don Pedro Salazar, su padre, movió todas sus influencias para que su yerno acabase como está a punto de acabar: con cinco balas en el cuerpo y un tiro de gracia en la cabeza.
El padre Patrocinio conoce a los Salazar desde hace veintiséis años. Recuerda las silenciosas partidas de ajedrez con don Pedro, en la penumbra dominical de su biblioteca, mientras el resto de la casa hacía la siesta, y recuerda el chocolate que les servía luego, de su propia mano, con aquella sonrisa pícara y suave, la esposa de don Pedro. Recuerda el nacimiento de Carolina, la que iba a ser esposa del preso número nueve, con aquellos ojos azules idénticos a los de su madre, con aquella idéntica desenvoltura, idéntica inteligencia, idéntico humor, idéntica blancura de las manos, de la piel.
Cuando el carro se lleva el cadaver del preso número nueve, don Patrocinio pretexta vagas obligaciones parroquiales para no reunirse con los demás, para alejarse, solo, camino del cementerio. Allí, busca el mausoleo de los Salazar. Llega. Dentro está la tumba de Carolina, pero no puede entrar porque, naturalmente, la puerta de reja está cerrada y no estaría bien -ni sería prudente- pedirle las llaves al enterrador, de manera que permanece allí sólo un instante y después se aleja por un camino cualquiera, desgranando una larga oración por su hija.

sábado, 12 de marzo de 2011

LA CIUDAD Y EL MUNDO (I)

Por fin, una editorial en lengua castellana ha tenido el valor de publicar Restos de la Esfinge de Dzevan Ilimi. Con el sello bonaerense Ediciones Cefalea, ha aparecido (para enriquecer los escaparates de nuestras librerías, siempre menesterosos de talento), la cuidada versión de Zelda Nélida Wissenbolt, precedida de un estudio suficiente. La vergonzosa postergación de Ilimi, cuyas obras jamás se han traducido a otras lenguas que la suya (con excepción de una lejana edición francesa)...
- ¿Qué le pongo, señor?
- ¿Cómo que "qué le pongo"? ¿qué me va a poner? ¡pues un café, como siempre!
- Dispense, señor, soy nueva.
- ¿Dónde está Higinio?
- ¿Higinio, señor? No conosco.
- Es igual, vaya y tráigame el café.
Está todo Madrid igual, hasta arriba de sudacas, la madre que los parió. Higinio se habrá jubilado, o igual se ha muerto. Últimamente estaba algo tardo. En fin, por dónde iba, tatá, tatá, tatá, ah, sí.
... carece de móviles literarios, como suele ocurrir, y se debe a motivos políticos, a saber: su nunca demostrada colaboración con las SS durante la guerra y su no tan clara condición de confidente del KGB en los días que siguieron a la Primavera de Praga. En realidad, y pese a toda esta trama de calumnias que pesa sobre él, Dzevan Ilimi fue un espíritu libre en tiempos de esclavitud: es, me atrevería a afirmar, el último europeo.
- Su café, señor.
El café y el tique, por si se me olvida que tengo que pagarlo. Hay que joderse. Por lo menos, el que sirve los cafés sigue siendo el mismo; la negra ésta no habrá tocado la taza, esperemos.

martes, 8 de marzo de 2011

LA MIEL EN ENERO (I)

Inclino ligeramente la cuchara hacia mí, pero la miel no se mueve; me ha costado sacarla del tarro, porque el frío la ha coagulado. Creo que coagulado no es la palabra, quizá densificado esté mejor. Es una miel clara y, si miras a través de ella (a través del tarro, por ejemplo) no ves el mundo como es, con su silla de cocina rota y sus baldosas manchadas de sangre, sino como te gustaría que hubiera sido, como podría haber sido si no hubieras llamado a esta puerta hace cinco minutos. Cuando yo era niño, me pasaba las horas muertas como estoy ahora, con la cucharada de miel delante de los ojos, inclinándola hacia mi y comprobando que no caía, que no se movía porque estaba demasiado densa. Espesa es mejor todavía. Luego, sumergía la cucharada en la leche humeante y la agitaba, dándole vueltas; la leche iba tomando un color caramelo pálido; luego la probaba, sólo con la punta de la lengua, y escapaba de este mundo. Ahora no puedo salir de este mundo porque la cocina no funciona y no puedo calentar la leche; con leche fría no puedo salir de este mundo. La miel la hacía mi abuelo; bueno, la hacían las abejas, claro, pero las colmenas eran de mi abuelo. Cuando lo hacía de niño, yo era feliz y aún no había matado a nadie.